La entrevista y los testimonios

Aprender la memoria
21-12-2012 | El desarrollo del III Juicio por delitos de lesa humanidad en Mendoza transita su última etapa. La importancia y resignificaciones que generan los testimonios permite profundizar la verdad por las Causas de las y los desaparecidos y reconstruir historias personales, colectivas, sociales.  Los relatos hacen presentes a los seres queridos, a la militancia y a la búsqueda; desde el presente y hacia el futuro. Y exceden el ámbito de lo tribunalicio: Como balance de lo presenciado, el Blog Juicios Mendoza ofrece este trabajo, una gran entrevista realizada a tres de las personas que fueron testigos en el proceso. Elena Romero, Rosa Gómez y Alejandro Dolz desandan los caminos arduos y vislumbran los nuevos.

En la foto: Rosa Gómez, Alejandro Dolz, Elena Romero y
 Sebastián Moro en el inicio de la entrevista.

“Esa esperanza, de acuerdo a lo conocido. Lo conocido en ese momento era que ibas preso, no que te mataban. Y cuando empezaste a ver que mataban a muchos, ahí te diste cuenta que no era eso. Es decir, te vas dando cuenta a medida que iba sucediendo…”
Alejandro Dolz, Entrevista a Juicios Mendoza, Noviembre-diciembre 2012

“Toda la noción de verdad en nuestra cultura está emparentada con el tema de la Justicia, desde el momento que el arreglo de las controversias dejó de ser una cuestión de los particulares. Esta expropiación de la Justicia por el Estado exigió que se indagara para conocer la realidad de los hechos; se afirmó entonces una verdad judicial distinta de la de los contendientes. Pero, como señaló Foucault, esta verdad es también la verdad del poder: se impone como un instrumento para incrementar el poder. Sin embargo en su origen, y este es uno de los fundamentos de la democracia, la indagación, la posibilidad de citar testigos, el proceso judicial moderno, es un reconocimiento del derecho de los ciudadanos de oponer la verdad al discurso del poder."
Eduardo Jozami, Rodolfo Walsh: La palabra y la acción, 2011


La referencia de Jozami alude a la valorización que de los testimonios hizo en su obra periodística y militante Rodolfo Walsh; y refleja algunos de las posibilidades que el testimoniar ante un Tribunal ofrece a las víctimas, familiares, compañeras y compañeros, hijas, hijos, madres, en suma sobrevivientes del último genocidio cívico militar perpetrado en nuestro país. La persistente búsqueda de la verdad; la reconstrucción de historias personales, colectivas, sociales; el proceso mutuo entre esa construcción histórica a través de los relatos, en los años primero de silencio y luego de impunidad pero también de lucha de militantes y organismos de Derechos Humanos; la investigación documentada y el aporte testimonial; la memoria del ayer, del hoy y del mañana; el reconocimiento en los nuevos relatos, en la memoria de las víctimas de su militancia y de sus identidades partidarias; y también las marcas presentes de la historia que se registra en las nuevas voces de los sobrevivientes; son entre otras, las manifestaciones de testigos directos del accionar represivo ilegal entre 1974 y 1978, que día a día dan sus testimonios en los juicios por delitos de lesa humanidad en Mendoza.

Testimonios que se dan en el marco del tercer proceso judicial de este tipo, el segundo en la Ciudad de Mendoza. Testimonios estrechamente relacionados a las causas de los dos procesos anteriores y a su vez superadores -en cuanto a configuraciones visibilizadas de las historias de las y los actuales testigos-, cuestionadores -en tanto abordan otros enfoques de la identidad, desde otros cortes y cruces generacionales, a similares reivindicaciones-; y redimensionadores de lo revelado -la complicidad civil, lo sistemático del plan y su direccionalidad contra las militancias, la vigencia del pacto de silencio, el valor y la profundización de esta justicia, la evidencia de que ellos, los asesinos, no dirán el destino de los cuerpos de nuestros desaparecidos y desaparecidas.

Testimonios que además se replican, se referencian, se resocializan fuera de Tribunales y de las crónicas periodísticas que se hacen de lo que allí se dice. La vitalidad del proceso de Memoria, Verdad y Justicia a nivel nacional, pero sobre todo en la provincia, tras décadas de impunidad, excede socialmente los marcos jurídicos y su instancia oral y pública. Los testigos aportan, reconstruyen la historia más allá de la sala. Desde otras instancias, menos rigurosas, más mediadas, narran el horror y la vida en entrevistas, colaboran para construcciones documentales, dan su voz en programas radiales, escriben novelas, expresan la experiencia en obras teatrales. La importancia de la circulación en la sociedad -sea a través de medios populares, independientes o hegemónicos- de todo este conjunto discursivo que da cuenta del terror y de la lucha y la esperanza; y la real aunque casi imperceptible reapropiación que la sociedad hace de él, no es aún profundamente develada. Una de las herramientas fundamentales en el periodismo de Derechos Humanos es justamente el trabajo sobre los testimonios de víctimas y sobrevivientes.

