miércoles, 22 de junio de 2011

Audiencia del 21 de junio

RECONSTRUCCIÓN: de TORRES a URONDO
En el inicio del debate que investiga la Desaparición de Rosario Aníbal Torres se escucharon los testimonios de Olga Heredia y Juan Carlos González, amigos de Torres, en cuya casa la víctima dejó su moto días antes de desaparecer. Desde otra óptica, Reneé Ahualli relató la relación que la unía a Torres en tanto militantes de la organización Montoneros.
Por la Desaparición de Rosario Aníbal Torres están imputados Juan Oyarzabal y Eduardo Smaha Borzuk, ambos miembros del D2 a quienes se los acusa por asociación ilícita, privación ilegítima de la libertad, homicidio con alevosía y otros crímenes de Lesa Humanidad. A la audiencia fueron citadas las últimas personas que tuvieron contacto con Torres, alrededor del 14 o 15 de junio de 1976.

Olga Noemí Heredia
Esposa de un viejo amigo de Torres, su domicilio fue allanado por hombres encapuchados la noche del 17 de junio de 1976. Con llanto y visible angustia, la señora recordó la violencia ejercida por la patota; encañonada ante sus cuatro hijos, hicieron destrozos y se llevaron una motocicleta Zanella perteneciente a Aníbal Torres, mientras le preguntaban por su marido: Juan Carlos González. Como él aún no había regresado a su casa lo esperaron hasta que consiguieron secuestrarlo cuando abría la puerta de acceso a su vivienda. Después de largo peregrinaje, Olga lo ubicó en el D2.
Dada la relación que existía entre Torres y su esposo pudo conocer algunos amigos del Desaparecido; entre ellos mencionó a la Turca (Reneé Ahualli) y su esposo (Emilio Assales) y un tal “Rafael”. Negó que en los encuentros se hablara de política y se mostro conmovida cuando recordaba el ataque del que fue objeto y las penosas situaciones que vivieron sus hijos.
El Tribunal mencionó un par de actas previas a la requisa en casa de los González que dan cuenta de bultos retirados del domicilio y da por sabido que la moto de Torres estaba en ese lugar. Heredia dijo desconocer la procedencia de la información.

Juan Carlos González
Conoció a Rosario Aníbal Torres en 1968 y trabaron amistad cuando ambos eran chóferes de la misma compañía de ómnibus en San Luis pero dejó trascender que no los reunía relación política alguna. El vínculo se sostuvo hasta la fecha de la desaparición de Aníbal; por este motivo González fue detenido llegando a su casa, el 17 de junio de 1976. Dijo recordar que fue introducido en un Renault 6, trasladado al D2, golpeado y sometido a picana seis o siete veces. El interrogatorio remitía a Torres, sus relaciones y un presunto bolso con dólares. Luego fue trasladado a la seccional 6ta de Las Heras, de allí al penal provincial y a otras cárceles del país hasta que salió con libertad condicional en 1983.
El testigo fue sometido a Tribunal Militar pero curiosamente, aunque siempre fue chofer de ómnibus, aparece como parte del grupo de sindicalistas de los Bancos Previsión y Mendoza condenados por ese Tribunal, entre quienes estaban Roque Luna, David Blanco, Ricardo Sánchez Coronel y otros. En su relato dijo haber tenido por Defensor oficial al Tte. 1ero. de Aeronáutica Carlos Gómez quien con anterioridad al juicio aseguró: “vos estás condenado” y le aconsejó "agradezca no ser muerto o desaparecido". Frente al reconocimiento fotográfico del personal de aeronáutica, el tal Tte. Gómez resultó tener otra identidad.
En cuanto a Rosario Aníbal Torres dijo saber que era peronista, que accedió a una designación política como comisario en San Martín de San Luis y en 1974 estuvo detenido porque se lo acusaba de encubrir un depósito de armas. Ya en libertad se trasladó a Mendoza y nuevamente comenzaron a frecuentarse.
Preguntado por quiénes eran los compañeros de Torres, el testigo aportó que Evangelisto Baigorria era su amigo; recordó a un joven de nombre “Rafael” que en el reconocimiento fotográfico resultó ser Jorge Amodei- desaparecido en fecha próxima a Torres- y también a un matrimonio encargado de la finca con viñas en la que Torres decía trabajar. Ratificó que dos días antes de su detención, Torres dejó una moto en su casa pero no volvió a buscarla, ni nunca más supo de él.  
Finalmente, el fiscal Vega le preguntó porqué creía que había estado preso siete años y seis meses, a lo que, sereno y medido como durante toda la declaración, González contestó: “por una amistad”.

