Mostrando entradas con la etiqueta Eduardo Morales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eduardo Morales. Mostrar todas las entradas

viernes, 7 de septiembre de 2012

077-M: Desapariciones de Gustavo y Mario Camín, Juan José Galamba, Daniel y Juan Carlos Romero

La infancia, la complicidad eclesiástica y un final anunciado
06/09/2012 | El desarrollo de las audiencias en relación a las desapariciones forzadas de nueve personas durante la segunda quincena de 1978 continúa deparando relaciones y luces sobre los hechos. Sin muestras de buena fe, el sacerdote Oscar Moreno aportó datos sobre el D2 y el grupo de tareas G78. José Ricardo Romero, hijo del desaparecido Daniel Romero, narró por primera vez ante la justicia, el terror que sufrió tres veces, inclusive durante el secuestro de su padre.

Aprietes en democracia
Una vecina del estudio de los desaparecidos Gustavo y Mario Camín y un compañero del último relataron, cómo la justicia militar los increpó en 1986.
Nora Estela Pérez, escribana, trabajó en el estudio que Julio Correas alquilaba a Gustavo Camín en calle Patricias Mendocinas 735, frente al Colegio Notarial. El estudio se situaba en el primer piso, enfrente del departamento donde temporalmente residían los Camín. Nora dijo que Gustavo vivía en San Juan, donde tenía una cantera, y que Mario era esporádicamente frecuentado por compañeros. Ni Pérez ni Correas notaron las puertas violentadas tras las versiones circulantes en el Colegio de escribanos y en el Notarial, acerca de que padre e hijo “fueron detenidos de noche por el Ejército, Mario en la UTN y Gustavo en el cruce de Colón y los rieles (Belgrano)”. Dos meses después, Armando -hermano de Gustavo- habría confirmado a Pérez esa versión.

El 19 de marzo de 1986, Nora declaró “bajo amenaza” en el VIII Comando de Infantería de montaña, ante el juez de instrucción militar. Se trata de Raúl Juan Rioboo y del suboficial “instructor” Manuel Amaya. El que la intimó fue “un oficial de mayor graduación, con voz de mando, de apellido extranjero, tez blanca, canoso. Dijo que me esperaba el secuestro, lo mismo que a Camín”. A instancias de los querellantes, Pérez reconoció fonéticamente el nombre del coronel Hugo Alfredo Soliveres -integrante de los Consejos de Guerra para la subzona 33 durante la dictadura y a cargo de declaraciones en 1986- como el de quien la amenazó. Al respecto, el fiscal Dante Vega solicitó su compulsa, tal como ocurrió tras el testimonio brindado por Eugenio Paris -el 10 de enero de 2011, en razón del anterior Juicio- donde se denotaron las extralimitaciones del accionar “judicial” de Soliveres.

Juan José Dotta compartió con Mario Camín algún cursado en la Universidad Tecnológica Nacional Regional Cuyo -UTN-. A los ya sindicados como líderes de agrupaciones de ultraderecha que operaban para las fuerzas armadas sobre los estudiantes, Burlot y Seijóo -al que incluso “como funcionario” vio amenazar a un profesor-, agregó el de Ballardi. Al igual que la testigo Pérez ante la justicia militar en el Comando y en 1986, Dotta fue “increpado con una reacción dura del juez por no haber dicho inmediatamente que recordaba a Camín. Se incorporó y me puso en la cara la lista de asistencia de un curso de la UTN en el que ambos figurábamos”. El juez, uniformado, “no preguntó (a Dotta) quiénes pudieron haberlo secuestrado”, remitió el fiscal Vega.

Eduardo Argentino Morales, ex alumno de la UTN, durante 1975 y 1976 hizo el Servicio militar obligatorio. El 12 de junio de 1976, día que culminaba la "colimba", el ingeniero agrimensor fue arrestado. En ocasión del segundo juicio por delitos de lesa humanidad en Mendoza, describió el marco político que reinaba en la UTN, agrupaciones que actuaban allí, organizaciones de derecha que armaban "listas negras".
En este testimonio ratificó que conoció a Juan José Galamba, Margarita Dolz, Víctor Hugo Herrera -“Tonio”-, Mario Camín, en la facultad, compartieron reuniones sociales y de amistad. Morales recuperó su libertad el 19 de mayo de 1978. Días después conoció el destino de sus amigos.


