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miércoles, 30 de marzo de 2011

Audiencia del 29 de marzo

CAUSA DE MARINIS (III): La familia policial

Además de Sebastián Cutugno, cuñado de Lidia, declararon policías retirados de la provincia. Como en el resto de los juicios, los testimonios de la jornada reflejaron la desmemoria policíaca, su nula voluntad para cooperar con la justicia y el alto grado de complicidad con el accionar represivo a cargo de las Fuerzas Armadas.

Sebastián Cutugno

Periodista, casado con Isabel De Marinis con la cual vivía en Buenos Aires los meses previos al secuestro de Lidia. La pareja se veía con “Lila” con frecuencia.
A fines de 1.976 mientras Cutugno atendía su carnicería del barrio Decavial, un hombre que rondaba la zona le informó que Lidia estaba viva en la cárcel provincial y necesitaba ropa, víveres y dinero. Por tanto comunicó al resto de la familia que, con alguna esperanza, recogió lo solicitado. El oportunista, con apariencia y modos de policía, no volvió a ser visto.
Acerca del destino de su cuñada, Cutugno estima que le sucedió “lo mismo que a los 30.000 desaparecidos por las fuerzas de seguridad”.

Ricardo Daniel Révora

Policía provincial durante 4 años y medio, se inició en la comisaría 25ª de Guaymallén y lo jubilaron en 1.971 por un accidente laboral. Hoy funge como abogado defensor de policías.
A fines de 1.976, durante un recreo en el Nacional nocturno de Guaymallén, conoció de parte de Gustavo De Marinis el relato del secuestro de Lidia. Como el resto del curso sacaba hipótesis “según un artículo de Los Andes, que mostraba que los operativos contra la guerrilla se efectuaban con personal encapuchado y en falcon verdes”, Révora “consoló” a Gustavo preguntándole si ella no se había ido con el novio y (lo que hoy niega) que estaba en el D2.
Nervioso e impaciente, Révora se desdijo varias veces en su propio relato y ante las requisitorias de fiscales y querellantes (“los de los derechos humanos”) acerca de la imposibilidad de que el diario Los Andes haya mencionado siquiera a los grupos de tareas o que sus compañeros del secundario pudieran conocer esa información por alguna fuente de la época.

Remarcando su experiencia en el ejercicio profesional de la defensa de policías, Révora alternó mentiras con verdades, con notoria contradicción: “El sustrato real de la Policía es la obsecuencia, que se llame información es otra cosa”. Interrogado sobre el conocimiento que pudiera tener sobre la represión dictatorial, arguyó que cuando iba a cobrar la pensión recibía la orden de que “los oficiales retirados no tienen que hablar ni decir nada”, pero requerido sobre quiénes daban ese mando, remató “no me pregunte quién era porque no me acuerdo”. Con el latiguillo “tipo canchero, sargento primero” hizo alusión a que los subalternos podían engañar a los oficiales de servicio en determinados operativos, sin embargo destacó que “el viejo reglamento es mucho más sabio que las nuevas medidas políticas para la Policía”.
Sobre la subordinación a las Fuerzas Armadas, concluyó: “Éramos teóricamente militares en el 76. El Ejército siempre fue poderoso, pero cuando se sintieron deshauciados echaron mano de la Policía. Éramos su sirvienta”.