Emma René Ahualli
Testigo por las causas Torres y Urondo-Raboy, para esta audiencia le solicitaron precisiones sobre el primero. Dijo que él era militante de Montoneros, que formó parte de las fuerzas de seguridad de San Luis y se lo vio por última vez en el centro clandestino de detención D2.
Renée Ahualli, conocida como la Turca, llegó a Mendoza en 1973 enviada por la cúpula de la organización con una función de responsabilidad. A Rosario Aníbal Torres, “Martín”, lo conoció a fines de 1975 cuando el joven se trasladó desde San Luis y se alojó en el hogar que compartían con su pareja Emilio Assales, “Tincho”. Los tres integraban una misma célula que con el correr del tiempo, debido a la represión, se fue reduciendo y limitando a un grupo de supervivencia. Compartían una misma casa en el departamento de Godoy Cruz.
La testigo recordó que Torres había estado al mando de una comisaría del departamento de San Martín, en San Luis. Este rol lo pagó de la peor manera, se supone que “Martín” murió por las heridas provocadas en la tortura. Según relatan sobrevivientes del D2 que lo vieron, el “Milico montonero”, como lo denominaban, era el blanco preferido con el cual se ensañaban los agentes del centro de detención.
El 12 de junio de 1976, Ahualli, Assales y Torres recibieron la orden de abandonar la casa porque la detención de Jorge Vargas, otro destacado militante montonero, hacía suponer que serían los próximos. La Turca acordó con Torres una “cita de control” (encuentro para conocer cuál era la situación del compañero) para dos días después. En esa ocasión decidieron asistir a la cita acordada para el 17 de junio con Francisco Urondo,  nuevo jefe regional de Montoneros.
El día indicado, la Turca llegó al lugar con Urondo, su pareja Alicia Raboy y la hija de ambos Ángela, a bordo de una Renault 6. Torres, también lo haría pero a merced de la patota que lo había secuestrado con anterioridad. “Estaba en el Peugeot 504 rojo que había sido de Montoneros, lo habían vestido con un pullover gris y una gorra, él nunca usaba gorra", aclaró. Esa “cita envenenada” tendría como saldo el asesinato de Paco Urondo, la desaparición de Alicia Cora Raboy y el secuestro de Ángela. Reneé pudo escapar milagrosamente de ese descomunal operativo.
Se supone que bajo insufribles sesiones de tortura Rosario Aníbal Torres “largó” el lugar, la hora y los convocados a la cita. “Debo rectificarme públicamente, porque en cierta declaración dije que Torres había actuado así porque había vuelto al primer amor”, refiriéndose a su labor de comisario. La testigo dijo haber comprendido que los sistemas de torturas empleados eran extremadamente brutales, capaces de hacer ir contra su propia voluntad a cualquier ser humano.

viernes, 17 de junio de 2011

Audiencia del 16 de junio

CAUSA OLIVERA-RODRIGUEZ JURADO (V): Al calor de las maestras

En la última jornada de testimonios en relación a las desapariciones de Olivera y Rodríguez Jurado declaró la otra maestra que amparó a las hijas de la pareja; y un matrimonio, íntimo de Domingo Britos y compañero de Nora y Rafael. Relatos de la militancia en San Juan y situación de las hermanas Olivera tras los secuestros.