Instrucciones contra subversivos
Oscar Moreno -capellán de la Policía de Mendoza entre 1966 y 1988-, dio clases junto a Carlos Rico en el Centro de Instrucción Antisubversiva y estuvo próximo al horror del D2 en 1978. El testimonio del sacerdote estuvo más cercano a un amén. Por la desaparición forzada de Juan José Galamba se presentó una testigo ocular del armado del operativo.

Matilde Capriglione de Rueda, era vecina de Sebastián Molina -compartían medianera por el fondo- cuando secuestraron de su domicilio a Juan José Galamba, el 28 de mayo de 1978. La mañana de ese domingo, Matilde y su familia salían de paseo cuando percibieron un sigiloso operativo rodeando la casa contigua por los techos del vecindario: “Estábamos asustados, muchos militares con graduaciones, armados, con uniformes y camionetas verdes, pidieron los documentos de toda mi familia y nos preguntaron por un muchacho que venía de Tucumán”. Molina, su mujer y su hija pequeña estaban ausentes. En la casa quedaban Carlos Gabriel y Miguel Ángel, también hijos del matrimonio. Por comentarios de otros vecinos, Matilde supo que “al chico que tenía Molina lo cargaron y se lo llevaron”. Un rato antes, la voz de mando del grupo de tareas había ordenado al marido de la testigo: “pueden irse, vayan tranquilos”.

Oscar Moreno es sacerdote jubilado. Fue capellán de la Policía de Mendoza durante 22 años. Cesó sus actividades con el cargo de Sub-comisario. Fue docente en la Escuela de Cadetes, en la de Suboficiales y en la Superior. A pedido de Carlos Rico, otro instructor, también dictó clases, y fue distinguido por ello, en el Centro de Instrucción Antisubversiva. “Moral Combativa” fue el nombre de ese curso: consta en documentación que recibió un salario pagado, en parte, por la Fuerza Aérea.

Acerca de la conformación del grupo de tareas G78, Moreno dijo que recordaba “un grupo que se formó un oficial, Carlos Rico, para el Mundial 78” aunque no le reconoció vinculación con la denominada “lucha contra la subversión”. “En un momento de la subversión”, según dijo el mismo sacerdote, pidió hablar con los detenidos que había en el D2. Juan Agustín Oyarzábal se lo negó porque “los presos que habían eran del Ejército y la policía sólo prestaba los calabozos”. El juez Roberto Burad le preguntó si a quienes quiso ver en los calabozos de D2 eran denominados subversivos: “Y, seguramente, Doctor”, respondió Moreno.

Además de guía espiritual, a Moreno lo llamaban cuando había “problemas” de “disciplina” o “falta de respeto por la autoridad” y él “explicaba cómo era la subordinación en la repartición”. Dio cuenta de que conoció, como agentes de la fuerza, a Carlos Rico, Juan Agustín Oyarzábal, Aldo Bruno Pérez, Alcides París Francisca -“agente de la Aeronáutica”-, Armando Fernández -“que debe haber sido mi cadete, Señor”-, Ricardo Miranda. A Eduardo Smaha lo recordó cuando dio clases en la Escuela de Cadetes. Adolfo José Siniscalchi fue su colega durante la "instrucción antisubversiva".

Sobre si se hacían operativos en la calle, Moreno dijo que sólo conocía los que hacían “contra las prostitutas”. Dijo que no escuchó nunca que hicieran contra la “subversión”. Entonces, ¿cómo sabía que eran “subversivos los detenidos del D2?” preguntó Burad. Palabras enredadas fueron su respuesta.


