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miércoles, 27 de julio de 2011

Audiencia del 26 de julio

Causa Olivera/Rodriguez Jurado (VIII)
SOLEDAD PUENTE OLIVERA DESDE EL AMOR

María Soledad Puente Olivera, la segunda hija de la pareja Nora Rodríguez Jurado/Rafael Olivera ratificó los hechos que rodearon los secuestros de sus progenitores y estimó posible la intervención de  Alberto Olivera, ex Jefe de policía y primo de Rafael, en la desaparición de su padre. Rememoró actitudes y gestos vividos al interior de su familia que daban cuenta del vínculo amoroso de sus padres entre sí y para con sus hijas.  
Soledad tenía cuatro años cuando sucedieron los secuestros de Rafael y Nora. Sólo recuerda que, tras las rejas de la Guardería esperaba que vinieran a buscarla, el día en que su mamá fue secuestrada. También dijo tener recuerdos de la vida familiar en San Juan y Mendoza, un ambiente tranquilo donde no percibió que se encontraban en riesgo. Evocó imágenes de aquellos años cuando su papá la llevaba a dormir y la arropaba. Paralelamente, de su relato se infiere que la familia estaba perseguida y buscaba un lugar seguro para vivir. Reveló que Nora tuvo posibilidad de irse del país con las nenas pero como el ofrecimiento no era extensivo a Rafael, no quiso dejarlo solo.
“Viví mucho amor”, dijo Soledad refiriéndose a su familia.
Los hechos que rodearon al secuestro los reconstruyó en base a los dichos de su hermana mayor Jimena y por su propia indagación al recorrer, ya adulta, los lugares donde habían habitado o se contaban con datos de la pareja. Confirmó que su madre pertenecía a la Agrupación Evita y era alfabetizadora acompañando al padre Macuca Llorens, mientras que su papá pertenecía a Montoneros. En cuanto al operativo, ratificó que Nora fue secuestrada cerca de su domicilio, vendada y trasladada junto a su hermana Jimena a un lugar con oficinas. Dijo que su padre se desplazaba en bicicleta, al acercarse a su casa y verla  vigilada siguió de largo perseguido por el hombre que le dio alcance y lo derrumbó de un golpe. En anteriores declaraciones quedó flotando la posibilidad de que un primo de Rafael, el Cnel. Alberto Olivera –Jefe de Policía de Mendoza desde 1977- haya intervenido directamente en las desapariciones. Al respecto, Soledad dijo haberse enterado hace pocos años de la existencia de Alberto “Meneco  Olivera, con un  alto cargo en la Policía e intentó verlo pero su familia rehusó pasarle el contacto con el argumento de que estaba enfermo. Dado el reconocimiento fotográfico de la vecina Nélida Maranzana quién identificó a Alberto Olivera como el hombre que custodiaba la casa, a lo que se suma el silencio de la familia en torno a una figura clave para proveer información sobre el paradero del matrimonio, le permite suponer que el pariente y ex jefe de policía estuvo involucrado en el caso.
También como nota curiosa dio cuenta que tiempo después de los secuestros de sus padres, cuando las niñas ya vivían en Buenos Aires llegaron a la casa de su abuelo, el Gral. Jorge Olivera, dos bolsas de consorcios con los juguetes que tenían en Guaymallén, bastante deteriorados, pero no pudo explicarse cómo llegaron a sus manos ni quien los envió.
Para cerrar, en relación a su padre y madre  señaló: “me gustaría saber qué paso” y agregó que querría saber “¿dónde están…?
Al finalizar la jornada, el Tribunal y las partes resolvieron que a partir de la próxima semana se inicia la etapa de los alegatos.

viernes, 1 de julio de 2011

Audiencia del 30 de junio

Causa Olivera/Rodríguez Jurado
EL DESPUÉS DE LAS HIJAS DE RAFAEL Y NORA
Se escuchó el testimonio de la Directora del Centro Cultural N°3, María Mirta Pericic de Alsina, cuyas maestras se hicieron cargo de tres de las hijas del matrimonio inmediatamente después del secuestro y desaparición de  sus padres. En tanto Ricardo Puente, tío político, dio cuenta de la crianza posterior y de la adopción de las cuatro niñas; de suerte tal que dejaron de ser Olivera para llevar por apellido paterno Puente.
María Mirta Pericic de Alsina
El lunes 12 de julio de 1976 se encontraba con licencia cuando, con motivo del secuestro de Nora Rodríguez Jurado, nadie fue a retirar de la guardería a las niñas María Soledad y María del Rosario; Pericic se apersonó en el establecimiento y dispuso que la maestra se las lleve consigo. Ratificó anteriores declaraciones que indicaban que al día siguiente aparecieron en la puerta, Jimena de 5 años con la bebé Guadalupe en brazos. Ante esta situación inusual recurrió a la seccional 4ta. de Policía pero, a pesar de su desesperación, no le tomaron la denuncia.
Además, se comunicó con las autoridades municipales quienes se presentaron con un abogado; entre los reunidos decidieron que las tres alumnitas quedaran a cargo de sus respectivas maestras: Jimena con la Sra. Sícoli y Soledad y Rosario con la Srta. Crayón; mientras que  a la pequeña Guadalupe se la llevó la esposa del  Intendente de Mendoza Tte. Cnel. Molina.
En esos momentos entre el personal del establecimiento corrían rumores que había habido un tiroteo; en ese sentido el Tribunal y la querella indagó, sin resultados, cuál era la fuente de la versión.
La testigo manifestó haber trabado una cordial relación con los abuelos de las cuatro niñas que vinieron en busca de ellas y finalmente, se las llevaron a Buenos Aires.

