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viernes, 2 de noviembre de 2012

075M: Desapariciones de Roberto Blanco y Blanca Santamaría

El rol civil, la policía cerca
1-11-2012 | La reconstrucción en base a los testimonios sobre los hechos que concluyeron con los secuestros y desaparición de Roberto Blanco dieron luz a su causa. Sospechas más firmes sobre el rol del civil Oscar Simone en torno al espionaje en la Dirección de Transportes de la Provincia. Con las dos personas testigos del secuestro de Blanca Graciela Santamaría, su madre y un vecino, se dio inicio al tratamiento por su desaparición.
Memorial por las más de doscientas personas desaparecidas en Mendoza, frente al Tribunal Oral Federal 1
Transportes y fusilamiento
“Usted definió primero desaparición y posterior homicidio de Roberto Blanco. A Roberto Blanco lo mataron, dijo usted”, recapituló el juez Antonio Burad ante Nora Amira Cadelago, empleada del área de Transportes de la provincia desde 1971 y, hacia 1976, novia del desaparecido. “Por supuesto”, dijo la testigo. Lo mismo respondió respecto a que Ramón Arrieta Cortéz -subjefe policial, segundo de Julio César Santuccione-, Alberto Ruiz Soppe -jefe de la Regional San Rafael-, Dalmiro Podestá -médico forense del centro clandestino de detención D2- y Calixto Cuesta -interventor militar en la Dirección de Transportes después del secuestro de Blanco, el 1ro. de abril de 1976 y jefe de Nora-, sabían lo que le había pasado a Roberto Blanco, “no es posible que no lo supieran”.

Nora contó “una relación maravillosa con Roberto, en esos tiempos tener una relación afectiva con una persona separada era difícil. Héctor Salcedo, Roberto Jaliff y él eran inseparables. Lo más íntimo era la relación política. Empezamos a ver los desastres en las facultades, ¿cuándo se terminará esto? decíamos, una persecución terrible, la policía por todos lados. Roberto estaba a cargo de la Dirección de Vías y Medios de Transporte y ETOM -la Terminal-, y era parte de la Juventud Sindical Peronista”.

A mediados de enero de 1976, Roberto “no apareció en el trabajo, dejó de venir, de aparecer, de estar, anduvimos en averiguaciones, eran verdaderas amansadoras del terror, mentían, que había estado en tal lugar, que no, callaban. Con Aldo, mi padre -jefe nacional de la Policía Ferroviaria- anduvimos por todos los recovecos. Él habló con el subcomisario Arrieta Cortéz para que lo liberaran. El comisario Ruiz Soppe me citó a la central de calle Mitre y dijo ´no lo busque más acá, no se meta más, va a terminar mal´; yo no tenía miedo, tal era mi afán de encontrarlo”, contó Nora. Tiempo después, tras la desaparición de Blanco, el mismo Ruiz Soppe, sería uno de los interventores en Transporte: “Le tenía terror, pasaban marchando por las oficinas de la Terminal, él al frente de los policías, intimidando al personal”.

“Una tarde Roberto apareció acompañado de mi padre. Parecía un monstruo, herido del cuello a la ingle. No quería hablar, entre lágrimas contó que -era de gran contextura- lo tiraban al piso para torturarlo, lo ataban con pretales sobre camastros de hierro para la picana, lo pateaban hasta hacerlo vomitar sangre. Cuando entraba luz en las celdas del D2, veía las paredes llenas de sangre y pelos. Allí se encontró con su adversario Juan Basilio Sgroi, tras la tortura se masajeaban y entre sí comentaban ´te das cuenta hermano, los problemas en los que nos metemos´. Permaneció enfermo en mi casa hasta el segundo secuestro. En el interregno veíamos cómo desaparecían a los chicos”.

A fines de marzo, la Policía llamó a casa de la testigo para citar a Blanco respecto a papeles requeridos. Atendió Nora y comunicó a su novio. Aldo Cadelago aconsejó que se presentara, lo acompañó su amigo Héctor Salcedo. El 1ro. de abril Salcedo llama desesperado a Nora preguntando si Roberto no estaba en casa, hacía dos horas que había entrado al Palacio policial y los policías se lo negaban. No volvieron a verlo. Por la esposa de Podestá -médico del D2-, amiga y compañera suya y de su hermana en Transporte, la testigo fue alertada de que no lo buscara más: Podestá habría visto su cadáver en el D2, “a todos los que mataron debe haber visto él”.