María Cándida Elena Crayón
A partir de la reconstrucción de fechas se pudo establecer que fue el lunes 12 de julio de 1.976 cuando la señorita Crayón, maestra del jardín del gimnasio municipal nº 3 al que asistían las hijas de Nora y Rafael, se alarmó porque nadie había retirado a Soledad y Rosario. Los secuestros sucesivos de los padres dejaron a las menores en el desamparo, por lo que pasaron la noche en casa de Crayón. Antes, con Alsina, la directora de la guardería, habían radicado infructuosamente la denuncia en la comisaría cuarta, ya que el oficial de rango que las atendió anotó en un papel cualquiera, por lo que no quedó constancia.
Como la situación se repitiera al día siguiente y las denuncias no prosperaran ni se encontraran los padres entre los damnificados en hospitales y la dirección aportada por ellos fuera inexistente, Alsina se comunicó con el intendente Teniente Coronel Guillermo Molina. Entonces desde la calle llega “la casera muerta de miedo con Jimena y Guadalupe”, abandonadas en un ardid por un hombre que, según la casera, podría ser el padre. “Yo estaba llena de bronca e impotencia y Jimena trató de guiarme hasta su hogar”, dijo la maestra. Antes de cruzar la plaza Pedro del Castillo se vuelven porque “Jimena tiritaba de frío”. Allí, la directora ordena: “no vayan a la casa, ha habido un tiroteo”; y el intendente, ya presente, agrega: “son personas comprometidas con problemas con la justicia, tenemos que colaborar y hacernos cargo de las niñas”. “Me quedó grabado que nosotras teníamos que desentendernos de lo que les hubiese pasado a los padres”, señaló Crayón, que junto a la maestra Sícoli preferían que las cuatro niñas permanecieran juntas, a pesar de que la bebé fue puesta por Molina al cuidado de una hija suya que recientemente había perdido una criatura. 
Entre el miedo, el enojo y la madurez de Jimena, Crayón plasmó las impresiones de la nena: salen del supermercado; unos señores las suben a un vehículo y las vendan; Nora clama por la bebé; un “Jefe” le dice que no se preocupe que la iban a buscar; las llevan a un edificio y la mamá se despide de ella con un beso: “quedate tranquila, nos vemos en Buenos Aires”. Luego le entregan la hermanita y les dan leche chocolatada, “no es alimento para la bebé, está sucia y tiene frío”, acusa Jimena. Según el Doctor Salinas, las hermanas habrían pasado la noche “en el D2, en poder de los captores”.
Las maestras hicieron lo posible para que las niñas no se separaran. Según Crayón, “con mi compañera queríamos hacernos cargo si los padres no aparecían pero mi padre convino que lo adecuado era que la tenencia la tuviera él. Yo era ignorante, mi mundo era el jardín, no tenía la mínima idea de lo que pasaba”.
Dos semanas después, Molina y su mujer llaman a las maestras a su domicilio de calle San Martín frente al Correo: “vengan que tenemos novedades, llegaron los abuelos”. Según Molina, estos “recibieron un anónimo desde Estados Unidos que les indicaba que la pareja estaba muerta y las nietas abandonadas, dos en un taxi y dos en una escuela”. El General Olivera habría mostrado una foto del grupo familiar a militares en el Casino de suboficiales y lo habrían contactado con Molina. Para los abuelos, “sus hijos sociólogos volvieron de Alemania con todas las ideas cambiadas y empezaron a deambular por todas partes” y en relación a su suerte, “ojalá estén muertos”.
Tras el bautismo de Guadalupe vino la despedida en el aeropuerto: “con mi compañera estábamos shockeadas, Jimena tenía la ilusión de que en Buenos Aires iba a encontrarse con su mamá, era un dolor muy grande, las sentíamos como hijas”. Durante casi un año “continuamos el contacto, supimos que las chicas vivían con la familia de una hermana de Rafael en un caserón en San Pedro, que Jimena estaba bajo tratamiento y que Rosario sufría ataques de llanto”. En 2.006 tuvieron “un reencuentro muy emotivo” aunque “supimos que toda la familia había pactado silencio” acerca del destino de Nora y Rafael: “nunca les hablaron de nosotras y conservaban muy pocas cosas de los padres, hasta que de grandes empezaron a indagar solas”.