Ricardo Alfredo Puente
Esposo de una hermana de Rafael, llamada Rosa María; ambos se ocuparon de la crianza de las cuatro niñas junto a 10 hijos propios.
El testigo intervino en el traslado de las niñas de Mendoza a Buenos Aires y consiguió que la abuela materna, a cargo de las criaturas, accediera entregárselas para albergarlas en San Pedro, Pcia. de Buenos Aires, cuando todavía corría en año 1976. Además describió el vínculo especial que lo unía al Desaparecido: “Con Rafael compartíamos la fe en el Señor”, dijo y ofreció algunos detalles la religiosidad de la familia Olivera; resaltó que la madre de  Rafael le compraba ropa en la esperanza que en algún momento lo encontraría.
Interesados por el ex Jefe de Policía y oficial del Ejército, Alberto “Meneco” Olivera, primo de Rafael, sospechado de haberlo entregado, Puente dijo no saber nada de él porque lo vio unas pocas veces en reuniones familiares.
A pesar del carácter ceremonioso de la declaración Ricardo Puente, su relato no aportó datos significativos a la causa que investiga la Desaparición de Rafael Olivera y Nora Rodríguez Jurado. Tal vez lo más valioso de su testimonio fue la lectura de una carta de Rafael Olivera, casi un legado político, que permite revivir su pensamiento sobre el sistema de relaciones socioeconómicas y da carnadura a la concepción de los católicos postconciliares, que sin renunciar a su fe y práctica religiosa, intentaron la transformación social desde la opción por los pobres. En la carta escrita en 1970, desde Alemania, el joven también pide a Ricardo y a su hermana Rosa María que apadrinen a su hija que está por nacer y se hagan cargo de ella si algo le sucediera.
El matrimonio cumplió a cabalidad con el encargo pero fue un poco más allá  de la crianza de las niñas, cuatro años después, en 1.980, sorteando los impedimentos legales las adoptó; actitud, por lo menos opinable desde el punto de vista de la construcción de la identidad de las hijas de los Desaparecidos. Las cuatro jóvenes hoy llevan el apellido Puente y sus papeles de filiación no coinciden con lo sucedido en el umbral de sus vidas.

viernes, 17 de junio de 2011

Audiencia del 16 de junio

CAUSA OLIVERA-RODRIGUEZ JURADO (V): Al calor de las maestras

En la última jornada de testimonios en relación a las desapariciones de Olivera y Rodríguez Jurado declaró la otra maestra que amparó a las hijas de la pareja; y un matrimonio, íntimo de Domingo Britos y compañero de Nora y Rafael. Relatos de la militancia en San Juan y situación de las hermanas Olivera tras los secuestros.