En Transporte, la línea jerárquica de los interventores quedó un tiempo encabezada “por Calixto Cuesta -en lugar de Sgroi-, el subcomisario Murúa -en lugar de Blanco-y el sargento Coria como ayudante técnico. Cuesta me citó ante ellos para decirme que había sido testigo del asesinato de Roberto: en el mismo D2, arrodillado y encapuchado, fue fusilado con dos balazos en la nuca”, relató.

Cadelago destacó el aire de espionaje y persecución que había en la repartición pública y sobre todo en ese área: “andaban civiles vigilando siempre, era terrible, íbamos a comprar con el documento”. Relacionó al sospechado Oscar Simone -actuante al servicio de la represión, integrante del Batallón 601- como posible entregador de Blanco -“que lo conocía y no lo quería”. “Cuando lo ví hace unos años en televisión -seguía siendo compañero de trabajo- como sospechoso de marcar personas, até cabos, recordé que a las chicas de la Juventud Universitaria Peronista -JUP- les daba clase de gimnasia en su casa, a los chicos de Montoneros los tenía engañados. De la Dirección lo mandaron al Archivo judicial, en la ex bodega Giol, justo donde está toda la documentación de esos años”.

El doctor Pablo Salinas, representante del MEDH solicitó que Fiscalía acepte una ampliación de la información de la testigo, específicamente en relación al rol de Simone. El fiscal Dante Vega accedió y además pidió la citación testimonial de Calixto Cuesta y la nómina de empleados de Transporte de la época.

Salomón Leonardo Fioretti -de 18 años de edad a principios de 1976 cuando fue secuestrado junto a sus padres y sus dos hermanos mayores- completó el cuadro de la persecución sufrida por su familia y relató observaciones directas sobre la situación de un detenido junto a él en el D2 hacia el 14 de enero de ese año. Por las descripciones de Fioretti es muy probable que se trate de Roberto Blanco, entonces secuestrado por primera vez.

Salomón manifestó el gran despliegue operativo que se produjo en la casa familiar de Guaymallén donde redujeron a todo el grupo: “más de treinta personas, con civiles caracterizados al frente, secundados por uniformados color caki”. En el traslado pudo advertir que ingresaban por calle Peltier, es decir por la parte trasera del Palacio policial. Fue llevado a la “planta alta del D2, a una área de ocho celdas en dos alas y una celda mayor al fondo, ahí tenían a ´Yani´ Sgroi. Por él le preguntaron a Fioretti dos días después mientras era golpeado por tres personas. Su hermano Alejandro fue bajado a la sala de torturas a un fuerte interrogatorio, lo que provocó la bronca del resto de los detenidos.

Por debajo de la puerta de una de las celdas, Salomón pudo ver a la persona que la noche del 14 de enero -a horas de su detención- no paraba de gritar: “fue lo primero feo feo que vi, un hombre de contextura robusta, con custodia, esposado al piso, se le subían arriba para golpearlo, vi sus borceguíes. Lo levantaron, se lo llevaron al fondo y lo volvieron a traer. No volví a verlo”. El testigo reconoció el perfil de Blanco entre las fotografías de los desaparecidos. Lo alcanzó a ver “caído, con sólo un pantalón largo como vestimenta, los brazos hacia atrás y moretones grandes en el dorso y en el cuello”.

Fioretti fue trasladado a la Penitenciaría Provincial -“un paraíso al lado del D2”- y puesto a disposición del Poder Ejecutivo el 24 de diciembre de aquel año. Antes había sido “entrevistado” por Santuccione y Otilio Romano en los juzgados federales, en la habitual farsa indagatoria. “A mí me golpearon en los riñones para amedrentarme, una caricia al lado del horror que vi”, dijo respecto a casi su año de detención ilegal y a la suerte de Blanco.

 “¡No ve que es preciosa!”
Se abrió la ronda de testimonios referentes a la desaparición de Blanca Graciela Santamaría, quien fue secuestrada de su hogar, en el Barrio UNIMEV de Guaymallén, cuando tenía 24 años y cursaba quinto año de la carrera de Artes en la Universidad Nacional de Cuyo. Su detención se dio en el marco de un gran operativo que duró varios días y en el cual numerosos militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) corrieron la misma suerte.