“No saben”, no contestan

Luego del testimonio de Ricardo Révora, declararon como testigos Horacio Antonio Salinas y José Antonio Lorenzo, ambos prestaban servicios en la Comisaría 3º cuando fue secuestrada Lidia De Marinis. El primero, con el rango de Subcomisario, estaba a cargo de la dependencia, el segundo un novato oficial de servicio. A su medida y conservando la distancia que establece el escalafón los dos policías, ahora jubilados, abundaron en contradicciones, incoherencias, lagunas y olvido.
Preguntado por las razones por cuales la noche del secuestro el personal policial llegó al domicilio de la familia De Marinis cuatro horas después, a pesar de que estaba a tres cuadras, Horacio Salinas dijo que seguramente los oficiales estarían abocados al movimiento del Hospital Central y al “control de la prostitución”. En consecuencia, objetó las declaraciones de otros policías de la misma seccional que han manifestado que se trató de un procedimiento en el que la policía, por orden del Ejército, no debía intervenir. No solo negó esto, sino que también dijo desconocer la existencia de un trabajo coordinado entre  Policía y Ejército como lo certificó, ante la Cámara Federal en 1985, el Comisario General Pedro Dante Sánchez Camargo, y lo ratificó, en este juicio, el oficial Jorge Bergerat que estaba bajo las órdenes de Salinas.
Con asombrosa obstinación y contrariando afirmaciones de toda índole, Salinas negó que hubiesen habido cambios a partir de que la Policía pasó a estar bajo control operativo de las Fuerzas Armadas, negó presencia de militares en su comisaría, operaciones conjuntas, órdenes libradas desde el ejército, manejo de “santo y seña”, etc. Las negaciones de Salinas fueron interrumpidas solamente por sus largos silencios y por las numerosas intervenciones del Tribunal para recordarle que el artículo 275 del Código Penal sanciona el falso testimonio.
Por su parte José Lorenzo, amparado en el bajo rango que ocupaba entonces, también dijo desconocer los vínculos concretos entre la Policía y  el Ejército, y aseguró no recordar el secuestro de Lidia. No obstante, precisó que por las características del hecho se trató de una “zona liberada” donde “la policía deja actuar y después procede”, todo esto a pesar de haber manifestado qué era una zona liberada cuando dejó de cumplir servicios en 1992. Vacíos, inconsistencias y una frase recurrente “honestamente no lo recuerdo doctor”, fue todo lo que aportó José Antonio Lorenzo en la búsqueda de los responsables del secuestro y desaparición de Lidia De Marinis.

jueves, 24 de marzo de 2011


Audiencia del 23 de marzo


CAUSA DE MARINIS (II): Sobre datos y autos

Continúan las audiencias en torno a la causa por la desaparición de Lidia De Marinis. Precisos testimonios de sus hermanos Gustavo e Isabel y el cercano de una amiga Olga Ballarini generaron interés para la investigación.

Isabel De Marinis

Porque vivía en Buenos Aires y frecuentaba asiduamente a su hermana Lidia, el testimonio de Isabel De Marinis fue amplio acerca de la militancia de la joven desaparecida. Isabel estuvo en contacto con Lidia hasta los días anteriores a su huida hacia Mendoza, debido a que sus compañeros del ERP en Buenos Aires habían sido recientemente desaparecidos.
Isabel relató que la cabeza del ERP en Mendoza era Santiago Ferreira, trasladado desde Córdoba por el teniente Marcó del Pont. Ferreira como su pareja, ambos cordobeses, permanecen desaparecidos y se sospecha que fueron torturados en el D2. La testigo explicó que su hermana comenzó su militancia guevarista a partir de 1.974 en Buenos  Aires y al año siguiente, de nuevo en la provincia, repartía el diario Estrella Roja. Cuando la persecución se hizo mayor, se refugiaban en el barrio Fuchs, en casa de los Bernal.
Como el resto de la familia, Isabel soportó el trato despectivo en las gestiones en búsqueda de su hermana. En la antigua comisaría de calle Patricias Mendocinas, el comisario Fernández la interrogó sobre las actividades de la familia, en oficinas del Ejército el sargento Cardozo se burlaba de sus reclamos y al Palacio Policial fue 10 veces infructuosamente.
Isabel aportó que después de testimoniar en 2.008 ante el juez Bento, recibió una llamada de Elida Gómez, de visita en la casa de una amiga en el Barrio Bombal el 3 de junio de 1.976, fecha del secuestro de Lidia para el cual los represores montaron operativos paralelos en pos de su captura. Uno de esos operativos fue en la casa de Dora, la otra hermana De Marinis, en calle España de ese barrio. Elida dijo a Isabel que durante todo ese día vio rondar a dos vehículos, un Peugeot rojo y uno blanco. El Tribunal apuntó así, una posible citación.

