19-10-2012 | Semana de poca actividad en el Tribunal
Oral Federal 1. Sólo hubo un testimonio en relación a la Causa 077-M por la
cual se indaga la serie de secuestros y desapariciones de mayo de 1978. Miriam
Esteve, testigo directa del secuestro de Margarita Dolz, reconoció a Mario
Stipech como parte del operativo. El médico del D2 ya había sido reconocido en
relación al secuestro de “Tonio” Herrera.
“Vi a esta gente. Cuando
me preguntaron por ella quedé helada porque pensé en las nenas, qué les iban a
hacer a las nenas, qué me iban a hacer a mí”. Contundente, lineal en relación a
los hechos que se investigan, fue el testimonio aportado por Miriam Elisabeth Esteve, amiga desde
1974 de Margarita Dolz, desaparecida de su domicilio de calle Remolcador
Fournier en Villanueva, el 17 de mayo de 1978. Por la época, Esteve frecuentaba
habitualmente a Dolz y su marido Carlos Castorino, ya que cuidaba a las hijas
de ambos, de cuatro y dos años de edad. Testigo directa del secuestro de
Margarita, recordó:
“Creo que era
miércoles. Salí de mi trabajo y fui a casa de Margarita. Llegué pasadas las nueve de la noche, esperábamos a “Julio” -un amigo-, dejé mis cosas, fumé un
cigarrillo. A los diez minutos golpearon la puerta, atendí, las niñas venían
detrás. Había luz en la entrada, entraron cuatro o cinco individuos de civil a
cara descubierta, pude ver a los dos primeros -uno era alto, el otro medio
pelado-, llevaban anteojos comunes de marco grande y falsos bigotes, me llamó
la atención que todos usaran gamulanes azules cruzados. El que encabezaba el
grupo preguntó sólo por Margarita Castorino. Me cachetearon la cabeza y
pidieron que no los mirara”.
Mientras el segundo
de los captores encerraba en el baño a las niñas y a Miriam, ella vio cómo
sacaban un arma corta y que “Margarita tejía en la cocina, alcancé a verla de
reojo por última vez, se paró al lado de la mesa, estaba tiesa. Las nenas gritaban,
lloraban, no pude oír nada, esperé a oscuras unos minutos que fueron un siglo.
Se abrió la puerta, `no levantés la cabeza´ me dijeron. Distinguí unos zapatos,
nos llevaron a una habitación, al rato volvió uno de ellos y dijo `quedate acá,
nos llevamos a la piba, somos de la
Federal`. Ella ya no estaba ahí”.
“Quedé encerrada en
la casa, mi cartera y la suya estaban dadas vueltas, quizás se llevaron su
documento”, relató. Una chica vecina que también cuidaba a las niñas se
comunicó con Esteve por el fondo de la casa donde había un taller. A ella le
pidió que avisara a Carlos -de regreso del trabajo- para que no se acercara al
domicilio. Él llegó hacia la medianoche, “se llevaron a Margarita” le informó
Miriam, que se marchó “en taxi con las nenas a casa de mis padres, donde
estuvieron hasta el sábado. Después, vino desde Buenos Aires, la familia de
Margarita y se las llevó”.
Sobre “Julio” -el amigo
que esperaban esa noche- Miriam agregó que “era compañero de bowling de Carlos
desde un par de años antes, alto, de cabello oscuro, nunca lo volví a ver”. Si
bien la testigo desconocía la participación política y relaciones del
matrimonio, vio una vez a Daniel Romero -desaparecido- en la casa. Además
recordó y reconoció fotográficamente a otros dos desaparecidos esa semana, Raúl
Oscar Gómez y Víctor Hugo Herrera, `Tonio`. La vinculación respecto a los
secuestros no fue infructuosa: entre las fotos del personal actuante en el
Centro clandestino D2 -Departamento de Informaciones de la Policía de Mendoza-,
reconoció a Mario Rafael Stipech Quiroga como quien ingresó primero a
secuestrar a Dolz en su hogar. Stipech -ya relacionado en la Causaa través del reconocimiento efectuado por María Isabel Salatino, madre de Herrera- era uno
de los médicos del D2. Investigaciones previas dan cuenta que Stipech -que
perteneció al Cuerpo de Apoyo de Escalafón Profesional de la Policía de Mendoza- y
otros médicos atendían a los detenidos tras los “interrogatorios”.
12-10-2012 | Los testigos
explicaron cómo la aplicación del plan genocida se llevó la vida de sus seres
queridos y torció las propias. Ricardo D´amico unió a las víctimas de los
secuestros a militantes del PCML a Campos y Alcaráz; Mario Gómez encontró a
Martín, bebé secuestrado de esa pareja; y Carlos Castorino contó la persecución
al grupo de militantes y amigos que integraba con su compañera Margarita Dolz,
desaparecida.
Por todo el país
Ricardo D´amico estaba detenido antes
del golpe de 1976 y continuó en esa condición hasta 1982. En relación a la
serie de secuestros de militantes del Partido Comunista Marxista Leninista los
primeros días de diciembre de 1977, aportó su conocimiento a través de la
militancia de sus hermanas, María Cristina (desaparecida en Mar del Plata desde
febrero de 1978) y Nélida Mabel (más de seis meses detenida). Ambas
participaban en el PCML de Mendoza, antes de que su hermano -militante de Poder
Obrero- fuera preso.
Entre las agrupaciones existían afinidades, eran todos muy jóvenes en
1974. Ricardo conoció a Rodolfo Vera (por su compañera Mirta Hernández, “estuvo
en Mar del Plata y después en el Bolsón”) y a sus hermanos Oscar y Carlos; y a
José Campos y Antonia Alcaráz. Acerca del secuestro de Walter Domínguez y
Gladys Castro aportó que tras salir en libertad vivió un tiempo en Villa Marini,
sobre calle Lavalle. Por los vecinos supo que en las inmediaciones se hizo “un
operativo muy grande, con la cuadra cortada”, donde secuestraron a la pareja. Hacia
finales del 77 un grupo de militantes -sobre todo mujeres, entre ellas sus
hermanas- emprendieron la huida de Mendoza. Mabel es detenida tras
sus pasos por Mar del Plata y El Bolsón.
Por militantes de izquierda detenidos y averiguaciones hechas desde la
cárcel y luego en democracia, Ricardo investigó el destino de María Cristina. Dio
con otra serie de secuestros al PCML, en Mar del Plata a principios de 1978. “Con
muy pocos elementos y limitado en un campo de concentración, supe de la
desaparición de mi hermana María Cristina a los cuatro días, tras la
presentación de los habeas corpus de mi mamá y del padre de Greco, una de las
mujeres secuestradas con ella. Un grupo de cinco mujeres fueron secuestradas en
febrero de 1978 de la vivienda que compartían escondidas en las inmediaciones
de Mar del Plata: Cristina D´amico, María Elena Ferrando y Mirta Irma Hernández
escapaban de la represión en Mendoza; Silvia Roncoroni (con sus dos bebas) y
Cristina Greco (embarazada de 8 meses, cuya hija nacería en la ESMA) eran de
Buenos Aires. En la planta superior de la casa vivían las dueñas. Ellas se
ocuparon de las niñas durante un mes, hasta que se las pudieron dar a los
abuelos”.
Ricardo habló con las dueñas de casa, sus vecinos y el padre de Greco.