Al momento del secuestro, en la casa familiar vivía Blanca Lidia con su esposo, Luis Antulio Santamaría, sus hijos -Luis Beltrán y Blanca Graciela- y su nieta -Ana Graciela-. Otra de sus hijas, María Florencia (madre de Ana), estaba en ese momento presa. Había sido detenida del 30 de abril al 1ro. de mayo de 1975 en Las Heras.
Expedientes y prontuarios en los pasillos del D2 y del D5, Informaciones y Archivos de la Policía Provincial
Blanca Lidia del Valle Calderón de Santamaría, madre de Graciela, se presentó con sus 88 años y las huellas del tiempo y la lucha frente al Tribunal. Sin que sus dificultades para escuchar -atendidas por su nieta Ana Vera que la acompañó durante todo el testimonio- fuesen obstáculo para revivir y contar una vez más su historia, Blanca Lidia relató cómo alrededor de la 1.45 de la madrugada del 15 de mayo de 1976 “sonó el timbre de mi casa, y mi hija (Blanca Graciela) que estaba durmiendo conmigo me dijo ‘Mamá, la policía´...”. Cuando Calderón abrió la puerta, ya había agentes en el fondo de la casa que habían accedido por la del vecino. Se trató de un gran operativo que contó con cerca de veinte personas encapuchadas, la mayoría con uniformes verdes, con armas de diversos tipos y que se movilizaban en, al menos, cinco autos, Ford Falcon verdes sin matrícula.

Cuando los secuestradores ingresaron violentamente a la casa, le preguntaron a Blanca Lidia quién era la joven en el dormitorio. Les contestó que era su hija Blanca. Los captores dijeron “Venimos por ella”, “¿por qué?” preguntó la señora. “Porque ha traicionado el movimiento”, respondieron. Luego obligaron a Calderón a encerrarse en el baño con su nieta, menor de dos años, donde estuvieron apuntadas permanentemente. Su marido fue obligado a punta de arma a mantenerse acostado. Se llevaron a Blanca, de quien escuchó por última vez “un grito desgarrador de ‘¡Mamá!”.

Al rato de la partida del operativo, volvieron a la casa de la familia en busca de un joven que había sido albergado por la familia y que, aunque Calderón no recordó de quién se trataba, según consta en la querella se trata de Osvaldo Zuin Michelan. El joven ya había logrado escapar primero a la casa del vecino Héctor Toledo, donde pudo esconderse en la primera parte del operativo y desde donde el hombre lo ayudó a huir por una pared hacia otra calle, con lo cual se salvó de ser detenido. Zuin cayó en las garras del terrorismo de Estado en enero de 1977 en Córdoba, tras lo cual estuvo en el Centro Clandestino de Detención “La Perla” y luego habría sido trasladado a Mendoza a “Las Lajas”. Integra la lista de detenidos-desaparecidos.

Tras la lectura del nombre de los imputados, Calderón expresó que conocía a Juan Agustín Oyarzábal -Jefe de operaciones policiales-, porque la madre y hermana del mismo vivían frente a su casa. Comentó que luego de la desaparición de su hija se lo cruzó y le consultó si él no podía hacer o averiguar algo. La respuesta del represor fue: “Deje de pensar esas cosas y críe a esa niñita”, en referencia a la nieta.

Héctor Toledo, jubilado y dirigente gremial y vecinal desde aquellos años, también prestó testimonio en esta audiencia. Ratificó las características y dimensiones del operativo, así como la pertenencia militar y/o policial de los captores. Comentó cómo ingresaron a su hogar y desde allí pasaron a la casa de su vecina. Luego se encontró con el joven Zuin, quien pudo esconderse en la habitación de Toledo cuando pasaron por allí los efectivos. Cuando vio que los vehículos se marchaban, Toledo fue a la casa de al lado donde encontró muy maltratado al matrimonio. En ese momento volvieron los efectivos, lo metieron al baño, indagaron violentamente a Blanca Lidia y a Luis, y se fueron. Supo que pasaron nuevamente por su casa, amenazaron con armas a su esposa e hijos y familiares.