María Cándida Elena Crayón
A partir de la reconstrucción de fechas se pudo establecer que fue el lunes 12 de julio de 1.976 cuando la señorita Crayón, maestra del jardín del gimnasio municipal nº 3 al que asistían las hijas de Nora y Rafael, se alarmó porque nadie había retirado a Soledad y Rosario. Los secuestros sucesivos de los padres dejaron a las menores en el desamparo, por lo que pasaron la noche en casa de Crayón. Antes, con Alsina, la directora de la guardería, habían radicado infructuosamente la denuncia en la comisaría cuarta, ya que el oficial de rango que las atendió anotó en un papel cualquiera, por lo que no quedó constancia.
Como la situación se repitiera al día siguiente y las denuncias no prosperaran ni se encontraran los padres entre los damnificados en hospitales y la dirección aportada por ellos fuera inexistente, Alsina se comunicó con el intendente Teniente Coronel Guillermo Molina. Entonces desde la calle llega “la casera muerta de miedo con Jimena y Guadalupe”, abandonadas en un ardid por un hombre que, según la casera, podría ser el padre. “Yo estaba llena de bronca e impotencia y Jimena trató de guiarme hasta su hogar”, dijo la maestra. Antes de cruzar la plaza Pedro del Castillo se vuelven porque “Jimena tiritaba de frío”. Allí, la directora ordena: “no vayan a la casa, ha habido un tiroteo”; y el intendente, ya presente, agrega: “son personas comprometidas con problemas con la justicia, tenemos que colaborar y hacernos cargo de las niñas”. “Me quedó grabado que nosotras teníamos que desentendernos de lo que les hubiese pasado a los padres”, señaló Crayón, que junto a la maestra Sícoli preferían que las cuatro niñas permanecieran juntas, a pesar de que la bebé fue puesta por Molina al cuidado de una hija suya que recientemente había perdido una criatura. 
Entre el miedo, el enojo y la madurez de Jimena, Crayón plasmó las impresiones de la nena: salen del supermercado; unos señores las suben a un vehículo y las vendan; Nora clama por la bebé; un “Jefe” le dice que no se preocupe que la iban a buscar; las llevan a un edificio y la mamá se despide de ella con un beso: “quedate tranquila, nos vemos en Buenos Aires”. Luego le entregan la hermanita y les dan leche chocolatada, “no es alimento para la bebé, está sucia y tiene frío”, acusa Jimena. Según el Doctor Salinas, las hermanas habrían pasado la noche “en el D2, en poder de los captores”.
Las maestras hicieron lo posible para que las niñas no se separaran. Según Crayón, “con mi compañera queríamos hacernos cargo si los padres no aparecían pero mi padre convino que lo adecuado era que la tenencia la tuviera él. Yo era ignorante, mi mundo era el jardín, no tenía la mínima idea de lo que pasaba”.
Dos semanas después, Molina y su mujer llaman a las maestras a su domicilio de calle San Martín frente al Correo: “vengan que tenemos novedades, llegaron los abuelos”. Según Molina, estos “recibieron un anónimo desde Estados Unidos que les indicaba que la pareja estaba muerta y las nietas abandonadas, dos en un taxi y dos en una escuela”. El General Olivera habría mostrado una foto del grupo familiar a militares en el Casino de suboficiales y lo habrían contactado con Molina. Para los abuelos, “sus hijos sociólogos volvieron de Alemania con todas las ideas cambiadas y empezaron a deambular por todas partes” y en relación a su suerte, “ojalá estén muertos”.
Tras el bautismo de Guadalupe vino la despedida en el aeropuerto: “con mi compañera estábamos shockeadas, Jimena tenía la ilusión de que en Buenos Aires iba a encontrarse con su mamá, era un dolor muy grande, las sentíamos como hijas”. Durante casi un año “continuamos el contacto, supimos que las chicas vivían con la familia de una hermana de Rafael en un caserón en San Pedro, que Jimena estaba bajo tratamiento y que Rosario sufría ataques de llanto”. En 2.006 tuvieron “un reencuentro muy emotivo” aunque “supimos que toda la familia había pactado silencio” acerca del destino de Nora y Rafael: “nunca les hablaron de nosotras y conservaban muy pocas cosas de los padres, hasta que de grandes empezaron a indagar solas”.

Virginia Irene Rodríguez  y Oscar Alfredo Acosta
Este matrimonio sanjuanino conoció de cerca a Domingo Britos y tuvo cierta vinculación política con Rafael Olivera y Nora Rodríguez Jurado. Por eso sólo dieron precisiones sobre la vida del estudiante puntano que forjó su militancia en San Juan y fue desaparecido por el aparato represivo de Mendoza.
Virginia, Oscar y el “Negro” Britos se conocieron durante su etapa de estudiantes en la Universidad Provincial de San Juan. Virginia estudiaba arquitectura, los dos varones, oriundos de San Luis, ingeniería. Como la mayoría de los jóvenes de la época además de estudiar, trabajaban y  pertenecían a alguna agrupación política, “había todo un movimiento juvenil que comprendía que tenía que comprometerse para construir un país mejor y más justo” explicó la mujer, actualmente docente e investigadora.
Oscar Acosta pudo dar precisiones de Domingo porque lo conocía desde el secundario. “El Negro Britos –como prefirió nombrarlo- era un excelente estudiante, provenía de una familia muy humilde”. “Soy un negro de la villa que se hizo peronista en la universidad” contó Oscar que decía Britos.
Todos pertenecían a la Juventud Peronista y fue en esas reuniones que Virginia y Oscar conocieron a Nora y a Rafael. Ambos afirmaron que sólo tuvieron contactos de ese tipo con la pareja que al igual que ellos asistían a los encuentros con sus hijos: “¿cómo no los íbamos a llevar si no estábamos haciendo nada malo?”, cuestionó Rodríguez.
Virginia y Oscar fueron secuestrados en febrero del 76, “ya en el 75 la actividad militante había disminuido, estábamos viviendo otra etapa, ya habían empezado a circular los falcon por San Juan”, aclaró la mujer reafirmando que la represión comenzó antes del 24 de marzo del 76. Los dos permanecieron hasta fines de ese año en penitenciarías de San Juan y de allí un largo peregrinaje por  cárceles de todo el país. Ella salió en libertad recién en 1982.
Oscar contó que a mediados del 76, estando en el penal de Chimbas, se enteró por comentarios de familiares de otros detenidos, que al Negro Britos lo habían secuestrado en Mendoza cuando intentaba huir de su casa, en medio de un allanamiento militar. Le había “perdido el rastro” desde hacía un tiempo, “era mejor no saber dónde vivía un compañero” dijo el hombre refiriéndose a las torturas a las que eran sometidos los secuestrados para que “largaran” lo que sabían.
Tanto Virginia como Oscar señalaron que las averiguaciones que pudieron hacer a partir de su detención indican que en los secuestros de estudiantes de su facultad tuvo que ver el Teniente Olivera, que junto a su mujer se inscribieron en 1975 como alumnos de la casa de estudios. Esta forma de operar fue común en San Juan que a diferencia de otras provincias, detallaron los testigos, los detenidos desaparecidos en su mayoría eran estudiantes universitarios. 