Logró reconstruir que “el operativo fue realizado por fuerzas conjuntas a la
medianoche, amenazaron a los vecinos con disparos, Cristina y Mirta probaron
fugarse a través de un terreno en construcción, cuando cruzaban unos
ligustrines capturan a mi hermana, reconocida fotográficamente por las dueñas
de casa”.
“La persecución a los grupos del PCML a fines de 1977 y principios de
1978 fue en todo el país: Mar del Plata, La Plata, Mendoza y Córdoba fueron los
principales focos”. Otro hecho relacionado es “el fusilamiento de José Fernando
Fanjul -amigo suyo e integrante del PCML- en octubre del 77 en inmediaciones de
la comisaría de Arana en La Plata”. Las entrevistas con otras fuentes del PCML,
para quienes la represión fue desatada en algunas ciudades y durante un breve
período de tiempo son otros argumentos del testigo.
D´amico permaneció seis años y dos meses en distintos Centros de
tortura y desaparición. El 29 de agosto de 1975 a las seis de la tarde la
Policía de Mendoza lo estaba esperando en una casa en Guaymallén, “una ratonera.
Los captores -unos seis- me vendaron y me cargaron al auto. El día anterior la
casa había sido allanada y detuvieron a unas diez personas: Mocchi, Tomini;
Yanzón, su padre y primos, Raquel Mercedes Miranda, Luz Faingold, Susana
Villegas”.
Fue incomunicado y trasladado al D2 donde le aplicaron durante una
semana “un nivel de tortura tan intenso.” De los interrogatorios -siempre
vendado- participaban varios policías abocados a recabar nombres del Partido. Algunos
de sus compañeros de Poder Obrero detenidos el 28 de agosto también fueron
torturados. “Las celdas estaban en el primer piso, eran muy chicas, de dos
metros por uno, sin mirillas, nada de nada”. Una noche fue trasladado a la
Penitenciaría.
De la cárcel recordó “los primeros días del golpe entraban -Ejército y
Servicio Penitenciario Federal- a las celdas a los palazos y los gritos. Un día
trágico fue el 19 de junio de 1976, toda la guardia nos sacó desnudos, nos
golpearon en las escaleras y los patios, pasamos horas contra el paredón
mientras nos hacían gritar ´viva mi patria argentina´. El accionar conjunto de
las fuerzas de seguridad fue comprobado en el traslado de detenidos hacia La
Plata en septiembre de aquel año. Ejército y penitenciarios hicieron un gran despliegue
de armas y procedimientos para llevar a decenas de hombres hasta el avión
Hércules, reducirlos y encadenarlos al piso de la nave. “Cuando nos sacan en
camiones pensé que nos llevaban a La Perla (Centro clandestino de Córdoba). Por
la forma terrorífica del trato pensé lo peor. Gritos, amenazas, golpes, en el
avión nos caminaban arriba, nos molían a palos”. Recordó a Gianetto, Carlos Gómez,
León Golosky, Fernando Rule, Marcos Garcetti y Ángel Bustelo entre los
trasladados. D´amico pasó los siguientes cuatro años en la Unidad 9 de La Plata
y uno más en Caseros, hasta recuperar la libertad en el 82.
Conducido por el fiscal Dante Vega, afirmó que si bien Poder Obrero y
PCML no estaban relacionados, él -a través de la militancia de sus hermanas-
compartía actividades: “Los conocí en el 74, en una reunión en un camping
camino al dique Cipolleti. Éramos mis hermanas, la chica Tortajada, José Alcaráz
y las hermanas Campos, Silvia y Antonia. De regreso, la Policía nos hizo bajar
del colectivo en la Terminal, fuimos demorados dos horas, salvo yo, todos eran
menores, nos tomaron los datos en una habitación pequeña, casi una celda, las
preguntas estaban dirigidas, algún policía sabía qué hacíamos, nos fueron a
buscar nuestros padres”. “De ese grupo -confirmó Ricardo-, tres personas fueron
desaparecidas y tres detenidas”.
“No, son tantas que no” contestó D´amico al Tribunal cuando se lo
invitó a agregar algo a su testimonio. Respiró su silencio. “Saber dónde está
mi hermana, el cadáver de mi hermana, es todo”.
Encuentro de Martín
Mario Armando Gómez era novio de Adriana Alcaráz,
hermana de su amigo José “Pepe” Antonio Alcaráz. Fue testigo de cómo
devolvieron a Martín, de diez meses, hijo de Pepe y Antonia Campos, la noche
del 7 de diciembre de 1977 en una caja de cartón en calle Pedernera de San
José, domicilio de los abuelos maternos. Martín había sido secuestrado con sus
padres la noche anterior a las cinco de la mañana, de la vivienda donde vivían
en Godoy Cruz.
Mario acompañó el día 7 a don Pepe Alcaráz en averiguaciones y
trámites. “En dos camionetas sacamos las pertenencias de la casa de los chicos,
en la puerta había un policía apostado, no podíamos dejarlo así. Parecía que
faltaban cosas y me llamó la atención que la casa estuviera picada en las
paredes en el garaje, cocina, comedor, en un placard había un hueco. Fue un trajín
todo el día, no hubo respuestas a las búsquedas.
Al anochecer, las familias -que vivían muy próximas- se quedaron en
casa de los Alcaráz. Alrededor de la una y media de la mañana del 7 de
diciembre Mario decide regresar a su casa y sale a la vereda con Adriana, su
novia. Allí ven pasar un Ford Falcon muy despacio que dobló en U y volvió a
pasar, en tanto otro Falcon se paró enfrente de la casa de los Campos. Se
bajaron dos hombres corpulentos vestidos de civil -con camisa celeste manga
corta-, dejaron una caja de cartón y los pasó a buscar otro auto de las mismas
características. Todo sucedió en cuestión de segundos, los hombres se movieron
rápido.
Mario fue directo a la casa mientras su novia avisaba a la familia.
Cuando llega descubre que era Martín, cubierto con una manta. Volvieron todos a
la casa. Es posible que el niño haya sido revisado por un médico, solicitado
para atender a la abuela Campos, descompuesta. “Fue Pedro, su marido quien se
ocupó entonces de Martín”. A una semana del secuestro, Pedro habría dicho a
Mario que “a mi hija y mi yerno lo tienen las fuerzas de seguridad en el D2”.
“Era muy amigo de Pepe, además cuñado por noviazgo formal, muy
allegado a la casa, él hablaba de política, yo no lo seguía. Estuvimos mucho juntos,
tuve mucho miedo posterior a una reunión en el balneario Nonquén”, dijo. Dos
días antes de los secuestros –de los que se enteró al otro día- habían estado
allí comiendo un asado. Al encuentro asistieron muchas personas que Mario no
conocía, del Partido Obrero. Ya la desaparición de Silvia Campos dos años antes
había causado conmoción en el barrio. Luego de las desapariciones de Pepe y
Antonia supo que todos los que habían estado en ese asado permanecen desaparecidos,
menos él y Adriana.