Al igual que Blanca Lidia Calderón, reconoció de la lista de imputados a Oyarzábal, por el mismo motivo que la testigo que lo precedió. Pero agregó que desde unos tres meses previos al secuestro de Santamaría, el represor dormía entre semana en la casa de la madre en donde llegaba y se iba siempre con el mismo auto. Esto en el marco de que Toledo aclaró que hacía tiempo ya que venía captando algunas actividades de vigilancia en el barrio. De la lista dijo conocer también a Fernando Morellato Donna y a Aldo Patrocinio Bruno. En ambos casos, por sus participaciones en clubes deportivos donde se han cruzado.

Blanca Lidia comentó que tras el secuestro de su hija, hubo presentación de habeas corpus y otros trámites de averiguación que realizaron su esposo y su hijo -el abogado Luis Beltrán Santamaría, recordado por apañar al camarista Luis Francisco Miret destituido por denuncias de complicidad con el terrorismo de Estado en 2010-. Sin embargo, ella no pudo detallar al respecto porque no fue informada de los pasos que se siguieron. Sí recordó que tras algunas “cosas” que hizo Luis Beltrán, “alguien lo paró” y le dijo “no te metás con el asunto de tu hermana, no averigües tanto, acordate que vos tenés atrás una familia”. También pudo recordar que durante algunos días, desde su casa se comunicaban con una persona “que estaba en el ambiente” pero que no identifica, y quien les decía no saber nada. Finalmente esa persona dijo que la “habían ubicado”. Al otro día de eso, recordó de manera significativa que un cura del supuesto lugar en el que estaría Blanca “amaneció muerto” por lo cual ella “calcula” que ese informante podría tratarse de él.

El fiscal Dante Vega consultó a Blanca Lidia cómo era su hija menor. La madre describió: “un poco más alta que yo, era muy bonita, muy blanca, y tenía el pelo oscuro y los ojos oscuros”. Tras esto, Vega alzó una foto de Blanca Graciela y su madre exclamó: “¡No ve que es preciosa!”.

sábado, 27 de octubre de 2012

085-M: Desaparición de Rodolfo Vera. 075-M: Desaparición de Roberto Blanco. Pedidos de compulsa penal a Oscar Simone y Eduardo Smaha

Memorias del subsuelo
26-10-2012 | Susana De Miguel completó el panorama de la persecución sufrida por militantes del Partido Comunista Marxista Leninista. Jorge Becerra -su compañero- conoció las mazmorras del D2 y de otros centros clandestinos del país. Mario Fioretti -también detenido en Investigaciones de la Policía de Mendoza- narró el horror antes del golpe. El periodista Rodrigo Sepúlveda ofreció su análisis de la estructura del centro clandestino y complicó la situación de Armando Fernández en la causa por la desaparición de Roberto Blanco.
Para sobrevivir
“Era práctica en Mendoza que buscaran a los hijos de las personas perseguidas para lograr que sus padres hablen. Sabían mis datos, buscaban más al niño que a mí. Una de las estrategias era negar que estuviéramos casados e incluso que Jorge fuera el padre de Federico”. Fragmentos del testimonio brindado por Susana De Miguel -por videoconferencia desde Estocolmo, Suecia, donde se exilió en 1978- en el marco de la investigación por la desaparición de Rodolfo Vera. Jorge es Becerra, su pareja entonces y Federico es el hijo de ambos, un bebé en 1976. El 22 de diciembre de 1976, Ciro Jorge Becerra fue detenido a cuadras de su domicilio en Godoy Cruz, Vera logró escapar. El testimonio de De Miguel estuvo atravesado por estas estrategias de supervivencia a la que los perseguidos políticos -en su caso y el de su grupo, el PCML- eran empujados en todo el país: en el itinerario por el sur “la situación de Federico era peligrosa, no teníamos los documentos, en un colectivo rumbo a Mendoza, en una parada de la policía hice llorar al niño para que no le pidieran el DNI. Tratábamos de saber lo menos posible de los otros en caso de que nos pasara algo, dejar pasar meses antes de volver a una casa allanada”, añadió por su experiencia.