jueves, 9 de junio de 2011

Audiencia del 8 de junio

CAUSA OLIVERA-RODRÍGUEZ JURADO (IV): Las hijas frente al destino

Declaró en esta jornada una de las maestras jardineras que contuvo a Jimena, hija mayor del matrimonio, de cinco años de edad cuando fueron desaparecidos sus padres y presente en el secuestro de su madre. Sícoli detalló cómo las hermanas se mantuvieron unidas. También aportó enfoques Carlos Grafigna, compañero de militancia de la pareja en San Juan.

Marta Miriam Sícoli
A través del relato de la maestra jardinera jubilada se pudo reconstruir a cargo de quiénes quedaron Jimena, Soledad, Rosario y Guadalupe, tras el secuestro de sus padres Rafael Olivera y Nora Rodríguez Jurado en julio de 1.976. Conocedora de la familia por trabajar en la guardería del Gimnasio Municipal nº 3, a la que acudían las tres hijas mayores, observó que los padres eran reservados y las nenas “eran calladitas, introvertidas, se iban juntas a un rinconcito. Después del secuestro cambiaron”.
La guardería entonces ubicada en inmediaciones de las ruinas de San Francisco dependía de la dirección de Cultura de la Municipalidad de Capital. Su directora era Mirta Pericit Alsina y además de Sícoli y María Cándida Crayón (maestras que cuidaron a las nenas durante unas semanas) conocieron la situación el casero Agüero y su suegra, el abogado de la Comuna y el Intendente Teniente Coronel Molina y su esposa: “Todo debería estar asentado en la Comuna porque el actuante fue el abogado municipal”, remarcó Sícoli.
El día que van a la guardería sólo Soledad y Rosario y nadie las va a buscar, la celadora las lleva a otro domicilio registrado pero inexistente. Se radica la denuncia en la comisaría 4ª y se informa del caso a las autoridades municipales, por lo cual las chicas pasan la noche en casa de la maestra Crayón. Al día siguiente la ausencia de los padres se repite y se agrava porque al mediodía la suegra del casero aparece con las otras dos nenas, “un señor me pidió que las tuviera mientras estacionaba pero se fue”. Desde el municipio se apersonan el abogado y la esposa del Intendente que resuelven que Jimena se quede con Marta; Soledad y Rosario con María Cándida; y Guadalupe, la beba, con los Molina.
“Lo peor fue escuchar a Jimena esa tarde en el micro, prendida a mí, sin soltar sus fibras, había que mostrarle confianza, era una criatura abandonada”. Dijo Sícoli que la nena le contó que “no había ido al jardín porque estaba resfriada y salió con su mamá al supermercado, aparecieron hombres que la taparon con una bufanda, ella grita y pide por la beba, las meten en un auto y las llevan a un edificio con muchos hombres trabajando”. Allí su mamá desaparece y le dicen a Jimena que “se fue con el papá a Buenos Aires”, le dieron unas fibras y la llevaron a la casa familiar hasta el otro día. Con cinco años “enfrenta a los hombres por lo que dan de comer a Guadalupe y porque revuelven toda la casa”. Ambas hermanas se reencuentran con las otras dos en la guardería y ante la pregunta de por qué no las iban a buscar, Jimena cortó: “cállate”. “Ella sufría mucho, tenía miedo y eligió quedarse conmigo, como llegaron con lo puesto quería ir a buscar su ropa pero cuando se fueran esos señores”.
Días después llegan a Mendoza los abuelos paternos y la abuela materna. Ésta habría recibido un llamado desde Francia que le comunicó que las nietas habían sido abandonadas en un taxi, y en el avión el General Olivera se encuentra con otro militar que lo conecta con el Intendente. Por unos 20 días las nenas quedan con las maestras mientras los abuelos, hospedados en el Casino de suboficiales, hacen trámites: “En un principio creyeron que Nora estaba en Boulogne Sur Mer, le compran víveres, pero nunca los vieron”. En tanto, las mujeres a cargo de las nenas fueron citadas al 1º Juzgado de Menores y Jimena entrevistada a solas con la jueza: “aquí no me traen nunca más”, dijo tajante la pequeña. Por otra parte la señora del Intendente bautizó a Guadalupe, apadrinada por el mismo Molina y su hija, con las maestras y los abuelos presentes.
Un domingo, con la ayuda de un hermano de Rafael, se marchó todo el grupo a Buenos Aires. Según “Mema”, la abuela paterna, “decidieron ni preguntar ni buscar más a la pareja desaparecida porque era peligroso para sus nietas”. “No insistan”, les habrían dicho.
Las hermanas fueron adoptadas por la tía paterna, Rosa Olivera de Puente.