Las afinidades electivas
"Para 1977, 1978 no existía la actividad política, la mayoría ya no estaba, habían
sido secuestrados o se había ido. Nos ocupábamos en actividades sociales,
trabajar, juntarse con amigos. La actividad política fue anterior, surgió de
querer cambiar las cosas. En el Partido Socialista Popular veníamos debilitados
desde 1973, pero los dos estuvimos sin cambios drásticos hasta el golpe, teníamos
reuniones sociales con militantes de distintas agrupaciones, después bajó la
actividad política”. A pedido de Fiscalía, Carlos
Antonio Castorino -marido de Margarita Dolz, desaparecida el 17 de mayo de
1978 del hogar que ambos compartían en Villanueva, Guaymallén-, ofreció al
principio de su testimonio un recorrido por la militancia de su compañera y
otras personas cercanas, desaparecidas o perseguidas por entonces.
“Nos consultaron si podíamos alojar a José durante algunos días. Eran
de Montoneros, pero no recuerdo quiénes. Estuvo cerca de una semana, después lo
llevaron a otro lugar, creo que fuera de Mendoza”, dijo Castorino acerca de
Juan José Galamba, desaparecido una semana después que su compañera.
“Con Víctor ´Tonio´ Herrera éramos amigos, compañeros de bowling. A
Daniel Romero lo conocí de la actividad política, creo que en algún momento
posterior a la estadía en mi casa, con su hermano Juan Carlos recibieron a
Galamba. Igual que Raúl Oscar Gómez y Liliana Millet, su esposa y compañera mía
del trabajo. Había amistad entre las parejas, una militancia en común. Dos o
tres días después del secuestro de Margarita, Liliana me contó que Raúl había
sido secuestrado el mismo día”.
A los nombres anteriores, Vega sumó los de Aldo Patroni, Gustavo Camín,
Mario Camín, Isabel Membrive, Ramón Sosa, otras desapariciones para mayo de 78
y pidió al testigo que enmarcara una explicación sobre el secuestro de su
esposa: “No había actividad política, no sé si habrá existido esa lista con
nombres que en un principio no le dieron importancia, venía el inicio del
Mundial, quizás quisieron prevenirse de protestas”. Porque ni él ni Millet
fueron secuestrados, Carlos descree de la posibilidad que los captores fueran
tras Galamba.
Respecto al secuestro contó: “esa noche esperábamos a unos amigos, yo
llegaba de trabajar de noche, a media
cuadra me frenó la niñera de mis hijas, Miriam Elisabeth Esteve. Según su
versión “fueron tres o cuatro personas de civil que invocando a la Policía
Federal ingresaron a la casa luego de que ella abriera la puerta. La encerraron
con Paulina y Natalia -las hijas de la pareja, de dos y tres años- en el baño y
se llevaron a Margarita con su documento, no pudo ver si la ataron o
encapucharon”. “No entré, indiqué a la niñera que se llevara a las niñas a casa
de mis padres y fui por resguardo y consulta a casa de un amigo abogado, Enzo
Santoni. A través suyo presenté el primer habeas corpus. Recorrí comisarías, el
Ejército. En la Policía Federal me dijeron ´acá no queremos a nadie, no hacemos
este tipo de operativos´”.
Entre llantos, Carlos evocó a Margarita: “solidaria, le gustaba mucho
ayudar, siempre pendiente de que todo estuviera bien. Estudió Artes. Nuestra
actividad política no era subversiva, ella estaba un poco más comprometida. No
consideramos peligroso el clima para mediados de 1978, por eso nos quedamos,
podríamos habernos ido”.
11-10-2012 | Dos testimonios, Martín Alcaráz
-hijo de Antonia Campos y José Antonio Alcaráz, desaparecidos- y Angelina Caterino
-madre de Gladys Castro, embarazada, desaparecida- transmitieron la profundidad
de las relaciones y las búsquedas. El relato de Alcaráz abrió la causa 053-M.
Otros dos testimonios -de ex policías del D2- dejaron inferir rasgos del
funcionamiento acerca de “Informaciones” en ese Centro clandestino.
Siempre la esperanza
Angelina Caterino de Castro y José Fermín Castro
tenían seis hijos en 1977, los tres menores vivían en la casa familiar de calle
25 de mayo en Dorrego. Su hija Gladys se había casado dos años antes con Walter
Domínguez y ambos vivían en calle Luzuriaga de Godoy Cruz, de donde fueron
secuestrados el 9 de diciembre de aquel año. Gladys tenía un embarazo de seis
meses. Angelina supo de los secuestros por sus consuegros que hallaron rota la
puerta de acceso al jardín del domicilio -luego reparada por Osiris Domínguez
(p)- tras hallar todo revuelto. Por una vecina y la hija aledañas al matrimonio
-que fueron testigos de los hechos y con las que tuvo contacto durante unos
meses- se enteró que más de cuatro hombres encapuchados y armados descendieron
desde dos vehículos comunes a las tres de la mañana e ingresaron a la casa. Las
vecinas oyeron los gritos de Gladys pidiendo auxilio, preguntando por qué los
llevaban si no habían hecho nada. Alcanzaron a ver que se la llevaban en bata.
José Fermín
radicó la denuncia infructuosa en la comisaría 25, presentó el rechazado habeas
corpus y se ocupó de denunciar y buscar (“cada quince días se arrimaba por el
Comando” -VIII de Brigada de montaña, en cuyo escritorio de ingreso al
edificio, un uniformado le dijo: “se lo habrá llevado algún compañero suyo”).
Angelina siguió averiguando con sus consuegros (se enteró del operativo
paralelo al de su hija y su yerno en casa de los Domínguez) y cuidó de sus
hijos más chicos enfermos.
“Ella era
muy inteligente, fue cuadro de honor en la secundaria en el Martín Zapata. Con
Walter se conocían del barrio, hubo noviazgo, llevaban casi dos años casados. Ella
trabajó en una farmacia, en un negocio de ropa y en una panadería, estudiaba
Bellas Artes. El estudiaba arquitectura y trabajaba en Pescarmona, nunca me
comentó si estuvo en el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML)”, reseñó
Angelina acerca de su hija y de su compañero.
Sobre el
cerco represivo cada vez más patente, Angelina recordó: “en la facultad
secuestraron a un amigo de Walter, había rumores de desapariciones y
persecuciones, para diciembre de 1977 ella tenía mucho miedo y más, embarazada
de seis meses. Diez días antes había estado en Chile y me dijo, ´me gustaría
irme con el papi´. Andaban con miedo por otros chicos que se habían llevado”.
“Tenía
esperanzas que los largaran, hoy están desaparecidos”, dijo Angelina sobre
Gladys y Walter. Respecto al alumbramiento de su hija -su nieta o nieto-
explicó: “Lo esperaba todas las noches, siempre la esperanza, me lo van a
traer, lo van a dejar en la puerta. Nunca pasó, no sé si lo habrán dado a otra
persona, si habrá nacido bien”.