Virginia Irene Rodríguez  y Oscar Alfredo Acosta
Este matrimonio sanjuanino conoció de cerca a Domingo Britos y tuvo cierta vinculación política con Rafael Olivera y Nora Rodríguez Jurado. Por eso sólo dieron precisiones sobre la vida del estudiante puntano que forjó su militancia en San Juan y fue desaparecido por el aparato represivo de Mendoza.
Virginia, Oscar y el “Negro” Britos se conocieron durante su etapa de estudiantes en la Universidad Provincial de San Juan. Virginia estudiaba arquitectura, los dos varones, oriundos de San Luis, ingeniería. Como la mayoría de los jóvenes de la época además de estudiar, trabajaban y  pertenecían a alguna agrupación política, “había todo un movimiento juvenil que comprendía que tenía que comprometerse para construir un país mejor y más justo” explicó la mujer, actualmente docente e investigadora.
Oscar Acosta pudo dar precisiones de Domingo porque lo conocía desde el secundario. “El Negro Britos –como prefirió nombrarlo- era un excelente estudiante, provenía de una familia muy humilde”. “Soy un negro de la villa que se hizo peronista en la universidad” contó Oscar que decía Britos.
Todos pertenecían a la Juventud Peronista y fue en esas reuniones que Virginia y Oscar conocieron a Nora y a Rafael. Ambos afirmaron que sólo tuvieron contactos de ese tipo con la pareja que al igual que ellos asistían a los encuentros con sus hijos: “¿cómo no los íbamos a llevar si no estábamos haciendo nada malo?”, cuestionó Rodríguez.
Virginia y Oscar fueron secuestrados en febrero del 76, “ya en el 75 la actividad militante había disminuido, estábamos viviendo otra etapa, ya habían empezado a circular los falcon por San Juan”, aclaró la mujer reafirmando que la represión comenzó antes del 24 de marzo del 76. Los dos permanecieron hasta fines de ese año en penitenciarías de San Juan y de allí un largo peregrinaje por  cárceles de todo el país. Ella salió en libertad recién en 1982.
Oscar contó que a mediados del 76, estando en el penal de Chimbas, se enteró por comentarios de familiares de otros detenidos, que al Negro Britos lo habían secuestrado en Mendoza cuando intentaba huir de su casa, en medio de un allanamiento militar. Le había “perdido el rastro” desde hacía un tiempo, “era mejor no saber dónde vivía un compañero” dijo el hombre refiriéndose a las torturas a las que eran sometidos los secuestrados para que “largaran” lo que sabían.
Tanto Virginia como Oscar señalaron que las averiguaciones que pudieron hacer a partir de su detención indican que en los secuestros de estudiantes de su facultad tuvo que ver el Teniente Olivera, que junto a su mujer se inscribieron en 1975 como alumnos de la casa de estudios. Esta forma de operar fue común en San Juan que a diferencia de otras provincias, detallaron los testigos, los detenidos desaparecidos en su mayoría eran estudiantes universitarios. 

jueves, 16 de junio de 2011

Audiencia del 15 de junio

CAUSA ARTURO RODRIGUEZ: Allanamiento en el barrio

Tres testigos de la violación de domicilio sufrida por Arturo Rodríguez y su familia coincidieron en señalar el pavor generado por el “procedimiento” contra el vecino. Smaha reconocido durante los hechos. Precisiones sobre los Juicios.

Del testimonio de la víctima
“Yo lo conozco a usted”, le dijo en el comedor de su casa Arturo Elías Rodríguez la noche del 19 de septiembre de 1.976 al “colorado pelirrojo” que, junto a otros tres “con ningún aspecto de policías, con vaqueros, zapatillas, gorras y armas largas, de barbas y mucho pelo”, le pedía el DNI. Rodríguez descansaba junto a su mujer Marta Gladis Godoy y su hija cuando tras un timbrazo abrió la puerta a una patota policial que a palazos y preguntas “allanaba” su casa del barrio Decavial en Godoy Cruz.
“No es acá, vámonos”, les indicó desde el comedor a sus compinches el oficial Eduardo “Ruso” Smaha, tras ser reconocido por Rodríguez. Porque la víctima trabajó entre 1.965 y 1.969 en la tesorería de la Dirección de Investigaciones de la Policía de Mendoza.
“Yo le he dado su sueldo a usted”, le dijo Rodríguez a Smaha esa noche antes que la patota se fuera en un citroen gris.

Elsa Liliana Isuani
Vecina lindera de la pareja en el barrio Decavial, construido hacia fines de 1.974. Recordó que Arturo era martilllero, Marta empleada en la Municipalidad de Godoy Cruz y los hijos de ambos matrimonios amigos entre sí. Para septiembre de 1.976 recuerda un operativo en el barrio: “En los techos, acequias y jardines de la manzana había militares apostados, pero no sé de qué fuerza. Las casas eran vulnerables. Había mucho temor, nos recluimos para no saber lo que pasaba”.