Carlos Benedicto Grafigna
Compañero de militancia política y religiosa y del ambiente catedrático de Rafael y Nora durante los años sanjuaninos del matrimonio, el ingeniero Grafigna brindó al Tribunal un relato de contexto sobre parte de la historia argentina del último medio siglo a fin de enmarcar la actividad política, social y cristiana del matrimonio, así como sus modos y objetivos para dar cuenta de la exhaustiva revisión católica que se produjo con esa generación comprometida y solidaria. Repasó así el surgimiento del peronismo y su representatividad en el movimiento obrero, su proscripción, la resistencia, el entusiasmo generado entre los jóvenes militantes y el golpe final de 1.976, siempre en torno a la antítesis del compromiso evangélico frente a la jerarquía eclesiástica como factor de poder y opresión: “Para mostrar cómo actuábamos cristianos y pueblo, sin armas, con solidaridad y conciencia de servicio por los derechos populares”.
Grafigna, que conoció al matrimonio a fines de 1.972, destacó que ambos eran sociólogos, cristianos y fueron designados en la Universidad de San Juan por él. También participaban de los movimientos sociales en villas con tareas de educación, promoción comunitaria y organización popular vinculados al peronismo.
Rescató que en la carrera de Ingeniería surgió una promoción de excelentes alumnos comprometidos y dio el ejemplo de Víctor Hugo García que fue medalla de Oro en la Universidad y posteriormente secuestrado y desaparecido.
Agregó que en la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe habían conformado un grupo de reflexión que solía analizar lo que sucedía en la realidad a la luz del evangelio; de ahí  partían sus prácticas. Preguntado si en ese grupo estaba Domingo Britos, contestó que no, que ellos se relacionaban a través de la JUP. Y según versiones recogidas por el ingeniero, Britos, ex alumno de Olivera “fue eliminado junto al matrimonio”.
Grafigna cree que cuando Rafael Olivera, expulsado de la universidad sanjuanina por razones políticas luego de la intervención a nivel nacional con Ivanissevich al frente, se trasladó a Mendoza para optar por algún cargo en el Universidad de Cuyo, porque tenía sólidos antecedentes y "era un tipo brillante". A partir de 1.976 pierden el contacto mutuo.

miércoles, 8 de junio de 2011

Audiencia del 7 de junio

CAUSA OLIVERA-RODRÍGUEZ JURADO (III): Una compañera, Rosalía Garro
Rosalía Garro, ex presa política y actual diputada provincial de San Juan se trasladó para testimoniar en la causa que entiende en el secuestro y Desaparición de Rafael Olivera y Nora Rodríguez Jurado. Hizo precisiones sobre la actividad política de ambos, en particular la de Nora con quien convergió en Agrupación Evita. Abundó en datos y relatos sobre lo acontecido en los años de militancia y represión.
La testigo conoció al matrimonio, presumiblemente en 1972,  cuando ambos se desempeñaban en la Universidad de San Juan, en dependencia de Ciencias Sociales. Agregó Garro, que ella era la responsable de Nora y destacó que tenía una actitud muy comprometida con la tarea social, como miembro de la Agrupación Evita, en la zona de Desamparados. Situó a Nora como una militante del frente de masas, mientras que de Rafael dijo era un “cuadro la organización político-militar Montoneros” sin abundar en las tareas que cumplía pero valorándolo como alguien muy estudioso. Recordó que ambos eran católicos practicantes y feligreses de la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, punto de encuentro de la grey tercermundista sanjuanina, donde también se casó Domingo Britos, Desaparecido vinculado a la presente causa.
Con insistencia destacó las características del matrimonio que calificó como queribles, solidarios, fieles a sus principios y muy generosos. Recordó que Rafael y Nora le regalaron a ella el auto que utilizaban cuando se compraron un Citroën nuevo. Relacionado con este episodio, estimó que el traslado del matrimonio con sus hijitas desde San Juan a Mendoza se sitúa a fines de 1974 o principios del ’75, motivado por la persecución. No pudo aportar mayores datos sobre esta causa porque dijo haberse enterado de los secuestros cuando la actual diputada se encontraba presa en el penal de Devoto.
Rosalía Garro, en respuesta a una pregunta del fiscal Vega, aclaró que Montoneros era una organización político-militar que desplegó su actividad en el frente de masas a través de varias agrupaciones: la Juventud Peronista -JP-, la Juventud Universitaria Peronista -JUP-, la Juventud Trabajadora Peronista -JTP- , la Agrupación Evita y las Juventudes Políticas. Resaltó que no todas las personas que estaban en estas agrupaciones pertenecían a Montoneros.
A través de un recorrido por su propia militancia ofreció anécdotas ilustrativas del comportamiento de los militantes y la represión. Garro dejó San Juan en marzo de 1975 al ser amenazada por el Jefe de la Policía Federal, se radicó en la ciudad de Buenos Aires pero fue posteriormente detenida durante cinco años.
El Tribunal le preguntó por los nombres de compañeros que integraban su círculo y le exhibió el álbum de fotografías. La testigo reconoció a Jorge Vargas, al matrimonio Olivera- Rodríguez Jurado, Domingo Britos, quién presidía al JUP, y a Ana María del Moral, todos desaparecidos; además  señaló a algunos otros no vinculados a estas causas.