Es intención entonces, de parte de quienes hacemos el Blog, cerrar el año de trabajo de crónicas y de elaboración de documentos, de notas, de boletines, y de agenda relativa a los delitos de lesa humanidad, con la redacción y edición de las entrevistas realizadas a tres personas que testimoniaron en el presente juicio. El texto intercala citas textuales, reformulaciones de las secuencias temáticas, consideraciones periodísticas y audios con fragmentos vivos de los relatos. La experiencia presente de coberturas a través de crónicas que abarcan mayor peso informativo con la voz de los testigos, en el marco del equipo de extensionistas, docentes y colaboradores del Blog; potencia la expresión oral como memoria verosímil y humana, un archivo también fundamental. La selección y edición de audios estuvo a cargo de Natalia Brite; la entrevista y edición final fueron realizadas por Soledad Gil y Sebastián Moro.

Durante más de dos horas Elena Beatriz Romero, Rosa del Carmen Gómez y Héctor Alejandro Dolz, el sábado 10 de noviembre, en un café del centro, compartieron sus experiencias como testigos, como víctimas, como sobrevivientes. Aportaron lucidez sobre la justicia, el decir y ser escuchados. La memoria en sus vidas y la verdad de varias generaciones. Elena por Juan Carlos y Daniel, Alejandro por Margarita, Rosa por Miguel, hablaron entre amigos y compañeros, despojados, entre ausentes y presentes. A los ojos. Recordaron, reconstruyeron, se emocionaron. Y fundamentalmente se reconocieron a sí mismos, a sus seres queridos y a miles de argentinos y argentinas a partir de sus propias voces, militantes conocedoras ya, o recientemente descubiertas, siempre en procura de la memoria y de la verdad y de la justicia.  


Rosa: Traer a la vida
Rosa Gómez estuvo detenida en el mayor centro clandestino de Cuyo, el D2 -Departamento de Investigaciones de la Policía de Mendoza- entre julio de 1976 y abril de 1977. Fue la secuestrada que más tiempo permaneció en el centro de torturas y muerte, en el mismo Palacio Policial, donde ciudadanas y ciudadanos tramitaban sus cédulas, en el centro de la ciudad. Su condición de sobreviviente del horror ensañado contra las mujeres y de testigo de la violencia aplicada a sus compañeros, la realizan como testimonio vivo, también para la justicia. En tres oportunidades Rosa ha sido convocada a expresar su historia y la de sus compañeras y compañeros.

En la foto: Rosa relata su historia

En el anterior juicio fue testigo de contexto -denunció las torturas y violaciones sistemáticas y reconoció a algunos de los policías actuantes en el D2- y en la causa por la desaparición de su compañero Ricardo Sánchez Coronel, delegado gremial, montonero, padre de su hijo mayor. Ricardo fue detenido horas después que ella, trasladado al D2, donde por unas semanas lo reconoció Rosa entre los más agredidos. Ella vio cómo y quién se lo llevó moribundo del calabozo.

Pocos son los testimonios en relación al paso de Miguel Alfredo Poinsteau por el D2. Fue a principios de noviembre de 1976, en operativos en los que cayeron sus compañeros de militancia y oficios, Oscar Ramos y Daniel Iturgay. Por esas fechas hubo poco detenidos, pocos sobrevivientes, Rosa entre ellas. Narró entonces la impronta imborrable de aquél compañero que estuvo horas en la celda y se llevaron los “milicos” tras un hecho de gravedad. Narró cómo encontró -treinta años después- la identidad de ese compañero.

“No lo conocía ni de nombre y luché todos estos años por saber cómo se llamaba y recién me entero en San Rafael. La primera denuncia la hago a la OEA cuando salgo. Voy, denuncio. Me entero que se llama Miguel Poinsteau. ¿Cuál era mi desesperación? Porque ese chico está desaparecido, ¡por qué no se lo entregan a su madre! Me entendés, una cosa que no me entra en la cabeza es esa cosa de saber, esa sensación de que por lo menos ahora lo trajimos a la vida, porque para nosotros nombrarlo en el juicio es traerlo a la vida”.