El ensañamiento
José Ricardo Romero prestó testimonio en relación al secuestro y desaparición de su padre. Contó lo vivido el 24 de mayo de 1978, cuando se llevaron a Daniel Romero, y también hechos anteriores que marcaron el destino de su padre y la infancia de José. También se escuchó a Teresa Bustos, vecina de Juan Carlos Romero, desaparecido, hermano de Daniel.
Teresa Elena Bustos era vecina de la familia de Juan Carlos Romero. El 28 de mayo de 1978 -día que secuestran a Juan Carlos de su domicilio en Las Heras-, entre las 23 y las 24 horas, Bustos llegaba a su casa con sus hijos y vio dos coches vacíos estacionados en la puerta, al lado de la casa de los Romero. Minutos después sintió una voz de “mando” que le ordenó entrar a la casa y quedarse con las luces apagadas. El 31 de mayo de 1978, citada por la policía como testigo de los hechos, tras la denuncia hecha por la esposa de Juan Carlos, dijo que en uno de los autos “podría haber una pareja”. Ante el Tribunal dijo nunca haberlo declarado.

José Ricardo Romero presenció el operativo que derivó en la desaparición de Daniel, el 24 de mayo de 1978. Explicó que esa noche, en su casa ubicada en Ecuador y Gomensoro, había mucha gente porque allí funcionaba un bar que manejaba su madre, Dulce Quintana. Entró violentamente un grupo de personas encapuchados y armados e hicieron tirarse al piso a los presentes. José estaba con su madre y su hermano de 4 años en la habitación. Hasta allí llegó uno de los secuestradores, apuntó a la cabeza de la mujer y la amenazó: "¡Quedate callada porque si no te agarro a estos guachos y te los mato!". Tras la retirada del grupo de tareas, Dulce se levantó, salió a la calle y vio que en la esquina doblaba un auto gris con su marido adentro. Encontró a un vecino que sacó su camioneta y salieron atrás del auto gris y otro de color verde, que tomaron la Costanera. A la altura del viejo Aeropuerto -donde funciona la IV Brigada Aérea-, frente al cual vivía Juan Carlos Romero y su familia, Dulce alertó: "¡Van para la casa del Chacho! (por Juan Carlos). Los secuestradores ingresaron al Aeropuerto. Esa misma noche un grupo de tareas entró en el domicilio de Juan Carlos, cuatro días después corrió la misma suerte que su hermano.

José Ricardo relató episodios anteriores al secuestro. A comienzos de 1978 una patota policial se llevó a Daniel, que volvió luego de varias horas. Algunos uniformados, otros de civil, cometieron destrozos y saqueos en la casa de la familia.

En una segunda oportunidad, José iba con su padre en moto y fueron interceptados por una camioneta blanca. Los llevaron a la Comisaría 9na. Pusieron a Daniel en medio de un patio, en ropa interior. José lo miraba desde un banquito en la puerta de ingreso al patio. Comenzaron a interrogar a su padre. Un hombre de campera negra, pelo canoso, ojos verdes y un anillo "cuadrado grande" con un escudo, palmeó al niño en la cabeza y le dijo: "Vas a ver cómo lo hacemos mierda a este pelotudo". José lo reconoció luego como el que llevaba la voz de mando en el operativo de secuestro.

El mismo hombre amenazó a Daniel y con otro comenzaron a golpearlo. Un tercero propuso cambiar a José Ricardo de lugar. Allí escuchaba pero no veía. Pasaron unas horas, llevaron al niño al cordón de la vereda. Daniel salió muy maltratado y se fue a su casa con el hijo. Al ver la situación, Dulce discutió con él y mencionó que eso tenía que ver con "El Rubio".

José Ricardo Romero: operativo previo al secuestro de Daniel Romero


José Ricardo Romero: sobre el secuestro de Daniel Romero

martes, 15 de marzo de 2011


Audiencia del 14 de Marzo

Estudiante, soldado y víctima

Valioso por lo inesperado y exhaustivo fue el testimonio del agrimensor Eduardo Argentino Morales, testigo general aportado por el MEDH, en el juicio por delitos de Lesa Humanidad. Precisó información relevante acerca de la operatividad de los grupos de tareas, reconoció a represores del D2 y confirmó los abusos a una detenida de ese CCD.

Cerca del mediodía del sábado 12 de junio de 1.976, Eduardo Morales fue detenido con su compañero Martínez, por tres personas armadas sin uniforme frente a su domicilio de calle Avellaneda de Ciudad, allanado 48 horas antes y en conocimiento de un suboficial. Esa fatídica e irónica mañana Morales volvía a ser civil ya que acababa de concluir la proscripción por el servicio militar y le habían entregado la libreta de enrolamiento y el certificado de “buen soldado”. Trasladado al D2, inicia un periplo de casi dos años por las mazmorras de la dictadura, hasta su liberación en mayo de 1.978. Además de los 4 meses en el D2, estuvo preso en las comisarías 1ª y 9ª, en la Penitenciaría provincial y en La Plata. A pesar de que se encontraba a disposición del Consejo de Guerra, nunca conoció cuál fue su condena.