Al cierre de la audiencia, el abogado de la querella  Pablo Salinas, mencionó la reciente Resolución de la Cámara de Casación –Sala 4- por la que se les concede prisión domiciliario a Celustiano Lucero y Eduardo Smaha, ambos imputados en estas causas. Al respecto anticipó un  escrito, en el que solicitará se revoque la medida para que vuelvan a la cárcel.

viernes, 3 de junio de 2011

Audiencia del 2 de junio

CAUSA OLIVERA-RODRÍGUEZ JURADO (II): Reconocimiento clave
para una sospecha muy familiar

Con la declaración de una vecina de Guaymallén, testigo ocular del ataque a Rafael Olivera y el complemento de María de Monserrat, hermana del desaparecido, que denunció la complicidad de su padre y un primo militar, se abrieron posibilidades insospechadas para la investigación sobre el destino del matrimonio.

Nélida Blanca Maranzana
Cerca de las tres de la tarde del 11 de julio de 1.976, Rafael Olivera salía en bicicleta de su domicilio de calle España de Villanueva cuando un individuo que merodeaba el barrio días antes se precipitó corriendo tras él. Olivera dobla en la esquina de calle Laciar y su perseguidor dispara tres o cuatro veces hasta que logra hacerlo trastabillar y arremete contra él a culatazos en el piso. Los vecinos alertados salieron a insultar al agresor al que reconocían como “policía de civil”. “Lo estaban esperando, le tiraban a él, no al aire”; la certeza la aportó Nélida Maranzana, vecina de los Olivera que, salvo el abatimiento, es la única testigo ocular viva del secuestro de Rafael, que derivaría en el de su esposa al día siguiente.
Con gran precisión y los hechos perfectamente retenidos, Nélida estuvo pendiente de los movimientos posteriores en casa de los Olivera: Al otro día, antes del mediodía, en  dos vehículos nuevos y oscuros llegó un grupo que por un lado se llevó a Nora vendada (“y no la vi más”), y por el otro a las hijas de la pareja, de la mano de una policía de civil. Una de ellas lloraba “y a mí se me partía el corazón”. Por la tarde en un camión y en uno de los autos de la mañana, la casa fue vaciada “como si fuera una mudanza, se llevaron hasta las camitas de las nenas”. En el operativo actuaban personas vestidas de militar (“con uniformes oscuros”) y otros de traje y corbata y “ayudantes” que cargaban el camión.
Nélida indicó que el matrimonio vivía allí desde hacía pocos meses, no conversaban con nadie y Rafael andaba siempre en su bicicleta. El día anterior Nora había invitado a las criaturas del barrio al cumpleaños de una de sus hijas. Sobre el perseguidor de Rafael aseguró que, según su marido, era un “policía de civil” de Villanueva y lo describió alto, delgado, bien moreno, de unos 45 años. “Ese rostro no lo olvido más”, aseguró la anciana que en el posterior reconocimiento fotográfico por los álbumes del D2, Policía y Ejército conmocionaría al Tribunal, las partes y el público ante la revelación del captor: “sin poder especificar” porque en el álbum del Ejército salía “con bigotes, uniforme y el rostro más alargado”. Se trata del entonces Coronel y Jefe de operativos e inteligencia Alberto Ricardo Olivera, primo de Rafael y señalado segundos antes por María de Monserrat Olivera, hermana del desaparecido, como “un reverendo hijo de puta”.
Valiente y fundamental terminó siendo el testimonio de la vecina, además corroborado por la lectura que se hizo de los hechos presenciados por los vecinos Jorge Mañanez Cantú y Yolanda Ontiveros. “Yo lloraba, sufría porque se llevaban esas nenas tan hermosas, hace poco me alivié al saber que habían crecido juntas”, cerró Nélida.