Relevancias
“Siempre
trato de seguir construyendo la historia, no sé si será relevante”, expresó Martín Antonio Alcaráz en mitad de su
testimonio, mientras relataba las historias de Antonia Adriana Campos -su mamá,
desaparecida-, José Antonio Alcaráz -su papá, desaparecido-, María Silvia
Campos -su tía, desaparecida- y la suya -secuestrado a los diez meses de edad
en el operativo que atentó contra sus padres-. “Claro que es relevante”, lo
alentó el fiscal Dante Vega. Al comienzo Vega le había dado lugar: “Usted
testimonió el año pasado en relación a la desaparición de su tía, ofreció todo
un perfil de su vida, ahora le pedimos lo mismo respecto a sus padres y su
familia":
“Nací el 7
de febrero de 1977. Ellos se conocieron en San José, eran vecinos, se casaron
dos años antes de ser secuestrados, vivían en calle Juan Godoy de Godoy Cruz,
él tenía 20 años, ella 22. Mi papá era muy buen compañero de mi mamá. La
acompañaba mucho. Ella -estudiante de medicina- era más de ayudar, él -como
conocía de imprentas- colaboraba con el material gráfico. Silvia y Antonia eran
muy compinches, con convicciones de izquierda, compartían lecturas. En el 75
empezó el miedo. Antonia se ocupó demasiado tras la desaparición de Silvia”,
relató Martín. Adriana -hermana menor de Antonio, cercana a sus actividades-
le contó que “siempre andaban con folletería” y recordó un campamento en
Bermejo donde el grupo habló de política. A su vez, Cecilia Vera -hija de
Rodolfo Vera, desaparecido durante ese diciembre-, a través de su madre Mirta
Hernández -que conoció al matrimonio- le comentó la probable relación entre las
desapariciones de la pareja con las
del grupo de militantes del PCML (causa 085-M), donde según Hernández “militaban y
se organizaban celularmente”.
Martín dejó
en claro que los secuestros se produjeron el 6 de diciembre de 1977; que al
otro día hacia la medianoche fue dejado en una caja en la casa de sus abuelos
maternos; que los hechos fueron “procedimientos del gobierno militar”; y que -según
su abuelo paterno- sus padres habrían sido desaparecidos en el D2. “Esa
madrugada nos secuestraron. Mi papá trabajaba con mi abuelo materno en San José.
Se preocupó por su atraso ese día -Silvia había sido secuestrada un año y medio
atrás: la misma novela anterior-. Fue hasta la casa, la encontró saqueada, con
la puerta rota. Según vecinos, la policía se llevó las cosas”.
Otro
vecino, Mario Gómez -además amigo de Antonio-, presenció cuando dejaban a
Martín en casa de sus abuelos maternos: “un par de Falcon sobre calle Pedernera
bajaron un bulto y lo dejaron en la vereda. El vecino esperó a que se fueran,
fue él quien golpeó la puerta de la casa”. Por secuencias de recuerdos, de
comentarios, Martín contó que su abuela materna se quedó sin habla, que lo
llevaron a la vuelta a casa de sus abuelos paternos, donde entre todos lo
revisaron porque parecía dopado, sin reacción, no lloraba. “Vaya a saber el
circuito turístico que he hecho en esas 24 horas”, se permitió sonreir.
“Todo esto
desarmó la familia. Las tres desapariciones, la persecución, atravesaron a toda
la familia.” Los Alcaráz en completo vieron alteradas sus vidas. Para 1979 se fueron
dejando afectos las hermanas sobrevivientes. El temor, la vigilancia contrariaron
el porvenir de los abuelos. “Hoy tengo mi familia, mis hijos, pero no mi mamá,
ni mi papá, ni mi tía”, enseñó Martín a sus 35 años.
Otras máquinas del segundo piso
Las
divisiones o departamentos D5 -“Archivos judiciales” de la Policía de Mendoza-
y D2 -“Informaciones” de la Policía de Mendoza- compartieron espacio físico en
el Palacio Policial y también la distribución de tareas en lo concerniente a la
remisión y reasignación de información contenida en los prontuarios civiles
destinados al servicio de la represión ilegal. En el subsuelo estaba el D5, con
los legajos conformados y antecedentes de los habitantes de la Provincia. En el
segundo piso, además de la “sala de reunión de detenidos” y del área de
calabozos clandestinos del D2, funcionaban oficinas “administrativas” con archivo
propio, secreto (contenido en varios armarios), en las cuales se procesaban los
prontuarios indicados por los “jefes”. Una “mesa de entrada y los escritorios
al fondo” constituían el ámbito de trabajo.
El reciente
testimonio del ex policía Jorge Rivero -a cargo del archivo D5 durante la
dictadura- según el cual eran cuatro las personas encargadas del movimiento de
legajos entre secciones; y el Libro de constancias de las devoluciones que el
D2 hacía al D5, motivaron la citación a declarar de otros dos ex policías que
se desempeñaron allí, Carlos Faustino
Álvarez y Miguel Angel Salinas.
El habitual
silencio cómplice de los otrora uniformados, el decir sin decir, la desmemoria,
el refugio en el argumento de “sólo realizar funciones administrativas”, la
descarga de responsabilidades en jefes que no se nombran, o se nombran porque
están fallecidos, dominó el hilo de ambas declaraciones. Sin embargo, la
indagación del abogado Pablo Salinas, representante por el Movimiento Ecuménico
por los Derechos Humanos -MEDH- , sobre todo respecto al testigo Salinas, menos
reticente, permitió dar cuenta de que:
-En un
papelito, o ficha mínima, expedido en “Informaciones” por los oficiales Félix
Andrada y Ricardo Couto (y en algunas oportunidades por “jefes”) se solicitaban
los prontuarios a investigar. Álvarez y Salinas (“estábamos para los mandados”)
bajaban, recibían los legajos, firmaban en el Libro de salidas del D5, volvían
al segundo piso, remitían los legajos a sus superiores que tenían plazos no
mayores a 48 horas para devolver los expedientes (aunque había casos de
prontuarios en poder del D2 durante semanas), estos eran reasignados por el
plantel de escribientes en cuanto a información (se agregaba alguna clave que
date destino de la persona, direcciones nuevas, relaciones), para finalmente
ser entregados al subsuelo, tras la firma de Rivero en el Libro del D2.
-“Todos
pedían información al D2, Ejército, Fuerza Aérea”. También “había prontuarios
propios del D2". Era el jefe encargado -Andrada, Couto- el que ordenaba los
legajos a referenciar. Se agregaban recortes de prensa, información “pública”;
se actualizaban las fichas. Tanto el D2 y el D5 funcionaban de modo permanente,
con turnos nocturnos ante las urgencias. El personal policial designado para
las funciones de correo y manipulación de datos era “el más rápido en el manejo
de ficheros y de las máquinas de escribir en el segundo piso”.
-De los imputados en el juicio y cercanos o
partes del funcionamiento del centro clandestino, los testigos reconocieron a los
jefes Aldo Patrocinio Bruno, Ricardo Miranda Genaro, Alsides París Francisca,
Agustín Oyarzábal (“Titín, muy distinto de los demás"), Armando Fernández
Miranda y Venturino. Otros indicados fueron Rondinini, Pablo “Negro” Gutiérrez,
Ricardo Vásquez, Carmen Juri, Alfredo Edgar Gómez, el “Pájaro” Rodríguez
Vásquez, el “Ruso” Smaha, Josefina Rita Gorro y el “Viejo” Manuel Bustos.
06-10-2012 | Los imputados entraron en fila como
en su historia pasada y estallaron los flashes, todo indicaba que se había
subsanado el inconveniente que demoró la audiencia. Luego -“de pie”-, dijo una secretaria y entró el
Presidente escoltado por sus dos colegas; tomó asiento, agradeció el clima de
respeto mantenido a lo largo de once meses, se colocó los anteojos y leyó el
fallo. Entonces se conoció la primera sentencia condenatoria por crímenes de
Lesa Humanidad en la ciudad de Mendoza; sucedió a los seis días del mes de
octubre del año dos mil once.