Alejandro: El callo
Alejandro Dolz, “Jano”, abrió junto a Lili Millet la etapa testimonial del actual juicio. Lo hizo en el marco de la investigación que da cuenta de las desapariciones de nueve personas en la segunda quincena de mayo de 1978; en la que se evidencia el accionar del Grupo Operativo G78, al frente del ex comisario y hoy prófugo -no imputado por estas causas- Carlos Rico. La serie de secuestros se produjo en menos de diez días, se enmarcó en la “imagen de limpieza” que a nivel nacional se quería exhibir al mundo, tapar el terror y sus manifestaciones dada la proximidad del mundial de fútbol de 1978. La caída reúne a otras personas cuyas causas no han sido elevadas. Se trata de un grupo de jóvenes estudiantes y trabajadores, de militancias cercanas y compartidas -Socialismo, Montoneros, sus ramificaciones universitarias-, y amigos, parejas, hermanos, familias.

La última de las militancias -cuando el aniquilamiento y las cárceles y los exilios ya habían sido masivos-, la de la solidaridad -de proteger al compañero perseguido, de la profundidad de los lazos entre la militancia devastada- es la que atacaron sistemáticamente ese mayo del 78. Jano -detenido en la ESMA en noviembre de 1976, empujado al exilio interno en Buenos Aires, de retorno a Mendoza como le gusta decir mientras sonríe, “cuando volvimos a la democracia”- tiene entre sus compañeros y hermanos desaparecidos a Margarita Dolz, su prima, su hermana.

En la foto: La mirada de Alejandro y Rosa

“Cuando tuve la noticia del secuestro de Margarita yo vivía en Buenos Aires. Si bien es mi hermana eran situaciones que nos estaban pasando todos los días, con compañeros que también eran considerados hermanos… Entonces fue un golpe muy fuerte pero era como que uno tenía una especie de callo en la parte de lo sensible y donde uno directamente no podía llorar, yo no lloraba, mi mujer Cristina no lloraba. Teníamos este tipo de noticias casi a diario y no llorábamos. De todas maneras lo tomo como militante al problema, como militantes o ex militantes porque en ese momento no militábamos pero de alguna manera teníamos la óptica, el hábito de analizar todos los hechos como una cuestión política, el desarrollo que se venía. 

Me secuestraron a fines del 76 pero estuve muy poco tiempo, me sueltan y todos los trabajos que yo tenía eran trabajos en la calle vendiendo cosas. Cuando yo nunca había vendido nada, había sido estudiante toda mi vida y había hecho de docente en escuelas secundarias y demás, pre-universitarios, de ayudante, para mí la tarea era totalmente distinta, tuve que salir a vender y… mentir”.




Elena: “Ser la voz de aquella voz que no está”
“A través de personas conocí relatos, fui haciendo un trabajo muy meticuloso con la idea de saber quién es el culpable. Es inevitable ponerse en el papel de juez porque me quitaron algo que era mío, porque me lo arrebataron o me destruyeron la vida como lo hicieron. Cuando me presento me doy cuenta que no era sólo yo, era un mundo de gente detrás mío que había vivido lo mismo o peor que yo. Había gente que contaba que había sido torturada, gente que había sido maltratada delante de gente que quedaba como testigos y esos testigos fueron los que valientemente se sentaban en un estrado y contaban lo que vieron. Entonces fui armando y empecé a juntarme con personas, testigos conocidos”.

Elena Romero y su primo José Ricardo testimoniaron por sus respectivos padres, los hermanos Juan Carlos y Daniel Romero secuestrados el 28 y 24 de mayo de 1978, también en el cerco del operativo “Mundial 78”. Daniel tenía amplia participación sindical y vínculos con Montoneros. Juan Carlos amparaba los pasos de su hermano. La identidad laburante de las víctimas tiene relación con la invisibilización de la historia de la familia Romero. Elena, la más chica de los primos, es quien reconstruye la historia, denuncia y desenvuelve su voz.





Militancia y Represión: Intensidades
Una de las principales características respecto a la memoria y la verdad en relación a los actuales procesos judiciales que dan cuenta del genocidio es el no ocultamiento de las trayectorias militantes de los desaparecidos, su reivindicación en tanto grupos de personas a las que se persiguió y reprimió por sus formas de pensar y entender la realidad del país y el continente. Se reprimía por pertenencias ideológicas, afinidades políticas, militancias estudiantiles, sindicales, partidarias. Por lazos de proximidad también, familiares, de amistad. El terror absoluto. La sociedad, los colectivos fueron aniquilados, la esperanza abolida, los vínculos únicos sostenes de las y los sobrevivientes.