María de Monserrat Olivera
Psicóloga, hermana de Rafael, reside en Buenos Aires y se presentó ante el Tribunal con una foto del matrimonio desaparecido. El 16 de julio de 1.976 se les hace saber a sus padres en Buenos Aires, por sendas comunicaciones telefónicas (una desde Mendoza y otra desde Estados Unidos) que la pareja había sido secuestrada y sus hijas alojadas en una guardería a cargo de la esposa de Santuccione. Tres meses antes de los secuestros, debido a que la situación en Mendoza se ponía pesada, María alertó a su cuñada sobre el peligro inminente: “¿por qué si lo único que hago es enseñar a leer y a escribir a las mujeres de la villa?”, dijo Nora.
Con determinación y temple, María remarcó las responsabilidades de su propia familia respecto al destino de su hermano, reflejo de lo que sucedía en el resto de la sociedad argentina: “Quiero denunciar a mi padre”, médico y General del Ejército, “porque viajó hasta el Comando a pedir por sus nietas y nada más. Ni siquiera pidió las pertenencias de las nenas o inspeccionar la casa y menos averiguar por su hijo y su nuera”. Así enfatizó “la complicidad de él como la de tantos militares porque el sólo hecho de pertenecer a las FFAA explica el pacto, la lealtad con el régimen. Parte de esa complicidad era no informar nada a nadie”. Además, “el poder de la Iglesia y de los organismos económicos no es distinto de lo que se vivió en mi familia: mi padre militar y con formación religiosa estaba en contra del compromiso político y cristiano asumido por Rafael y Nora”. En cambio contrapuso los ejemplos de la pareja: “Desde los 14 años, Rafael se comprometió por los más necesitados. Como militantes políticos y religiosos, misionaban juntos por el país”. Ambos, muy formados y con sentido crítico, recibieron una beca para estudiar y trabajar en Alemania. Vuelven ocho meses a Buenos Aires, luego a San Juan “con la intención de vivir el evangelio con mayor compromiso” y por último llegan a Mendoza, donde trabajan al servicio del padre Macuca Llorens.
Según versiones recogidas por la testimoniante, “Rafael fue interrogado en el D2 junto a “los fuertes”, trasladado a La Perla, interrogado por el mismo Menéndez, y casi ciego por la tortura, fue arrojado desde un vuelo con destino a Campo de Mayo.

Sobre la existencia de otro pariente militar en Mendoza, indignada María señaló a “Alberto `Meneco´ Olivera, primo nuestro fallecido hace mes y medio, Coronel y luego ascendido a jefe de Policía, él dijo a mis viejos que se olvidaran de ellos, que no lo busquen más, que Rafael estaba muerto”.
En el preciso momento en que María denunciaba a su primo ante el Tribunal, la testigo Nélida Maranzana terminó su reconocimiento fotográfico indicando a “Meneco” como el perseguidor de su hermano. El shock fue inmediato: “Si Alberto Olivera no fue el autor material del secuestro de mi hermano fue al menos encubridor”. Y dio por hecho que fue él quien hizo los llamados para que el General Olivera buscara a sus nietas.
“Necesitaban aniquilarlos y hacerlos desaparecer, por eso es preciso que se condene a los culpables y se haga justicia”. María, emocionada, cerró la reveladora audiencia con unos versos de Neruda: “Un día de justicia conquistada en la lucha/ y vosotros, hermanos caídos, en silencio/ estaréis con nosotros en ese vasto día/ de la lucha final, en ese día inmenso”.

jueves, 2 de junio de 2011

Audiencia del 1ero. de junio

CAUSA OLIVERA-RODRIGUEZ JURADO: Miradas desde las hijas
En una jornada cargada de emotividad declararon Olga Pizarro y Patricia Britos, esposa e hija del Desaparecido Domingo Britos; fueron citadas porque ambas convivieron tres meses con la pareja Olivera-Rodriguez poco tiempo antes de los secuestros. Además testimonió María del Rosario Puente Olivera, hija del matrimonio motivo de la investigación. Con dolor y entereza las jóvenes reconstruyeron ante el Tribunal la vida y desaparición de sus propios padres.
Se inició el tratamiento de la causa Nº 09-M que investiga  el secuestro y desaparición del matrimonio compuesto por Rafael Olivera y Nora Rodríguez Jurado que tiene como imputado a Juan Oyarzabal.
Rafael fue reducido en las inmediaciones de la vivienda sita en el centro de Villa Nueva, el 11 de julio de 1976; a la mañana siguiente su esposa, Nora Rodríguez Jurado, fue secuestrada junto a su hija mayor, después de dejar a otras dos niñas en el Jardín Municipal Nº 3 de ciudad. Varios elementos hacen presumir que fueron llevados al D2.