Cayó todo el rigor de la ley sobre
cuatro miembros del Departamento 2 de Informaciones de la Policía de Mendoza:
Luis Rodríguez, Juan Oyarzábal, Eduardo Smaha y Celustiano Lucero. Los dos
primeros fueron jefes;el “ruso” Smaha
era enlace de Inteligencia con el Ejército y el “mono” Lucerotrascendió por haber asesinado a Paco Urondo de un golpe en la cabeza.Todos condenados a cadena perpetua en cárcel
común.
Los otros dos acusados tuvieron
mejor suerte,el entoncesteniente con vocación de verdugo Dardo Migno
fue condenado a 12 años por la privación de la libertad y tormentos infringidos
contra don Angel Bustelo, ya sexagenario por esos días; mientras que su
camarada del Ejército, Paulino Furió fue absuelto en la Causa por la
desaparición de Jorge Fonseca.
Casi un año atrás, el 17 de
noviembre de 2010 se había iniciado el tratamiento de más de treinta crímenes
que incluían veinticuatro desapariciones pero a lo largo de los once meses
fueron apartados del juicio varios acusados, como Luciano B. Menéndezy otros jefes; por ende cayeron las causas
que se les atribuían. A la hora de la verdad, la sentencia correspondió a siete
desapariciones, la de Ricardo Sánchez Coronel; el matrimonio
Rafael Olivera-Nora Rodríguez Jurado; Salvador Moyano; Jorge Fonseca; Rosario
Aníbal Torres y Alicia Cora Raboy, compañeraFrancisco”Paco” Urondo; además se juzgó el homicidio del poetaquien fue muerto en el momento de suapresamiento.Finalmente, se trató el allanamiento ilegal a Arturo Rodríguez y la detención ilegal de Ángel Bustelo .
Dos de agosto de 2012: imputados, inicio Tercer Juicio por delitos de lesa humanidad, Mendoza
Escenas
para el recuerdo
Acorde con la trascendental jornada,
la sala de audiencias de Tribunales Federales lucía repleta de las y los
directos involucrados, observadoresy la
infaltable prensa. Ungrueso blindex separaba el área destinada al
público de la ocupada porabogados,
fiscales, imputados,Jueces y secretarias; a través del vidrio se
imponía la solemnidad del Tribunal ubicado tras un macizo escritorio en roble oscuro con el
escudo argentino talladoen madera. El
conjunto se elevabaen una plataforma dos
peldaños por encima de todos los presentes, para que no haya dudas sobre el
lugar de la autoridad; desde allí, el Presidente del Tribunal, Juan Antonio González
Macías, leyó el fallo .
Dentro de esa pecera, aambos lados del estrado, convivían moros y
cristianos.A la izquierda nuestros
aguerridos abogados de la querella y la fiscalía, dispuestos juntos, en una
misma línea de escritorios.En los
extremos los escoltaban dos brillantes mujeres: una querellante y otra secretaria
del Fiscal. Espacio de por medio, frente a ellos en una primera línea, los abogados defensores,y detrás, tres de los acusados: Lucero, Smaha
y Furió.
Y de este lado, en las primeras
filas, había personalidades y algunos funcionarios siempre dispuestos a la foto
de ocasión; a sus espaldas, a sala repleta, la presencia más intensa fueron los
compañeros,compañeras y familiares,enarbolando a los suyos; los más, los que cultivamos durante décadas la certeza que
este día debía llegar y sería inscripto en nuestra historia porque los
genocidios no se pueden ocultar bajo la alfombra.
El día llegó, comenzó a despuntar ese 6 de octubre en que nos vestimos para la celebración,
suerte de corolario de largos meses en
los que lo soterrado, lo sucedido en los años ’70, fue iluminado en la palabra de los personajes
reales; fue contado y sufrido por
testigos y familiares.
En un clima de intensa ansiedadcomenzó la audiencia y bajo un mismo impulsose agitaron las pancartas con los rostros de
nuestros compañeros, rasgos en negro sobre fondo blanco con letras al pie que los
y las nombran. Hubo un silencio espeso
durante la breve lectura del acta.Luego se escuchó la sentencia y un grito nombró a nuestros 30.000 desaparecidos; después todo fue algarabía y regocijo: vitoreamos,reímos, besamos mejillas húmedas y nos apretamos. De reojo,observamos a los represoresque se retiraban en fila, con la mirada al suelo
comomatones en caída, desnudos de su único atributo: llamar
al miedo; reducidos a meros delincuentes camino a la condena .
Bajamos hacia la claridad de esa mañana
soleada;ya en la calle nos reconocimos
en abrazos, sonrisas y lloramos de felicidad.
Así, las penas, penitas nuestras, tan adentro, tan fuerte pegadas al pecho, ese
día se fueron en llanto, en agüita
salada, rodaron por las escaleras de la explanada para llegar al sumidero que
se tragó 35 años de humillaciones e indiferencia, dicha sólo posible con un retazo de justicia.
05-10-2012 | “Sistematizaron
el terror como procedimiento” reflexionó uno de los testigos -Julio Del Monte,
víctima del terrorismo de Estado- acerca de la implementación del plan
represivo contra la militancia a escala nacional y específicamente en relación
al grupo de personas desaparecidas en diciembre de 1977 en Mendoza. En el mismo
sentido aportaron su conocimiento María Inés Barbetti y Nicolás, compañera e
hijo del desaparecido Alberto Jamilis. El testimonio de Rolando Domínguez permeó
las consecuencias del discurso “antisubversivo”.
"Hacé de tu hijo un
buen ciudadano", consigna de represores
María Inés Barbetti era compañera de Alberto
Gustavo Jamilis cuando fue secuestrado en su casa el 6 de diciembre de 1977
alrededor de las 5 de la mañana. María Inés y el pequeño hijo de ambos, Nicolás -de dos
meses-, estaban allí, pero ella logró que no se los llevaran.
Prestó testimonio mediante videoconferencia desde el Consejo de la
Magistratura y relató que esa madrugada cuatro o cinco personas con armas
largas y vestidas de civil ingresaron al departamento interno en el que vivían,
en Godoy Cruz. Uno con cara descubierta de estatura mediana, robusto y de tez
morena comandaba el operativo. El resto tenía medias de nylon en los rostros.
Entraron al grito de “¡Gordo salí!”. Rompieron una sábana y con eso los maniataron.
A ella le dijeron que preparara ropa del bebé. María Inés pidió “por dios” que
la dejaran con el niño, lo hicieron, pero se llevaron a Alberto y le dijeron:
“Bueno piba, hacé de tu hijo un buen ciudadano”. Los agentes robaron objetos y
cuando María Inés preguntó qué harían con el marido, uno contestó que sólo le
harían preguntas y en media hora volvería. Nunca más se supo de él.
Tras un llamado de los vecinos a la policía, llegaron tres efectivos.
Le pidieron que fuera a declarar y ella les explicó que no estaba en condiciones
de hacerlo en ese momento, con lo cual se retiraron sin más. Barbetti se fue a
la casa de Paulina, hermana de Alberto, quien le advirtió el peligro de que se
quede allí y la llevó a la casa de una amiga.
La pareja era oriunda de La Plata. Alberto era sociólogo y trabajaba en
la Facultad de Humanidades hasta que lo dejaron cesante. Luego se desempeñó en
el Registro de la Propiedad del Ministerio de Economía del gobierno de la
provincia de Buenos Aires, donde también lo cesantearon, “por su ideología”. En
ese organismo también trabajaba María Inés. En noviembre de 1976 fuerzas
represivas lo buscaron en casa de sus padres, motivo por el cual decicieron venir a Mendoza, donde Alberto vendía hierbas medicinales de manera
ambulante, según relató su compañera.