Susana y Jorge se conocieron en 1975 en La Plata, militando en el Frente Antifascista Democrático, encolumnado al PCML. Huyeron a Mendoza en mayo de 1976 porque a Susana le bajaron su contrato en el Ministerio de Economía de Buenos Aires -empleo que le consiguió Alberto Jamilis- y Jorge Becerra fue marcado en su cargo en el Museo de Ciencias Naturales por un empleado que lo reconoció cercano a Achem y Miguel, dos representantes de la Universidad de La Plata asesinados por la Triple A. En Mendoza “seguimos vinculados al Partido, necesitaban gente con más experiencia, Jorge participaba más, yo estaba embarazada y sin trabajo. En agosto nació Federico. Jorge trabajaba en una tintorería cuando lo chocaron en la bicicleta y le enyesaron la pierna, una semana después lo secuestraron. A principios de diciembre, la desaparición de una amiga en La Plata -Graciela Lezana- había encendido la alarma”.

Becerra -enyesado- y Vera estacionaron la camioneta ese día frente a la casa de un comisario con custodia a pocas cuadras de su domicilio. Vieron un Torino blanco, evidentemente de un policía en contacto con los vecinos, y pensaron que Susana y el niño estaban en peligro. Vera bajó del vehículo, preguntó a los vecinos, no encontró a nadie, volvió, vio a Jorge rodeado con las manos en alto y se fue. Por comentarios de Jorge y de su madre, la testigo supo que él fue trasladado a los subsuelos del D2. Lo primero que hicieron fue abrirle el yeso para aplicarle picana sobre las heridas. Su ropa llegó a manos de la madre, completamente ensangrentada. Le atribuyeron como motivo de la detención poseer volantes con material político de Montoneros en la camioneta de su amigo.

El padre de Jorge ayudó a Susana “a ponerme a salvo con el bebé en un alojamiento, a partir de ahí me mantuve en contacto con Elsi, mi cuñada. La noche de fin de año estuve escondida a oscuras en la casa de Carzolio”. Luego, la larga huida: “Con Fonseca y Elsi en ómnibus a San Martín de los Andes un mes y medio, después en Centenario, en casa de la familia de Fonseca. Volvieron a buscarnos -Fonseca y Carzolio-, de nuevo a Mendoza. En casa de Pepe Alcaráz y Antonia Campos unas semanas; y en casa de Gladys Castro y Walter Domínguez, otras tantas; hasta abril de 1977, cuando recibimos la visita de tres civiles de la Federal a controlar la situación, hacían bromas, uno daba consejos sobre los bebés, nos interrogaron separados, llevaban dos valijas, una estaba llena de armas, la otra tenía papeles”. Semanas más tarde Susana escapa a Buenos Aires donde el cerco se agudiza: “a partir de los golpes del 6 de diciembre en distintos lados -Mendoza, La Plata, las playas, Gesell, Mar del Plata-; vivíamos de hotel en hotel, en alojamientos de dirigentes del Partido”.

La testigo aportó un detallado recuerdo de sus compañeros y compañeras: “Cuqui Carzolio y Nelly Tissone eran platenses, tenían dos hijos, él trabajaba en la mimbrería, Rodolfo Vera también subsistía del taller, ahí hicieron el moisés para Federico. Alberto Jamilis era muy inteligente, una biblioteca hablando, muy agradable. A Elsi la vi por última vez en una cita concertada en Buenos Aires, en una plaza. Por dos muchachos que aparecieron una noche de enero de 1978 donde yo estaba clandestina -vestidos de mujer, prófugos de un golpe contra el departamento que ocupaban junto a Elsi- imaginé lo peor. El rol de Jorge Fonseca en la organización era la protección y traslados de los militantes, me ayudó a mí, a Elsi, a la gente que necesitaba encontrar un lugar más seguro para sobrevivir. Estudió Economía en La Plata. Tras la caída de Graciela Lezana, escapa a Mendoza. Es factible que Fonseca haya caído ese día entre el grupo de la mimbrería, como los que estaban sin trabajo, paraba ahí”.

“En Buenos Aires -continuó Susana- rastreaba las guías telefónicas de Mendoza para saber el destino de ellos, me fui enterando de todos los secuestros”. En diciembre de 1978, en Brasil, a través de la publicación “Clamor”, encuentra una lista con los desaparecidos de Mendoza: “vi toda la gente que conocía, sobre mi cuñada Elsi supe más tarde”. En Brasil, Susana presenta denuncias por Jorge y Elsi; un abogado de la Cruz Roja Internacional le dijo contundente sobre su suerte: “Es un preso de Menéndez”. Luego, a través de detenidos cordobeses entendió el ´tratamiento especial´ que significaba ´ser preso de Menéndez´. Susana logró que Becerra fuera apadrinado por Amnistía Internacional y que la Cruz Roja lo visitara en la cárcel. Una vez en el exilio trabajó en dossiers sobre desaparecidos y sobre los niños y niñas apropiadas.