Gustavo De Marinis

A los 15 años, Gustavo De Marinis, actualmente periodista, fue testigo del secuestro de su hermana Lidia en la casa de la familia. Eventuales informaciones que recogió tras sus pasos abren pistas para la investigación.
Despertado de un culatazo en la cabeza al grito de “no mirés pendejo de mierda”, Gustavo comprendió que el terror irrumpía en su familia. Fue la noche del tres de junio de 1.976 cuando el grupo armado que ingresó a la casa, ató y enfundó a sus padres, mientras golpeaban a Lidia y le exigían información sobre Horacio Basterra, su ex pareja. Los secuestradores se fueron diciéndole a la madre “hacete cargo del pendejo”, por Lisandro, el bebé de 5 meses de Lidia. Dos días después Gustavo recibe un llamado telefónico en su trabajo, por el cual una voz masculina les decía (a la familia) que “no se olvidaran de las vacunas de Lisandro”, aquejado por un problema respiratorio. Por esos días Gustavo era vigilado por un policía que reconoce como Justo Guerra, vecino de la familia en San José. Guerra, hoy retirado, es dirigente del fútbol local.
El principal aporte de De Marinis consistió en una información que le dio Ricardo Rébora, por entonces compañero de Gustavo en el Nacional nocturno de Guaymallén y policía, a una semana de la desaparición de Lidia. Rébora le dijo que su hermana estaba prisionera en el D2. En encuentros posteriores, Rébora negó completamente haber aseverado el importante dato. El Tribunal decidió citarlo a declarar y hasta confrontarlo a un careo.

Olga Ballarini

Declaró también Olga Ballarini, amiga personal de Lidia De Marinis. Olga fue compañera de estudios de “Lila” en Córdoba cuando la joven cursaba odontología. Desde 1972 hasta que secuestraron a Lidia,  mantuvieron una relación muy cercana aunque sus encuentros en los últimos años fueron casuales y su contacto fue mayormente  epistolar.
Olga contó que hubo un cambio marcado en Lidia a partir de su adhesión al PRT, una determinación que tomó viviendo en Buenos Aires, “la vi muy lúcida en cuanto a una lectura crítica de la realidad, con una decisión de protagonizar la historia y no de padecerla”. A mediados del 74 la joven De Marinis y su pareja, Horacio Basterra, llegaron a Mendoza escapando debido a que “estalló” su célula partidaria. En esta ocasión Olga, le conseguiría refugio a Basterra con todo el riesgo que eso significaba. Lo mandó a casa de una familia conocida que paradójicamente tenía entre sus integrantes varios policías. Aquí surge un dato importante: Basterra le contó que por informantes del PRT, sabía que su amigo el oficial Moisés Grigor, “era buena gente” porque se había negado a firmar para integrar la nómina de policías dispuestos a torturar. Ballarini también le salvaría la vida a la pareja de su amiga cuando regresó del monte tucumano en pésimas condiciones de salud.
Durante largo tiempo los contactos con “Lila” fueron casi nulos y recién tuvo noticias en mayo del 76 cuando Dora De Marinis la citó para contarle que a la joven la habían secuestrado las fuerzas de seguridad. A pesar de su cercanía, la casa de Olga Ballarini no fue allanada, sin embargo también fue víctima de persecución: tras el secuestro no cesaron las amenazas telefónicas y su correspondencia fue violada por muchos años incluso en tiempos de democracia, “me entregaban los sobres abiertos y me decían son órdenes de arriba”.
También relató que ayudó a Lidia y a su compañero por respeto a la decisión que habían tomado, por su convicción y disposición, incluso “a perder la vida”. Así recordó Olga Ballarini a su amiga, y agregó que participaba únicamente en la difusión del material de propaganda del PRT.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Audiencia del 22 de Marzo