Tiempo después, María Inés supo de la militancia de Alberto, en el
Partido Comunista Marxista Leninista. A los compañeros de militancia los
conocía por sobrenombres, después se enteró de que entre ellos estaban los hijos
de Hebe de Bonafini, “Cuqui” -Néstor Carzolio- y Nélida Tissone, a quienes
frecuentaban en Mendoza -en particular recordó un último encuentro con el matrimonio en un parque en Mendoza; luego supo que desaparecieron-. También
recordó a un joven que trabajaba en una cestería -Rodolfo Vera- en la cual se
quedaron un breve tiempo; y a una mujer que fue novia de Jamilis, “Cristina
Torti” y a su “hermana, también secuestrada en Mar del Plata”. A Carzolio,
Tissone y Vera los reconoció en el álbum que le exhibieron.
Nicolás Joel Jamilis, hijo de María Inés y de
Gustavo, prestó testimonio por videoconferencia. Con dos meses de edad cuando
su padre fue secuestrado, presentó una reconstrucción sobre él en base a
conclusiones derivadas de testimonios de amigos, compañeros de militancia e
investigaciones propias. Mencionó a Ángel Laurenzano y a alguien conocido como
“El tano” como parte de la conducción del PCML que delató a los partidarios de
Mendoza. Una vez en la ESMA, “El Ratón” Laurenzano habría pasado a trabajar
directamente con las fuerzas militares. Después, vueltas de la vida y de los años, Nicolás lo
reencontró trabajando para el aparato de seguridad del empresario Alfredo
Yabrán.
Un compañero de militancia de Jamilis, Jorge Moulinger -que logró
escapar de la represión- es considerado por Nicolás una fuente importante para
conocer cómo fue la embestida final contra los integrantes del PCML. Indicó que
habría otro sobreviviente del grupo de Jamilis -quizás sea Oscar Vera-
residente en Neuquén. Nicolás agregó que los dos hijos de Hebe de Bonafini fueron
desaparecidos antes que su padre, que había alojado a uno de ellos. Según sus indagaciones, los militantes eran enviados a Mendoza y a Mar
del Plata por la conducción del PCML con el objeto de asegurar sus existencias,
con documentos falsos y casas alquiladas por la organización. Sobre los hechos
dijo: “en el Partido" Jamilis "era 'El Gordo', la patota lo tenía totalmente
identificado, sabían quién era, si hasta le dijeron 'Gordo', te venimos a
buscar", concluyó Nicolás.
Estar en algo
Retirado de la Policía de seguridad aeroportuaria, Rolando Omar Domínguez reconoció entre los imputados a Alsides
París Francisca -“vicecomodoro oficial de la Fuerza Aérea”- y repasó sus años
en la función pública: ingresó a fines de 1975 a la Policía de Mendoza tras revestir en la Escuela de suboficiales, “para el Golpe” se incorporó a la
comisaría 27 hasta mediados de 1977 cuando pasó a la Fuerza Aérea. Allí -hasta
1986- actuó como personal civil de la Jefatura 2 de Inteligencia. El 24 de marzo de 1976 fue la primera vez que lo mandaron a hacer servicio y patrullaje en la calle.
En relación a la desaparición de Walter
Domínguez -primo hermano de Rolando- y su compañera embarazada de seis meses,
Gladys Castro, el testigo se vio en apuros a la hora de puntualizar comentarios
y supuestas informaciones que habría recabado para sus tíos, Osiris Domínguez y
María Assof, sobre sus destinos. También, en aquel momento, sobre Osiris (hijo), el otro primo, acosado por la
represión. Recordó haber estado presente en la nochebuena de 1977 en la casa de
sus parientes, pero no el “fundamento” de la reunión. Según otros
testimonios él habría promovido ese encuentro para recibir a Walter que -según Rolando avisó a Assof- pondrían en libertad para esa
fecha e incluso habría efectuado una llamada telefónica a tal fin. Medroso en
sus respuestas al Tribunal y las partes, Rolando sólo dijo que hizo
averiguaciones con su superior en la Unidad Regional Inteligencia Oeste de la
Fuerza Áerea -Horacio Navarro- que le aseguró que el detenido estaba bien. El
testigo adujo que “con el tiempo entendí que era falsa la pista de Navarro”,
sin embargo no evaluó su gravedad ante la desesperación de la familia
Domínguez.
Rolando -que dijo haber intentado algunos sondeos en vano con
excompañeros policías- reveló la endeblez de sus sustentos al afirmar que supo
de la existencia de los desaparecidos a través de los medios de comunicación.
“Nunca tuve idea de que Walter estuviera en algo, que alguna actitud suya lo
involucrara en algo como ser miembro de algo en contra del gobierno del
momento”, traslució en su discurrir el pensamiento “antisubversivo” del
testigo.
Sobre las funciones de su competencia en la Regional Oeste, Domínguez
enumeró: “verificar las medidas de seguridad de las unidades militares, el control
de sabotajes y edificios estatales ya que el Gobierno (Provincial) había sido asumido
por un Brigadier; la Inteligencia en el conflicto con Chile, es decir, la recolección y análisis de información remitida a las
oficinas del edificio Cóndor en Buenos Aires, sobre objetivos estratégicos,
militares, poblacionales".
“Amar a mi patria y amar a mi familia”, enfatizó Domínguez entre sus
valores, antes de ser “refrescado” por el juez Antonio Burad sobre el escalafón
correcto de su construcción aprehendida: “Dios, patria y hogar”. El testigo se
conmovió.
Puñetazos al corazón
Julio César Del Monte es licenciado en
Ciencias de la Educación y docente. Declaró ante el Tribunal en el marco de la
causa 085-M. Conoció a muchos de estos militantes desaparecidos y fue amigo y
compañero de huidas de la represión de Osiris Domínguez, hermano de Walter.
A mediados de la década de 1970, Julio terminaba la secundaria y
militaba en el Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico (FRAP), orgánica
juvenil-estudiantil que, aunque él no lo supiera a ciencia cierta entonces, estaba
asociada al Partido Comunista Marxista Leninista. “Éramos chicos de 17 y 18
años con ideas de la época, de resistencia a lo que estaba ocurriendo en la patria que era la eliminación de todas las libertades, nuestro propósito era
sostener y propagar con panfletos y dichos nuestra ideas. Así de simple, pero
así de contundente”.
Entre las personas que supo secuestradas en diciembre de 1977, recordó
a Walter Domínguez y su compañera Gladys Castro, y a Rodolfo Vera. Con ellos
estuvo en un encuentro “de camaradería” en el camping de Luz y Fuerza a
comienzos de 1977. “Para nosotros, que éramos chicos, ellos eran todos
adultos”.