Jorge Becerra salió en libertad en 1980. “Las acusaciones que le endilgaron nunca tuvieron conexión temporal: le atribuían hechos de La Plata cuando él estaba en Mendoza y viceversa, estuvo cuatro años preso sin ninguna acusación formal”, denunció la testigo. Había pasado todas las cárceles: “En la U9 de La Plata fue sacado como rehén, es decir secuestrado de la misma prisión. Su madre viajó a visitarlo y no estaba. Durante meses permaneció en los subsuelos de un regimiento militar en Córdoba. En Sierra Chica lo tuvieron incomunicado meses sin ver el sol, le hacían llegar vitaminas desde afuera. En Caseros había un equipo compuesto por sacerdote, médico y psicólogo que participaba de los interrogatorios”. Con Susana se reencontraron en Estocolmo, en agosto de aquel año. Ella lo visitó aquí en 2002: “ahí abajo estuve yo” -le dijo Jorge. Señalaba “un edificio muy grande, el Palacio policial”.

El valor documental
Periodista, investigador, documentalista, Rodrigo Fernando Sepúlveda -de importante testimonio en el juicio anterior- fue presentado como testigo por el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos -MEDH-, en relación a la indagación por el secuestro y desaparición de Roberto Blanco Fernández. Para su documental de 1999, “D2: Centro Clandestino”, Sepúlveda realizó más de 50 entrevistas a sobrevivientes y personas vinculadas a la represión. La investigación “seguía líneas de los testimonios que llevaban a otras vinculaciones y datos y de ahí a otros casos como el de Blanco, una sorpresa para mí ya que sólo sabía que se trataba de una persona desaparecida, en condiciones de detenido sólo lo registraron Ricardo Puga y Juan Basilio Sgroi, a quienes entrevisté”. 

Sgroi exhibió al periodista “un documento presentado ante Naciones Unidas contando su secuestro por parte de las fuerzas conjuntas hacia el 16 de enero de 1976 en su domicilio en Maipú y la cacería emprendida por la Policía tras el asesinato del agente Cuello, a comienzos de ese año. Entiende que estuvo en Papagallos y en el D2, donde asegura haber visto a Blanco en una celda el 21 de enero, muy golpeado, incluso lo motejaban de ´overo´, por la cantidad de hematomas producto de las torturas. Sgroi manifestó tener relación previa con Blanco -que ocupó su cargo en la Dirección de Vías y Transportes de la Provincia-, eran antagónicos políticamente. Otras personas detenidas de ese grupo fueron Tito Gómez, los hermanos Fioretti y Quispe. Mi sensación es que en 1999 Sgroi estaba muy impactado por lo que vivió, había que entender el contexto, nadie quería hablar ante el bloqueo de la posibilidad de justicia, eran los entrevistados los que preguntaban ¿para qué querés saber vos esto?"

Sepúlveda consideró posible el hecho testimoniado por Héctor Salcedo sobre que el imputado Armando Fernández fue quien contactó a Roberto Blanco para secuestrarlo: “Es absolutamente coherente, esas personas eran las encargadas de los operativos. Fernández y Smaha Borczuk han sido identificados siempre no sólo por víctimas y ex policías en testimonios cruzados, también -el imputado- Fernando Morellato lo dice en nuestra investigación. Las declaraciones indican además la continua presencia de los señalados en la `Sala de Situación` del D2, que no era otra cosa que el subsuelo donde torturaban a los detenidos; y en los operativos. Incluso en el caso de un allanamiento ilegal que se le hizo por error a una persona, ésta reconoció a Borzuck porque le hacía las liquidaciones”.