Alejandro: -Hay que destacar distintos momentos de la dictadura. Si bien el año 75 fue brutal en cuanto a asesinatos, más que chupar gente eran asesinatos, fusilamientos. Cuando vino la dictadura del 76, nosotros que veníamos de varias dictaduras eran más dictablandas que dictaduras. Cuando hablamos de dictadura, tenemos que ver en qué momento es. Entonces en el 76 a vos te llevaban preso y pensabas, “bueno, no me encontraron esto, esto otro, me darán cinco años porque a este otro le dieron siete y yo por menos… cuando a mi me llevan a la ESMA, no sé porque me hice la idea de que iba a estar ocho años allá… Mi mujer estaba por tener un bebé, mi primer hijo y yo dije, “lo voy a conocer a los ocho años” y me imaginaba como iba a ser mi hijo a los 8 años.

Rosa: -Estuve en el D2, estuve en la cárcel, no tenía que ver mi militancia… no me entra en la cabeza, no, porque yo tengo la suerte de haber visto a mi compañero que estaba conmigo. No sé qué pasaría si yo no lo hubiese visto porque, si bien nunca lo pude velar, enterrar, lo vi y sé que se lo llevaron. Alejandro no sabe por dónde ha pasado su hermana. Como yo lo viví de adentro es de terror no saber de algunos compañeros que pasaron y no supe sus nombres, estaban tan mal que no podían decir ni sus nombres. Entonces es una cosa que te queda, como que esperé esa justicia de saber quién es a través del llanto de los que se quejaban porque no había una voz…

Estuve siete meses que no pude ver a los milicos y tres meses vendada. Pero esos tres meses de saber los olores, las caminatas, las llaves, conocía todo, era una ciega que conocía todo. Y también grabarme todo lo que decían los milicos. No sabía si iba a denunciar, porque no tenía ni idea de qué estaba pasando. En ese momento no sabía ni porqué estaba allá adentro. Si mi compañero era peronista, montonero, nunca pensamos que nos iba a pasar algo, incluso el día que me buscaban a mí, me buscaban a mí y no a él, era una cosa loca, nunca habíamos charlado esto de que si algún día yo llegaba a caer presa… No, entonces cuando estábamos en el D2 siente mi llanto porque me acaban de torturar y me dice “Negra no te hagas problema que vos te vas”, esa cosa de decir, “quédate tranquila que vos te vas, ¿dónde está Martín?” -el hijo de ambos-, y me decía “bueno, quédate tranquila que te vas a ir, quédate tranquila”… Era como que yo tenía esa voz que me estaba conteniendo y cuando no la escuché más empecé a grabar todo, el día que se lo llevaron a él me di cuenta, me daba cuenta. Y registrar… “fue antes de Ricardo, fue después de Ricardo, fue después de Vargas”. Fui almacenando, después las voces, cuando salí y me sacaron las vendas, “ah, éste es el que se lo llevó a fulano”.




Lo distintivo del III Juicio: Luz a las historias
Que los Juicios por delitos de Lesa Humanidad son un antes y un después en la historia de todos los argentinos y de todas las argentinas no cabe duda. Sin embargo, hay para quienes estos juicios son mucho más. Tanto que no entra en las palabras. Particularmente, el tercero ha significado una vuelta de tuerca más a la historia, donde lo personal es político y viceversa.

“Este juicio en particular tiene un problema grande: no hay testigos, no hay testigos directos”, sostiene Alejandro Dolz e inmediatamente emerge esa característica que convierte en especial al juicio que se desarrolla en Mendoza. “Esto tiene que ver con el hecho de que la mayoría de las personas por las que se busca justicia, están desaparecidas, esa es la diferencia con el juicio anterior”. Alejandro recordó: “No queda nadie, no sobrevivió nadie de ese grupo y aparte fue en una momento en que todos los que estaban presos estaban ya en las unidades carcelarias, prácticamente, en el 78, o sea, había muy pocos detenidos clandestinos nuevos”.



Lo distintivo del III Juicio por Delitos de Lesa Humanidad sugiere que otros aspectos subjetivos, personales, son los que se conjugan en un plus para los y las protagonistas. Que las causas involucren las desapariciones de personas durante la última dictadura que asoló a nuestro país, si bien presenta las dificultades de no contar con muchas pruebas o testigos, ha permitido que compañeros y compañeras - silenciados por años en los que el estigma social y los prejuicios los perseguían-, constataran realmente que está habilitada la posibilidad de contar, de amplificar sus voces, de salir del encierro -interno y externo- y de poder participar en la Justicia, la Verdad y la Memoria. “Traerlo a la vida” es la frase de Rosa que ejemplifica lo dicho.