Entre los que debieron huir de la represión mencionó a Carlos y Oscar
Vera -hermanos de Rodolfo-. “No sabíamos qué hacer, cómo protegernos, no
teníamos más que a la familia”. También comentó de su amigo Osiris Domínguez,
quien le contó lo sucedido con su hermano y su cuñada. Con Osiris huyeron a
Buenos Aires (a Capital Federal y a la Costa), luego estuvieron unos días en El
Chocón hasta que volvieron a Mendoza en donde decidieron no mantener contacto
como modo de supervivencia. Aún corría 1978. También supo de las desapariciones
de Cristina D’Amico y María Elena Ferrando y recordó a parte del grupo de
militantes que estuvieron detenidos con él: Oscar y Carlos Vera,
Mabel D’Amico, Verónica Roatta, Alfredo Irusta.
El 5 de octubre de 1979 a las 11 de la mañana, un agente policial
interceptó a Julio Del Monte en calle Alem de la Ciudad de Mendoza -frente al
Hospital Central-, le mostró una credencial de la Policía de Mendoza y le dijo
que tenía que “acompañarlo”. Con otro agente lo metieron a un Fiat 1100 azul,
rural, viejo y ruinoso. Ya adentro comenzaron a golpearlo y le taparon los ojos
con un pulover. Cuando les preguntó adónde lo llevaban la respuesta fue “A tu
muerte”. Cuando llegó a destino, en un forcejeo pudo destaparse los ojos por
unos segundos, entonces vio que estaba en el patio del Palacio Policial, el D2.
“Sabía, por lo menos, dónde iba a morir”.
Lo llevaron entre cuatro personas en “andas” mientras le iban pegando
en el corazón. Lo “tiraron” en un sótano, lo golpearon. Luego llegó alguien que
era jefe y le explicó que estaba allí “por estúpido, por insolente”. Le dijo
que su padre “era ferroviario” al igual que el padre de Del Monte, con lo cual
demostró tener conocimiento sobre el detenido. En la tarde lo subieron a un
calabozo y allí se presentaron quienes lo detuvieron, apuntaron a su cabeza y
le dijeron que se merecía morir porque a uno le rompió la campera en el
forcejeo. “Fue un largo sufrimiento desde ahí”.
Sus padres fueron a averiguar si Julio estaba en el D2, cosa que les
negaron. Varios días después les admitieron que efectivamente estaba allí, pero que
“si se les ocurría decir algo, no iba a estar más”. La casa familiar fue
allanada dos veces luego de que Julio fuera detenido.
Horas después se encontró con Carlos y Oscar Vera en el D2. Corrieron
la misma suerte y compartieron la prisión, Mabel D’Amico, Verónica Roatta y
Alfredo Irusta. Estuvo en el D2 hasta mediados de diciembre. Luego lo
trasladaron al Penal provincial, en el pabellón 14, “derruido” en “condiciones
infrahumanas” donde las torturas fueron otras: “Teníamos un régimen de castigo
extremo, sólo podíamos comer algo, dormir cuando nos dejaban; no podíamos leer,
salir al patio, trabajar ni jugar”. A veces iban militares -algunos ebrios- y
los sacaban al patio desnudos y los denigraban. Había solo un baño sin puerta”.
Incluso allí “seguimos siendo desaparecidos”. Compartió ese horror con Ciro
Jorge Becerra, quien llegó “muy golpeado en la entrada” luego de haber estado
detenido-desaparecido en La Plata.
El 26 de abril de 1980 Del Monte fue liberado luego de un Consejo de
Guerra en el cual consideraron que “yo no era tan peligroso y me derivaron a la
Justicia Federal”. Del Monte relató cómo se vivió en aquellos años del terror:
“Había que ser muy prudentes en manifestarse, había restricción total de la
libertad, mostrar simpatía por el Che Guevara era sinónimo de perder la vida.
El terror es inimaginable, es mucho más que perder la vida. No eran personas
malas, sistematizaron el terror como procedimiento”.
04-10-2012 | Por videoconferencia desde la Cámara
Federal de Apelaciones de La Plata, Mabel Jamilis y Violeta Becerra dieron cuenta del cerco represivo que signó el destino de estudiantes y militantes del Partido Marxista Comunista Leninista en esa ciudad y en Mendoza, con su agudización hacia fines de 1977. La violencia sobre toda la familia Becerra y la implicancia de la Fuerza Aérea en la operatividad de la represión.
Como su familia, Mabel Ester Jamilis es
originaria de La Plata. Su hermano Alberto Gustavo y su compañera María Inés Barbetti,
embarazada, trabajaban en el Registro de la Propiedad del Ministerio de Economía
en 1977 cuando “Alberto fue dejado sin actividad por el artículo 1 -abandono de
sus funciones. Había recibido informaciones tales como que habían apresado a una
compañera suya que él había estado adoctrinando”.
La pareja viajó a Mendoza. En el hospital
Civit nació Nicolás Joel, en presencia de su tía. Aquí conoció a la pareja de
Nélida Tissone y Néstor Carzolio, en cuya mimbrería Gustavo trabajaba con el “Negro”
Vera, a quien Jamilis había dado resguardo en su casa. Mabel desconocía
entonces la pertenencia militante de su hermano pero sí que “era de formar
políticamente grupos de gente”, y cree que en Mendoza continuó su actividad. La
militancia de su hermano en el Partido Comunista Marxista Leninista -PCML- la corroboró tras
los hechos.
Quien enteró a Mabel del secuestro fue
Paulina, la otra hermana Jamilis, que le narró lo vivido
por Barbetti: “entraron -a la casa de la pareja-encapuchados, de civil y
armados, se llevaron a Alberto la madrugada del 6 de diciembre de 1977, Mary
pidió que no la llevasen, le dieron los pesos de la billetera de él y le
dijeron ´esto es para vos, para que críes bien a tu hijo´; ella tomó al bebé y
se lo llevó a casa de Paulina, si no estaríamos buscando otro chico”, dijo
Mabel. “A mi hermano no sabíamos en qué lugar buscarlo, como no sabemos hasta
el día de hoy adónde se lo llevaron”, remarcó.
Ningún lugar en el mundo
“La situación en La Plata era muy
complicada” enfatizó varias veces Violeta Anahí Becerra Issa, que estudiaba en esa
ciudad al momento del golpe de Estado y conocería a partir de entonces
allanamientos, persecuciones y secuestros en carne propia y en torno a toda su
familia. Su hermano Ciro Jorge -estudiante de geología- y su compañera Susana
De Miguel -estudiante de biología-, ambos militantes del PCML, buscaron refugio
en Mendoza, primero en casa de los padres de Becerra y después en un alquiler
cerca de Luján.
El 22 de diciembre de 1976, Jorge Becerra
-enyesado por una fractura en su pierna- fue rodeado en la camioneta de su
amigo Rodolfo Vera por policías de la Provincia. Jorge -que estuvo detenido
hasta fines de 1980 en diversos Centros clandestinos y prisiones- contó a
Violeta en las visitas que ella le hizo, que la tremenda tortura a la que fue
sometido durante los interrogatorios tenía relación
con que en la camioneta encontraron panfletos de Montoneros,
organización a la que no pertenecía.
El día siguiente al secuestro de Jorge, los
padres de Violeta “sacaron a Susana y Federico -de cuatro meses- de la casa que
ocupaban, a la noche el inmueble fue ametrallado, los muebles un colador”. Para
el año nuevo de 1977 Susana y su hijo habían escapado a Neuquén, junto a “Elsi” -Elsa
del Carmen Becerra, también hermana de Violeta, también desaparecida, también
del PCML-. Después estuvieron a mediados de ese año por unos meses cobijados por Gladys
Castro y Walter Domínguez y en septiembre retornaron a Buenos Aires, por la costa
-Mar del Tuyú-. De Miguel consiguió salir del país en mayo de 1979.