En relación a información concerniente a otras personas de la Causa 075, Sepúlveda mencionó la vinculación de la Policía Federal en el secuestro de Miguel Poinsteau. En los casos de Oscar Ramos y Oscar Iturgay: “consta en legajo que Sánchez Camargo -Jefe de la Policia Provincial- indicó a Morellato entre los captores. Según Morellato, fueron Smaha y Fernández. Otros detenidos para fines del 76 -que podrían haber visto a Blanco-, sobrevivientes del D2 que fueron entrevistados por Sepúlveda en el marco de su investigación son Rosa Gómez, Jorge Becerra, Norma Azcárate”.

A instancias de sus trabajos, Rodrigo presentó la estructura del D2 en 1976: “Sánchez Camargo era el jefe; Agustín Oyarzábal -imputado-, el segundo, a cargo de los interrogatorios. Fernández Miranda y Smaha, eran los principales ejecutores de los operativos clandestinos. En los interrogatorios siempre había una persona con acento porteño, que manejaba la tortura y un médico o simulador de médico, que auscultaba para proceder. Quienes definían a quién seguir, a qué grupo apuntar, a través de investigaciones -comprobada la infiltración a las organizaciones-, las detenciones y la aplicación de torturas para así renovar el ciclo de persecuciones, secuestros, muertes; eran las cúpulas de todas las fuerzas, Policías, Inteligencia militar, servicios de Inteligencia. Las personas no eran mantenidas mucho tiempo en el D2. Era un centro de torturas, el objetivo era la información”.

Para el testigo, un cuadro fuertemente ilegal explica lo que son los picos, períodos ascendentes en las etapas y objetivos de la represión en Mendoza. El cruce de las más de 200 desapariciones en Mendoza con las etapas en las que el D2 actuó más contundentemente, evidencia que el grueso de secuestros asciende notablemente. Respecto al rol de civiles en las tareas de Inteligencia, Sepúlveda recordó la incidencia de la delegación de la SIDE y el listado de personal actuante en el Batallón 601, en el que se destaca la mención de un funcionario de la Dirección de Tránsito y Transportes, Oscar Alfredo Simone, ya en “funciones” en esa área para la época en que Roberto Blanco fue director.

El doctor Pablo Salinas -representante del MEDH- pidió se incorporen como pruebas a la Causa la grabación de la entrevista a Sgroi y el documental de Sepúlveda. También ofreció sea considerada una nueva convocatoria al testigo en relación a los secuestros y desapariciones de Oscar Ramos y Oscar Iturgay, secuestrados por el Cuerpo Motorizado a cargo de Morellato. Por último, el abogado solicitó compulsa penal para que se investiguen las responsabilidades de Simone y Smaha en el caso específico de Roberto Blanco, dadas las sospechas acrecentadas a raíz de los testimonios.






Contra toda una familia
Mario Hugo Fioretti, militaba en la Juventud Peronista -JUP-, tenía 22 años al ser secuestrado el 14 de enero de 1976, cuando con su mujer embarazada visitaba a sus padres. En la casa también se encontraban sus tres hermanos y su hermana. A las 14 horas irrumpieron más de veinte personas que tiraron el portón de entrada para ingresar. Estaban vestidos de civil. Luego de varios forcejeos y creyendo que los invasores eran ladrones, Mario sacó su revólver para asustarlos pero solo logró que le dispararan con sus ametralladoras, sin puntería. Le pidieron que soltara el arma y se tirara al suelo. Cuando lo sacaron de la casa se dio cuenta de que eran policías puesto que tanto los que esperaban afuera como los que habían subido al techo estaban uniformados. Tras el altercado lo llevaron detenido al Departamento de Investigaciones de la Policía de Mendoza -D2- junto con su padre -ya anciano-, su madre María Luján Santini y sus hermanos Alejandro y Salomón de 20 y 18 años.

La madre fue liberada al día siguiente, no la golpearon, pasó la noche en las celdas de tres metros cuadrados. Mario y sus hermanos fueron torturados fuertemente. Sobre uno de los interrogatorios, Fioretti declaró que le preguntaron por varias personas, algunas conocidas; y acerca de dónde estaban las armas: “me cerré y no dije nada, anulación voluntaria es”. Agregó que se enteraban de algunas cosas “cuando después de las torturas nos tocaba ayudar a alguno, llevarlo al baño, higienizarlo”. Así le tocó auxiliar a su hermano Alejandro, “lo único que pudimos hacer es curarlo con agua, tenía destruidos los talones y picaneados los testículos”.