Elena Romero fue quien continuó la búsqueda que su mamá había emprendido por Juan Carlos y Daniel. Las largas marchas de Elena no concluyen hoy frente a la posibilidad de justicia, el suyo es un camino, “un trabajo meticuloso”, de reconstrucción de la historia personal y familiar que la halla de cara al futuro. Y de pie. Acompañada:
Alejandro, Rosa y Soledad escuchan a Elena
“A través de personas conocí relatos, fui haciendo un trabajo muy meticuloso con la idea de saber quién es el culpable. Es inevitable ponerse en el papel de juez porque me quitaron algo que era mío, porque me lo arrebataron o me destruyeron la vida como lo hicieron. Cuando me presento me doy cuenta que no era sólo yo, era un mundo de gente detrás mío que había vivido lo mismo o peor que yo. Había gente que contaba que había sido torturada, gente que había sido maltratada delante de gente que quedaban como testigos, y esos testigos fueron los que valientemente se sentaban en un estrado y contaban lo que vieron. Entonces fui armando y empecé a juntarme con personas, testigos conocidos”.




Madres Hijos: Sentir la lucha
Los lugares del hijo o la hija y del padre y la madre que faltan indican que fue una generación completa la diezmada. De alguna manera el III Juicio es el de las madres y el de los hijos, las hijas. Al tratarse de un grupo de causas de las cuales apenas cuatro de veintiocho personas son sobrevivientes implica que muchos de los sustentos de las investigaciones por sus búsquedas se hayan dado fuertemente a través de las Madres de los desaparecidos y desaparecidas primero y en la continuidad de sus hijos e hijas después. Un repaso:

María Assof y Agustina Corvalán, emblemáticas Madres de Mendoza, expusieron ante el Tribunal por sus jóvenes hijos, Walter Domínguez y Rodolfo Vera. La lucha de María abarca la búsqueda por su nieta o nieto, ya que Gladys Castro, compañera de su hijo, estaba embarazada cuando fue secuestrada. Ángela Caterina, la otra abuela, también dio su testimonio. Blanca Lidia Calderón lo hizo por su hija Blanca Graciela Santamaría, conmovida ante su fotografía; María Isabel Salatino, se presentó memorable, por el reconocimiento que hizo de cuatro represores del D2 como algunos de los que secuestraron a su hijo Víctor Hugo Herrera.

Nicolás Jamilis era un bebé cuando junto a sus padres era perseguido por todo el país, como a todas las y los militantes del Partido Comunista Marxista Leninista - PCML-. Alberto, su padre, fue secuestrado en Mendoza, Nicolás testimonió por él, vía teleconferencia desde La Plata. Natalia Galamba -a través de una historia de reconstrucción y reidentificación- reintegró la palabra y el pensamiento de su padre, Juan José, dirigida a ellos, los hijos. José Romero denunció terribles hechos de los cuales los represores ensañados con Daniel, su papá, lo hicieron testigo. Fue la primera vez que José narró las torturas infligidas y sus secuelas. Blanca Moyano repasó la trayectoria de compromiso de su mamá, Ángeles Gutiérrez, desaparecida desde 1977. Martín Alcaráz permaneció secuestrado 24 horas cuando se llevaron a su mamá, Antonia Campos y a su papá, José Alcaráz. Martín fue criado por sus abuelos, su identidad no cesa. El testimonio de Ana María Bakovic reunió las dos búsquedas, las dos luchas, las dos memorias. Su hijo, Ernesto Sebastián Ramos -y el de su compañero Oscar, desaparecido-, pasó ilegalmente de hogar en hogar, de sustracción en sustracción hasta que lo encontró a la edad de nueve años, de los cuales ella permaneció cinco en cautiverio.