CAUSA DE MARINIS: Operativos paralelos y terror sobre una familia

Hacia la medianoche del 3 de junio de 1.976 un grupo de agentes disfrazados irrumpió en la casa  de la familia De Marinis y secuestró a Lidia Beatriz De Marinis, militante del PRT-ERP, madre de un niño de 5 meses que venía huyendo de Buenos Aires porque todo su grupo partidario ya había sido desmembrado. En la causa por allanamiento ilegal de morada, privación ilegítima de la libertad agravada y homicidio calificado está procesado el ex coronel Tamer Yapur. Calificado como autor mediato en asociación ilícita, su implicancia se considera delito de Lesa Humanidad.

Dora De Marinis

La pianista aportó información fundamental sobre la desaparición de su hermana Lidia: la noche de su secuestro, los grupos de tareas efectuaron dos operativos paralelos para asegurar su captura. También detalló el infierno a que fue sometida la familia. El 30 de noviembre había testimoniado la madre, Isabel Figueroa.

La tarde del 3 de junio de 1.976, Dora estuvo por última vez con su hermana “Lila”. En la casa paterna vieron un informativo sobre la detención en el barrio Fuchs de un “grupo subversivo”, de los cuales Lidia dijo conocer a algunos. Cerca de las 12 de la noche, ya en su hogar del barrio Bombal junto a su marido y sus dos hijos, tras un timbrazo abrió la puerta por la cual se abalanzaron seis personas armadas y cubiertas con pasamontañas que apuntaron a su cabeza mientras la ataban y vendaban, al igual que a su marido y la empleada. Para despistar a la patota acerca del paradero de su hermana, les indicó que estaba en Buenos Aires. Luego de revisar la casa en busca de material incriminatorio, se fueron ordenándoles que “sigan con su vida normal”. Al amanecer llegó la madre, Isabel Figueroa, con la confirmación del terror y del plan paralelo: Lidia había sido secuestrada durante la medianoche.
A partir de allí nació la incesante búsqueda de Lidia por parte de su familia: Dora redactó los hábeas corpus para Videla y Harguindeguy; y en 1.980 radicó una denuncia en Alemania ante Amnistía Internacional donde le dijeron que de Córdoba, Tucumán y Mendoza casi no había sobrevivientes pues Menéndez no dejaba a nadie vivo.
Elvio Villafañe, marido de Dora, hizo averiguaciones por allegados que redundaron en el desdén y el oportunismo.
Sebastián Cutugno, cuñado, a través de un contacto policial que exigió dinero y ropa para Lidia, recibió la versión de que la habían trasladado a Córdoba.
Horacio Basterra, ex pareja de Lidia, suponía que la habían arrojado al Carrizal.
Isabel, la mamá, que asumió la desesperada búsqueda para que Lidia “pasara de la categoría de desaparecida a detenida”, debió soportar en una entrevista que Tamer Yapur le dijera que no le gustaba ver llorar a la gente en su despacho.
Para la familia todo esto significó otra cara “del régimen del terror y la violencia para amedrentar y aterrorizar a las víctimas”.
Lo que se desprende de las hipótesis de los familiares y de los datos recogidos es que si ambos operativos en sendas casas no fueron simultáneos, fueron inmediatos: “Fueron a las dos casas para cubrir las dos posibilidades”, porque “Lila volvió a Mendoza porque no tenía dónde más ir y ellos lo sabían todo”.

Acerca del destino final de su hermana, Dora pulsó suave sus dedos sobre la mesa como si fuera un piano, los abandonó y dijo: “la torturaron, la mataron, no tuvo suerte, nunca la reconocieron, nadie la vio nunca. El plan orquestado desde el Estado, terminó en el Terrorismo, terminó con la vida e ideales de toda una generación. Mi generación”.