María del Rosario Puente Olivera
Hija de la pareja desaparecida dijo que Rafael y Nora eran sociólogos egresados de la Universidad Católica, pertenecientes a la organización Montoneros. Oriundos de Capital Federal, en 1971 se trasladaron a San Juan presumiblemente por trabajo; él se desempeñó como profesor universitario y ella en la Secretaría de Economía.
Según la reconstrucción de la vida de sus progenitores, presume que cuando la organización Montoneros, ante las persecuciones, decidió que los militantes de San Juan se trasladen a Mendoza y los de esta ciudad se radiquen en tierras sanjuaninas, sus padres quedaron comprendidos en ese movimiento, así llegaron aquí. Según una compañera de Olivera-Rodríguez, de la célula a la que ellos pertenecieron no hay sobrevivientes, sin embargo Rosario pudo reconstruir que eran alfabetizadores involucrados en la tarea social que desarrollaba, en el barrio San Martín, el Padre “Macuca” Llorens del movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. "Mi padre era un hombre de fe y creía en la igualdad entre las personas”, afirmó la joven.
Olivera-Rodríguez Jurado aparecen en un Libro del D2 registrados, con fecha 15 de julio del ’76, como “exponentes”; este dato más el testimonio de Jimena, la mayor de las niñas, leído por secretaría, permite inferir que pasaron por el D2.
Al reconstruir el secuestro de Nora, la joven explicó que su madre fue levantada en la calle, junto con su hermana de seis años quien reconoció que fueron llevadas a un “edificio del centro con muchas ventanas"; horas después, la niña fue devuelta a su domicilio. Las tres mayores quedaron a cargo de las maestras de la guardería y la más pequeñita fue a parar a la casa del intendente de Mendoza, Coronel Molina.
Secuestrado primero el padre y luego su madre, por 15 días las cuatro pequeñas estuvieron sometidas a la incertidumbre, hasta que su abuelo paterno, un médico con grado de General, viajó desde Buenos Aires para ocuparse de ellas. Mediante su vínculo con militares, al Gral. Olivera le fue sugerido que no busque a su hijo porque ya lo habían matado. Finalmente, las cuatro niñas fueron adoptadas por Rosa Olivera de Puente, su tía paterna.
Rosario frente al Tribunal evocaba la conmovedora situación, agachando la cabeza cuando no podía contener las lágrimas. Preguntada por el Ministro Piña sobre cómo había seguido la vida para ella, sentida contestó “y… nunca iba a dejar de esperar que volvieran”.

Olga Esther Pizarro
Oriunda de San Juan, se casó con Domingo Britos, joven puntano que se trasladó a esa ciudad para estudiar Ingeniería. Según Olga, se conocieron cuando él daba clases para adultos;  en septiembre del ’74 se casaron, tuvieron una hija y ya en el 75, su domicilio fue allanado lo que motivó una mudanza a la casa de la familia Britos en San Luis. Ante el permanente acoso de la represión, Domingo se trasladó a Mendoza y la mandó a llamar alrededor de marzo del ‘76; en esas circunstancias estuvo alojada, junto a su hija y esposo,  en la vivienda del matrimonio desaparecido. Ambas familias convivieron por tres meses en el domicilio de Guaymallén.
Olga, que declaró con gran espontaneidad y simpatía, aportó que ella había conocido a “Norita” con anterioridad porque compartieron un ómnibus que salió de San Juan a Buenos Aires con motivo del acto del 1ero. de Mayo del ´74, cuando “se dividió la plaza”, aclaró. La mujer no tenía militancia ni participación política alguna; mientras que su esposo, dijo,  pertenecía a Montoneros.  Por ese motivo no contaba con información sobre las actividades  de los compañeros de su esposo, criterio adoptado por Domingo para preservarla. Sin embargo la mujer percibía la avanzada de la represión, se anotició del asesinato de una familia en las proximidades del domicilio y decidió volver a San Juan.
Regresó a su casa materna, explicó, para preservar a su niña y otro hijo que venía en camino. Nunca más supo nada de su esposo.

Patricia Britos
Hija de Domingo, nacida en  enero de 1975,  programadora universitaria, se presentó como perteneciente a la agrupación H.I.J.O.S. Ella fue quien reconstruyó el ideario y trayectoria de su padre y confirmó que pertenecía a Montoneros. Aportó que Britos fue el primer presidente del Centro de Estudiantes de Ingeniería; al tomar contacto con su historia, recogió la estima de que gozaba su padre entre sus compañeros de estudio y militancia, cuyos nombres proporcionó al Tribunal  por pedido de la fiscalía.
Sobre la pareja desaparecida, Patricia aportó que eran católicos practicantes de misa dominical. Sin abandonar la sonrisa, aún en momentos que la invadía el llanto, dijo que tuvo la fortuna de encontrar a Rosario con quien convivió, cuando eran muy pequeñas, en la casa de Guaymallén.
Puso en valor la cercanía entre los hijos e hijas de desaparecidos, a partir de las historias comunes y el ambiente de contención recíproca que pudo vivir en HIJOS.
Tanto Rosario como Patricia dejaban traslucir y dijeron estar orgullosas de sus padres.