Desde sus lugares de víctimas, ex detenidos, Rosa y Alejandro explican la revitalización del lugar de los hijos, del recambio generacional, de la posibilidad que tienen de reinterpretar su historia en la nueva época donde las madres con su lucha ininterrumpida tienen también su lugar más claro, más específico. Elena es prueba palpable, ejemplo, expresión, de esta memoria más profunda aún. Profunda y a la vez abierta, reconocible. Los entrevistados dicen:

Alejandro: -Elena… haber estado tantos años sin conocer a su padre. No solamente sin conocerlo, si no que nadie le hable de su padre, de eso no se habla, no se hablaba, era un tema prohibido, aún dentro de las familias, porque las familias no son monolíticas. Vos podías tener una familia militante o una no militante o una mixta y son temas que no se hablaban. Es decir, un chico, una chica, que no puede hablar de su padre desaparecido ni en la escuela primaria ni en la secundaria. Recién ahora lo están diciendo como con valor, como una recuperación, más o menos como nos pasaba a nosotros cuando hablábamos de nosotros. Los hijos fueron huérfanos, no solamente de la vida de los padres, si no huérfanos de la idea del padre, es terrible. Estos juicios les dan la oportunidad de reconfigurarlos, de darles presencia, de darles vida, de sentirlos cerca al padre o a la madre.

Elena: -Yo tengo la edad que tengo y creo que es la edad correcta en la que yo tenía que saber de mi papá y tenía que estar sentada en el juicio. Todas las personas tenemos un tiempo para madurar. Considero que he madurado en mi tiempo. Para esto, que fue tan movilizante, es mi tiempo. Si a mí me hubiera agarrado hace 20 años atrás hubiera sido adolescente, una piba a la que no le hubiese importado lo que pasó, si ya está, ya me lo mataron, ya no me importa más nada. Viene la nueva gente, los hijos, los nietos, que siguen buscando verdad. Han pasado 35 años y van a seguir pasando años y van a seguir apareciendo nuevos casos. Y si bien este juicio se acaba dentro de poco, para la sociedad tiene que estar muy grabado el hecho de que acá ha habido gente que utilizó el poder para destruir a la misma sociedad.


Rosa: -Con las madres tengo una cosa muy especial porque cuando estaba en el D2 tenía un bebé afuera. Y eso es lo que te hace sobrevivir. Hay una generación que fue marcada. Martín, mi  hijo y de Ricardo, está para adentro todavía. No quiere hablar. Y yo no fui de las que escondió su historia. Yo se la conté, desde que empezó el jardín, que soy una presa política, que había estado presa, que había sido violada. Yo no quería que alguien le fuera a decir “tu mamá tal”. De más grande le expliqué quién era, cómo era la historia. El problema suyo es un dolor muy grande que tiene para adentro, no quiere hablar de la historia. Igual tuvo la suerte cuando ingresó a la secundaria de encontrarse con otros hijos de desaparecidos. A través de ese contacto, ellos ahora, chicos de 35 a 40 años, son mis amigos, mis hijos también, que saben mi historia y tienen una historia totalmente distinta y están conmigo.



Solidaridad y vínculos: Bancar a los compañeros, acontecer
Hablar, decir, poner los acontecimientos en la voz. Y la voz en los acontecimientos. Darle corporalidad al relato de la historia, redescubrir vínculos personales e históricos con compañeros y compañeras desaparecidas, sobrevivientes y con los hijos e hijas de quienes luchaban por un mundo mejor.

La posibilidad de relatar y de relatarse que habilitan los juicios en Mendoza y en toda la Argentina ha cambiado esa realidad. “De a poco uno fue hablando en democracia pero recién ahora vos podés hablar y es más, hasta te miran hoy las mismas personas que antes te discriminaban, hoy te miran con admiración, ese es otro aprendizaje, cómo la gente va cambiando según cómo va cambiando la historia en general y no sobre sus propios criterios”, dice Alejandro.

“Primero es como que te asusta un poco”, interviene Rosa, y al mismo momento afirma con alegría que “ahora es cómo que uno lo puede charlar, en cualquier lado y a lo mejor quien te escucha y por lo menos viste, algo le cambia. Con la historia es como que se encajan, te entienden pero… para mí esto… lo máximo ha sido lo de los juicios, que hay que agradecer a la vida”.

A través de los testimonios que se han dado a lo largo del III Juicio y porque la historia del país se entrelaza con las historias personales de los sobrevivientes, familiares, hijos, hijas, Madres, se destacaron los vínculos, la solidaridad, el encuentro.




Identidad y Justicia: En cada compañero que encuentre
Elena, Rosa y Alejandro hablaron sobre otras marcas que revelan los testimonios del juicio actual. La relación con la justicia y también la mirada social sobre víctimas y familiares, desde los años de la impunidad y el silencio, por la cual los sobrevivientes y los desaparecidos pasaron por las etapas de culpabilización y revictimización social. El papel de los Organismos de Derechos Humanos. El reclamo sobre el destino de los cuerpos.