Violeta, en conocimiento de la
persecución que en La Plata y en Mendoza sufrieron los miembros del
PCML, añadió los nombres de Néstor Carzolio, Nélida Tissone y de María
Cristina D´amico, entre las víctimas de la cacería. Como ya había
señalado en su testimonio del juicio anterior en relación a la Causa
por la desaparición de Jorge del Carmen Fonseca, Becerra destacó que era él “quien acompañaba los movimientos
de la gente”. En diciembre de 1977, Violeta -por intermedio de una compañera de
su hermano Jorge- tenía estipulada una cita con su hermana Elsa y otro
compañero, pero el encuentro se frustró,
presumiblemente a raíz de las caídas en Mendoza. Violeta une esta serie de secuestros con la
que se produjo un mes después -entre el 21 y el 26 de enero del 78- en el
barrio de Colegiales en Buenos Aires, donde “chicos del PCML de La Plata fueron
secuestrados en Capital, entre ellas Elsa, secuestrada por un operativo de
fuerzas conjuntas, en un departamento en Colegiales, en medio de una crisis de
nervios, con dos compañeros que lograron escapar”. La testigo aportó que
Gabriel Miner -mendocino en relación con la militancia y secuestrado en alguno
de ambos operativos grupales- supo que Elsa estaba en el Centro clandestino “El
Banco”, de Capital Federal.
“Toda mi familia, mis otros hermanos
también, tuvimos que movernos, incluso mis padres sin estar en ninguna
organización”, dijo Violeta, que recordó su propio secuestro, cuando estuvo
refugiada en Tupungato: “la finca fue allanada por un operativo en
el que estuvo involucrado el Ejército, pero empezó por la policía departamental”.
Acerca de las secuelas de la violencia ejercida
sobre su hermano Jorge, exiliado durante ocho años, fallecido en 2006, denunció:
“el secuestro enyesado, la tortura, la picana, agravaron su salud, en Sierra
Chica contrajo el mal de Chagas que agravó un problema por el cual estaba en
tratamiento desde los doce años, le generó una lesión cerebral, convulsiones y
descomposturas, su corazón no aguantó”.
María Ragusa también testimonió en relación a la desaparición de
Rodolfo Vera. La mujer, en diciembre de 1977, vivía contigua a la
mimbrería de donde fue secuestrado Vera, al 1164 de Dorrego. La casa natal de Ragusa hace esquina en calles Dorrego 1136 y Luzuriaga 911.El salón tenía entrada por Dorrego, Ragusa nunca ingresó. No recuerda quién vivía al lado cuando ingresaron los militares.
Precisó con detalles el vecindario y el
clima de la época pero no recordó los hechos que se investigan. Del secuestro,
dijo, se enteró por el almacenero del barrio, Oscar Cortez. El único
procedimiento que recordaba por aquellos años fue el allanamiento nocturno del Ejército a su domicilio, “nos agarraron dormidos, revisaron la casa sin
encontrar nada, tampoco nos dijeron qué buscaban. Estaban armados y tenían ropa
de militar”, dijo Ragusa.
Por otro lado contó que su hijo
trabajaba en el corralón de Canela, ubicado en
Remedios Escalada y Tucumán de Dorrego, y que supo del procedimiento
en el que fue asesinado Francisco Urondo, secuestrada Alicia Raboy y sustraída la hija de la
pareja, Ángela Urondo.
Fe
de erratas: Violeta Anahí Becerra
aclaró un dato erróneo publicado en
relación al testimonio brindado por Agustina Corvalán de Vera sobre el
secuestro de su hermano, Ciro Jorge Becerra. Constatado el equívoco en la
edición de la crónica, en efecto realizada por este Blog -y con las disculpas
correspondientes-, aclaramos que ni la señora Corvalán ni la lectura de sus declaraciones
anteriores ante la justicia dan cuenta de lo que se publicó. Que haya sido involuntario no quita la responsabilidad de rectificar y hacerlo público.
Rutinas de la Fuerza Aérea
Daniel
Ulises Domínguez, primo hermano de Walter Domínguez -secuestrado
con Gladys Castro, embarazada de seis meses, el 9 de diciembre de 1977- y de Osiris
Domínguez, hizo el Servicio militar entre enero de 1977 y marzo de 1978 en la
IV Brigada Aérea, donde estuvo asignado a la jefatura de Brigada de la sección “Órdenes”,
bajo la Compañía “Servicios”.
Ulises supo de los secuestros por sus
familiares: “Walter había desaparecido, mis tíos estaban buscándolo, hablábamos
del tema sin saber qué le podía haber pasado”, comentó y aseveró reticente no
haber realizado averiguaciones sobre sus destinos. Luego, ante las inquisitorias
del Tribunal y de las querellas, dijo que quizás haya hecho alguna consulta ante
un superior; y agregó que en una rutina otro soldado le comentó “vi a tu primo -por Osiris, en fuga tras constatar el operativo en la casa de Walter-
con mi viejo allá en su finca, al Este de Barrancas, Maipú”. Ulises reconoció que en la época y en ese ámbito, oyó hablar de “la lucha antisubversiva” pero que no la relacionó con la desaparición de su primo hasta tiempo después.
Acerca de Rolando -su hermano- quien
según María Assof -su tía-, la conminó a disponer los preparativos para recibir
a Walter y Gladys para la Nochebuena del 77 porque “los iban a largar”, dijo “teníamos
una formación cerrada, había cosas que no hablábamos”. Rolando ingresó a la
Policía de Mendoza en noviembre de 1975, donde estuvo un tiempo en la comisaría
27 de Villa Hipódromo. Luego continuó su carrera en la Fuerza Aérea -mientras
Ulises cumplía la conscripción- y revistió en la Regional Oeste.
Patricia Santoni por Fiscalía, Romina
Ronda y Diego Lavado por las querellas, y González Macías por el Tribunal,
condujeron el testimonio para que Domínguez aporte su conocimiento sobre el
funcionamiento de la Fuerza Aérea. Estaban las Compañías de Servicios, que ocupaba el ala sur del
predio; Policía Militar y COIN -"Compañia contra insurgencia"-, que se repartían el ala norte del predio.
Sobre la última explicó: “eran las comisiones de soldados
primeras en salir ante los conflictos, conscriptos que salían en camionetas Ford
azules y cúpulas de tela -´guerrilleras´- donde entraba media docena de
personas".
De la “Regional Oeste”, el testigo
comentó: “era la sección vinculada a actividades de inteligencia con sede
dentro de la Brigada, integrada por divisiones de Inteligencia de cada
una de las Fuerzas Armadas.
Ulises afirmó la existencia de llegadas
y salidas de aviones Hércules y aeronaves más pequeñas. Luego lo relacionaría
con el traslado de prisioneros. Recordó la situación por la cual un piloto de
un Hércules arribado a Mendoza hizo que se apresara por 24 horas a todos los
conscriptos porque le habían robado su arma. Luego se enteraron de que eso lo
hacía en todas las Bases.
Acerca de Campo Las Lajas como punto de
enterramiento, Ulises aseguró que la IV Brigada tenía allí un
puesto de guardia con personal militar, campo de tiro y combate. Las guardias, el
relevo de turnos, en Las Lajas, eran función de la sección “Órdenes”.