“Nos daban golpizas de cinco y seis horas, ese fue el caso de Yani Sgroi”, dijo el testigo. Y detalló: “antes de empezar entraba una persona y cerraban todas las mirillas, entonces se paraban enfrente de la puerta, a los gritos ´ponete de rodillas, de espaldas a la puerta´, entraban te ponían una capucha, te ponían las esposas y te entraban a pasear por el Palacio, subiendo, bajando escaleras, en cada una de ellas pegándote patadas y piñas.”

El padre de Mario militaba en el Partido Peronista Auténtico -PPA- y era compañero de Ricardo Puga y Juan Sgroi. Fioretti dijo que no recordaba a Roberto Blanco, “sólo recuerdo a mis compañeros de causa, porque militaban juntos en el PPA y nos dijeron que Puga había sido el primero en caer”. Recordó haber visto en el centro de detención a Carlos Alberto Gómez (Tito) y con el tiempo llegó Walter Quispe. Luego de diez días detenido fue trasladado a la Penitenciaría, donde lo procesaron por la causa de Cuello, el policía asesinado.

martes, 18 de enero de 2011

Audiencia del 18 de enero

RICARDO PUGA ESPERÓ TREINTAICINCO AÑOS Y CUATRO DÍAS



El Diputado Ricardo Puga fue detenido durante el gobierno constitucional de Isabel Martínez. Afirmó que las prácticas desde antes de la Dictadura eran propias del Terrorismo de Estado; además reveló su paso por la Colonia Papagayos, otro CCD identificado por primera vez en estos juicios. Remarcó que después de treintaicinco años y cuatro días, con su comparecencia ante el Tribunal, ha tenido la posibilidad de revelar “la forma infame a la que fue sometido el pueblo argentino”.
El 13 de enero de 1976, Puga fue detenido en Guaymallén, trasladado a la Colonia Papagayos -perteneciente a la Dirección General de Escuelas-, de allí al D2 y finalmente a la cárcel provincial. En su condición de ex preso político sufrió los consabidos vejámenes.  En Papagayo recibió picana, golpes y simulacro de fusilamiento, allí  consiguió dejar su marca  como prueba de su paso por ese CCD. Tiempo después, en 1985, Puga efectuó un reconocimiento del lugar y tomó fotografías; encontró en los cascarones de pared del edificio derruido su apellido grabado por él mismo con las esposas que lo apresaban dos décadas antes. Reconoció en la zona un ciruelo, con el cual satisfaría su ahogo luego de una sesión de picana. También dialogó con un viejo cuidador del lugar que le confirmó que años atrás el espacio era utilizado por militares y policías para secuestrar personas. Las fotografías las remitió al MEDH, para conservarlas como prueba, actitud visionaria porque el edificio fue totalmente demolido; hoy el Tribunal solo cuenta con las tomas que acreditan los vestigios de ese Centro Clandestino de Detención.
A lo largo de su testimonio se manifestó aún escandalizado por los absurdos institucionales que le tocó vivir:  los jueces recibían órdenes de los militares. “Ningún funcionario mediaba por las detenciones ilegales” dijo.
Por su reciente labor al frente de la Comisión de Derechos y Garantías, el diputado ha tenido acceso a legajos de funcionarios actuantes durante la dictadura.  Entre ellos Carlos Rico, ex - Subsecretario de Seguridad del gobierno de Jaque, quien solicitó en su momento “un ascenso en virtud de sus esfuerzo y trabajo en la lucha antisubversiva”. Recordó la existencia de cursos teóricos y prácticos (antes y durante el golpe) en el marco de la teoría de la Seguridad Nacional para preparar personal idóneo para reprimir y matar. “Había un poder que no era el poder real de la Constitución, se estaba preparando una suerte de corresponsabilidad social” agregó.
Finalmente, identificó a los carceleros más perversos y dijo haber compartido cautiverio por dos veces, con el desaparecido Roberto Blanco.
Ricardo Puga fue liberado en diciembre de 1976; a la hora de su detención pertenecía al Partido Auténtico, un desprendimiento del Justicialismo que, ante la derechización del Gobierno de Isabel, mantenía la línea diseñada en la etapa camporista;  en él también  se enrolaban el ex gobernador de Mendoza, Martínez Baca y varios mandatarios provinciales destituidos por el lopezrreguismo.