Elena: -De los juicos me entero porque si no todavía estaría en la rutina de mi vida, luchando como se me enseñó, salir adelante y ponerle el pecho a todo. Me entero de estos juicios, contacto a Isabel Guinchul de Pérez, esta mujer tan especial, al tiempo que nosotros perdimos a nuestro padre ella perdió a su marido también. Nos ayudó de una manera incondicional, éramos todos muy pequeños. Ella había quedado sin su marido y con dos hijas. Nosotros buscábamos gente que hubiera vivido lo mismo porque no se podía hablar ni se sabía a quién hablarle y que sea la persona indicada. Entonces ella le explica a mi mamá que tiene que pedir ayuda a ciertos organismos que le iban a indicar cómo hacer. Ahora de grande, la encuentro y descubro que es la que encabeza Familiares, entonces restablezco los contactos. Esta gente me hizo entender cuán importante era y que se abrían estos juicios en los que se condena a personas que estaban involucradas en todo esto. De a poco me sumé. Con mucho temor porque era remover el pasado. Pasado que a mí todavía se me movía. Entrar a los juicios me ha movido estanterías que no sabía que existían dentro mío y sin embargo lo ha hecho. Me sirvió.

Yo no conocí a mi tío. Mi tío era el hermano de mi papá, sabía que había un gran zanjón que separaba la vida nuestra de la de mi tío, pero lo cruzaba permanentemente mi papá, que era el hermano y quería saber cómo estaba Daniel. Esta situación me lleva a entender, quiero entender qué lo lleva a mi papá a comprometerse con ese hermano por el cual puso el pecho. La misma sangre corre en las venas mías y yo me desespero cuando veo un hermano que está en peligro y lo socorro porque es parte de mi sangre y es lo que se me enseñó y llevo adentro. Digo ¿cuánto más él? ¿cuánto más sabiendo que era el hermano menor y salir a ver lo que pasaba con él? Eso lo involucra. Querer saber donde estaba mi tío lo involucra, saber por qué lo habían golpeado antes de que lo secuestraran lo involucra.

De esto saco en limpio simplemente, solicitarle a la sociedad que a través de estos juicios se les de justicia. Rosa decía de encontrarnos con un cementerio, búsqueda de huesos. A mí me tocó el 1ero de octubre, asistir al cementerio, sector 33, ver cuerpos apilados, atados, con o sin orificios de bala… desde que empezó esto ha sido una movida muy grande interna y ahí tenemos que estar para brindar el ADN nuestro para reconocer a esta gente que fue desaparecida, encontrar sus restos, entre ellos mi papá. Entonces es mucho. No es ponernos en el papel de jueces pero no podemos dejar sin castigo a la gente que se merece castigo, no es repetir palabras que otros dicen, es simplemente Justicia.

Que paguen lo que tengan que pagar. El tiempo que les quede lo paguen y que estén en el lugar que tengan que estar y que cada vez que cierren sus ojos piensen “esto lo estoy cumpliendo porque yo hice daño y no sólo hice daño a la persona por la cual yo di la orden de bajar o a la persona que yo maté, si no a todos”, porque fue una marca a toda la sociedad lo que esa persona hizo, a nosotros nos marcó para toda la vida.

Me planto en el lugar que tengo, que es el de la ciudadana que soy pidiendo justicia. Pidiendo que se considere a la gente que es la sobreviviente, este grupo de gente que está en los juicios somos los sobrevivientes de una época terrible. Lo único que pretendemos es salir con la frente en alto y decir “nosotros no le hicimos nada a nadie, a nosotros nos lo hicieron. Nosotros queremos que aquellos que dañaron, paguen”.

Rosa: -La historia que nos ha dejado esto que es doloroso porque le pasa a ella, ella nos lo puede decir, es que no se recupera, el tiempo no se recupera. La justicia que yo esperaba, era encontrarme un día al milico que me violó, y encontrarlo con la familia, decirle delante de la mujer “vos me violaste, vos fuiste el que sacaste a mi compañero”. Esa era mi justicia. El hecho de estar imputados, que sus familias sepan, que sus nombres salgan a la luz para mí es como ir cerrando una historia. No sé si voy a encontrar los restos de mi compañero, pero si no los encuentro, los que se encuentren es mi compañero. Es eso. Encontramos a Rosales y Rosales es mi compañero. En cada compañero que se encuentre lo voy a encontrar un poco a él.

Ustedes son los que vienen comprometidos con nosotros. Eso es lo más valioso que tenemos nosotros. Nos sentimos felices que lo que podemos decir salga a través de ustedes. Lo que estás hablando es lo que yo diría o pienso. Más allá de los juicios, mi visión es que gracias a ustedes esto no va a morir ahora. Vendrán otros juicios y va a seguir una viva voz que nos va a seguir identificando, como ya le pasa a mi nieto. Mi futuro son ustedes.