Interrogado por el Ejército, torturado por la Policía

En el D2, Morales, desnudo, vendado, atado sobre un banco y gritando el nombre del Teniente Coronel Cheró (superior suyo durante la proscripción) recibe el primero de tres interrogatorios con torturas. Recibió golpes, “submarinos” y simulacros de fusilamiento en averiguaciones de contrainteligencia (chapas, nombres y relaciones del VIII Comando de Infantería) y sobre conocidos (Isabel Navarro, Emilio Vernet).
Desde su calabozo pudo divisar los frecuentes abusos que “Mechón blanco” infligió a Rosa Gómez. También recordó a Marcelo Moroy (Sérpico) y “Facundo”, entre los torturadores. Además, en el posterior reconocimiento fotográfico identificó a otros represores, Juan Antonio Serrano y Mario Torres (Caballo loco) y a los desaparecidos por ese Centro Clandestino, Alfredo Escames, Gustavo Suárez y Gisela Tenembaum.

Morales deja de cursar en la UTN a fines de 1.974. Como militante de la Agrupación Universitaria Nacional (Frente de Izquierda Popular), delegado y partícipe en la creación del comedor universitario, brindó un panorama de los grupos de extrema derecha que confeccionaban listas de estudiantes “subversivos” y atentaban contra las organizaciones gremiales y estudiantiles. Se sospechaba de personas que eran servicios: Roberto “Pato” Lucas, Fredy “Amorfo” Fernández, Seijoo y Paul Burlot, todos de la Concertación Nacional Universitaria. A fines del 74 ya con Seijoo como Decano, unos 20 estudiantes de la UTN fueron intimidados por tres matones de la CNU en el sindicato de Gráficos, donde una semana después explotaría una bomba. Sobre Guillermo Amstutz dijo que integraba el peronismo de derecha pero más atenuado, en la Línea Nacional.
Desde abril de 1.975 hasta el día de su secuestro, Morales debió realizar por prórroga el servicio militar en el 8º Comando de Infantería de Montaña, mayormente como escribiente. Esta condición, que paradójicamente sería su condena, le permite hoy dar detalles internos y datos desconocidos sobre el accionar represivo:
Sobre el 8º Comando de Infantería de Montaña dijo que los despachos de Maradona y de Yapur (máximas autoridades) se encontraban en el primer piso y eran de acceso muy restringido. Reconoció al Teniente Coronel Dopazo, a Gomez Saá, a Paulino Furió y al sargento Pagela como miembros de Inteligencia. Participó de algunos operativos con cortes de calles e ingresos de soldados armados a los colectivos de línea en busca de indocumentados. Al mando estaban el Capitán Dip y el Teniente Coronel Landa Morón. Agregó que ingresaban falcon sin identificación y que en octubre del 75 fueron enviados soldados a Tucumán.
El 23 de marzo ya sabían en el Comando del golpe en ciernes. La noche del 24 acompaña armado al suboficial Gatica a notificar a un legislador sobre su detención. En otra oportunidad condujo al Capitán Dip al traslado de un detenido hasta el Liceo, repleto de prisioneros, y en la vuelta por la Compañía de Comando de Servicio vio más presos en una dependencia. Posterior al golpe tuvo indicios de que en el Comando se produjo una reunión entre autoridades del Ejército, la Aeronáutica y Santuccione.
En abril fue enviado al D2 a llevar unos papeles con la firma del Tte. Cnel. Cheró y alcanzó a leer tres nombres, muy posiblemente de secuestrados que pasaban al D2. Allí escucha por primera vez el tono particular del “Porteño”. La segunda vez sería bajo tortura.

Dueño de una gran memoria, Morales se mostró lúcido, detallista, y abierto a las requisitorias del Tribunal. Y por momentos visiblemente conmocionado: “espero que mi testimonio sirva de algo, por tantos amigos desaparecidos y asesinados.”