Elvio Villafañe

El cuñado de Lidia De Marinis, ofreció su testimonio. Detalló situaciones y dio nombres que se vinculan con el secuestro y la desaparición de la joven.
Con voz firme y con la exactitud de las personas aplicadas a las reglas y a los cálculos, Elvio Villafañe dio precisiones de hechos que acontecieron en su vida y que se relacionan con el secuestro y la desaparición de Lidia de Marinis.
El terror y la persecución a la que fue sometida la familia De Marinis se expresó de diferentes maneras entre sus integrantes. Por sus méritos como ingeniero civil, Elvio Villafañe tenía a cargo un área de la Municipalidad de Godoy Cruz y había sido designado como docente en la Universidad Tecnológica. Su parentesco con Lidia motivó el cesanteo en su trabajo y la destitución de su cargo. Persecución, marginación laboral, aislamiento entre sus colegas y desamparo de sus amigos fueron las consecuencias de la aplicación del decreto 177 que se refería a quienes tenían vínculos con “subversivos”.

No obstante, Elvio no se desvinculó de la búsqueda de su cuñada. Junto a Isabel Figueroa, su suegra, hicieron todo lo que tuvieron al alcance para dar con el paradero de Lidia. Remitieron diversos hábeas corpus e insistieron incansablemente para ser escuchados por los jefes del Ejército: sólo consiguieron que el Coronel Tamer Yapur los atendiera cinco minutos en su despacho para decirles en tono burlesco: “vaya a saber lo que ha hecho su hija… tal vez se haya ido a Córdoba”.
Apenas secuestraron a Lidia, Elvio recurrió a Jorge Atencio, un compañero de trabajo, hijo de un militar retirado. En un primer momento éstos se mostraron preocupados, luego se esfumaron entre el silencio y la indiferencia. Años más tarde -en 1979- su trabajo lo vincularía con Carlos Marcos, un oficial de la policía que cuando conoció el caso se interesó pero esta vez el desenlace sería más trágico. Marcos lo llevó al D2, le mostró el prontuario de su cuñada y le indicó que su contratapa estaba señalada con una gran cruz roja (hoy borrada): “Sabés qué significa eso, que está muerta, no la busqués más, ni a mí tampoco”, le gritó amenazante.

En su interpretación acerca del secuestro de Lidia, Villafañe dijo: “mi cuñada fue secuestrada y desaparecida por los militares que están siendo juzgados aquí y por otros que no están siendo juzgados, y a la familia la condenaron a vivir una vida de desesperación”. Mirando fijo a los acusados prosiguió: “todo el pueblo argentino está quebrado por lo que hicieron estos señores, porque lograron que todos se olvidaran de la solidaridad, del género humano, de la persona que está al lado, a dirigirse solamente para que se los mate, se los secuestre y les quiten todo, porque esto es lo que hicieron con mi familia”.

Más pruebas documentales para los Juicios

La jornada se inició con la lectura pública de información agregada a las causas, disponible como pruebas instrumentales, todo en copias: sumarios y hábeas corpus por denuncias de familiares de desaparecidos presentados a las Policías provincial y federal, a Gendarmería, a la 8ª Brigada de Infantería y la Fuerza Aérea; extractos de libros de novedades de las comisarías; legajos de la CONADEP por las desapariciones de José Antonio Alcaráz y Silvia Campos como también las notas suscriptas por Tamer Yapur y Luciano Menéndez dando no lugar a las demandas presentadas por los padres de las víctimas; nóminas de personal de la U. R. 1 actuante entre 1.976 y 1.979; declaraciones indagatorias a Sánchez Camargo, Santuccione, Yapur, Maradona, Dopazo, Saá, Furió y Menéndez (todas entre 1.986 y 2.006); organigramas del Ejército y planillas del 3º cuerpo y del 8º Comando; organigramas represivos de la subzona 33, documentos reservados de la Escuela Francesa de Represión sobre la lucha antisubversiva; instructivos para operaciones de seguridad y documentación remitida por la policía científica.