Alejandro: -Cuando volví a Mendoza, ya en democracia, en las primeras manifestaciones del 24 de marzo tuve la buena idea, intuitiva porque no la pensé mucho, que en la manifestación como yo no estaba alineado con ningún partido político, me puse junto a Familiares a marchar. Y para mí fue una gran satisfacción, fue un primer gran cambio en mi actitud con respecto al secuestro de mi hermana… sentí una satisfacción muy grande de estar al lado de las Madres, de los Hermanos, de los Familiares, de todas las víctimas junto con sus fotos, sus carteles. Esos carteles que generan la presencia de los ausentes. Que es algo terrible, que es algo muy emocionante y a partir de ahí me conecté y si bien tampoco milité directamente dentro del movimiento de familiares y Derechos Humanos, sí entendí que la única lucha posible, política, durante muchos años fue esa militancia.




Valores de una generación: Reconstrucción y Reencuentro
Repasa el presente Rosa, las cosas que siempre hace falta decir, el plural que la aleja del daño: “A Alejandro es como si lo conociera de toda la vida, nos conocemos hace un año y no hace más de tres meses que estamos más juntos. Esto eran los compañeros antes, eso, una cuestión de piel. Yo no era militante pero acompañaba a mi compañero a mateadas y encontraba eso, ser solidarios. No había maldad, eso era una cosa… y que lo he encontrado de nuevo en estos compañeros no lo encuentro en cualquier persona de la calle. Alejandro es ese compañero contenedor que viene y te da el abrazo. Digo él como todos los compañeros, los familiares, los que pasaron por esto. Es una generación que le queremos pasar esto a nuestros hijos, ser solidarios, confiar en la gente. A mí me volvió a la vida haberlos encontrado a ellos, a estos compañeros”.
Rosa, Elena, Sebastián y Soledad cerrando el encuentro
Elena comparte su historia, descubre su vida y coincide respecto a esa continuidad y transmisión que señala Rosa: “es irónico, soy la menor de los cinco y trato de inculcarles a mis hermanos que traten de pelearla como él lo hizo, jugarse por el hermano. Si nos pasara algo así, creo que actuaríamos igual, igual que mi papá con su hermano. Fue un gran hombre, es lo que yo he podido armar de esta historia”.




Alejandro lo manifiesta claramente cuando relata la intensidad con la que vivieron pocos años en los que sin límites buscaban crear una sociedad más justa: “Ahora, lo que es importante decir es que esa intensidad con que vivimos, nos hace hoy reencontrar a los que estamos, nos hace acordarnos de los que no están, pero yo creo que la gran mayoría no se arrepiente de nada de lo que hemos hecho. Porque nosotros hicimos muchas cosas mal hechas pero no nos sentimos arrepentidos de haber hecho las cosas que hicimos. Porque el valor, el objetivo por el cual peleábamos todavía es vigente”.

Los aprendizajes a lo largo de los años son muchos y profundos. Se vislumbran más a la luz del proceso de Memoria, Verdad y Justicia. Con mirada aguda Alejandro sostiene que en todo esto hay un gran aprendizaje de vida: hacer y modificar el entorno.

Un país. Una historia oscura pero que entrelaza historias de amor, amistad, infinita solidaridad y un ideal basado en valores. Objetivos aún vigentes. Una herida abierta por siempre aunque con ese toque de luz que la envuelve y que renace una y otra vez en los y en las testigos de cada uno de los juicios, en los familiares, hijos, hijas, hermanos, hermanas y en las Madres. Ellas, grandes y fuertes mujeres que salieron de sus vidas privadas para luchar, desde el principio, por la justicia.

Un juicio o dos o tres. La reconstrucción de los hechos dolorosos y el reencuentro. Con los amigos, con las amigas, con el padre o la madre desaparecida. Los familiares encontrándose. Hablando. El poder de la palabra.

Como han afirmado las entrevistadas y el entrevistado, este III juicio habla de vínculos, de la solidaridad que quisieron destruir. No pudieron. No podrán. El contar de Elena da cuenta de ello. No podrán.

“Traerlo a la vida” y con eso reconstruir y poder sanar cuestiones sumamente internas, subjetivas y personales pero también, la historia. Esa historia grande, la de todos los argentinos y la de todas las argentinas. Es la historia, relatada a través de tantos años, de Alejandro, de Elena y de Rosa la historia mía, tuya, la de nosotras, la de nosotros…

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