Raúl Pedro Michelutti
Cuentapropista, marido de Elsa. Reconoce al menos dos procedimientos en el barrio, por parte del Ejército, por “los uniformados verdes”. El primero fue durante una fría tarde de domingo en la que “había soldados por todos lados con ametralladoras de pie arriba del techo de mi garaje, en la acequia y en la de enfrente, me piden identificación para entrar a mi casa con mi familia. Teníamos pavor, nos alejamos de las ventanas. No me dejaron ver lo que pasaba en la casa del vecino”.
El otro procedimiento “fue de noche, a las dos, escuchamos ruidos, portazos y como las casas formaban un bloque, estaban apareadas, vi por la celosía una bota militar, lo que me bastó para saber de qué se trataba”. “Era un buen vecino, solidario, muy amable”, subrayó el testigo.

Amanda Graciela Suárez
Jueza penal provincial jubilada. Cuñada de la pareja y además vecina, compartían el fondo porque aún no estaban las medianeras. Dijo de Rodríguez: “Un hombre recto, sin vueltas, con mi suegro militaban en la unidad básica de Villa Jovita”.
Sobre el allanamiento ilegal a sus parientes, dijo: “Solamente escuché el operativo, por un aviso de Arturo desde el patio a las dos de la mañana para que no abriéramos la puerta ni prendiéramos las luces, para que pareciera que no había nadie. Se fueron en un vehículo, nosotros no nos movimos hasta la mañana, Arturo reconoció a uno de ellos, sé que hicieron la denuncia”.
Con tono medido, Suarez agregó: “Eramos todos muy jóvenes, con niños, estábamos asustados, estos atropellos se hacían por la noche porque había mayor desprotección, nadie brindaba ayuda”. En charlas posteriores con la pareja supusieron que se trataba de grupos que secuestraban personas porque, “si no te robaron nada sería para secuestrar a alguien y se equivocaron. O se arrepintieron por algo”.

La lectura de la declaración indagatoria a Smaha redundó en negar cualquier vinculación con los hechos, desde la posibilidad de que Rodríguez pudiera reconocerlo por cuestiones administrativas hasta por matices capilares: “nunca fui pelirrojo, soy rubio tirando a payo”.

Novedades
En el cierre de la jornada la Fiscalía ofreció una nueva prueba testimonial en relación a la causa por la desaparición de Jorge del Carmen Fonseca. Se trata de Violeta Anahí Becerra, hermana de Elsa del Carmen Becerra que, según investigaciones del libro “Hacerse cargo”, era oriunda de San Juan y residente en Mendoza. Sus padres eran maestros rurales, su hermano Jorge Ciro Becerra estuvo detenido y fue torturado. Elsa fue secuestrada en Buenos Aires a los 23 años y se la vio detenida en los CCD Banco y Olimpo. Podría tratarse de “Elsi” o “Negrita”, la muchacha que Fonseca protegió con la ayuda de unos compañeros de Neuquén, meses antes que ambos fueran desaparecidos.
Por otra parte, se desistió en la causa Urondo-Raboy de citar a testimoniar a policías vinculados durante la represión con el D2 porque fueron reconocidos en procedimientos por las víctimas. Se trata de Omar Venturino (subjefe), Enrique Manuel Funes, Matías Pedraza (motorizada), Luciano Garay, Couto, Carlos Plácido Escobar y Eduardo Nitoker.

jueves, 9 de junio de 2011

Audiencia del 8 de junio

CAUSA OLIVERA-RODRÍGUEZ JURADO (IV): Las hijas frente al destino

Declaró en esta jornada una de las maestras jardineras que contuvo a Jimena, hija mayor del matrimonio, de cinco años de edad cuando fueron desaparecidos sus padres y presente en el secuestro de su madre. Sícoli detalló cómo las hermanas se mantuvieron unidas. También aportó enfoques Carlos Grafigna, compañero de militancia de la pareja en San Juan.

Marta Miriam Sícoli
A través del relato de la maestra jardinera jubilada se pudo reconstruir a cargo de quiénes quedaron Jimena, Soledad, Rosario y Guadalupe, tras el secuestro de sus padres Rafael Olivera y Nora Rodríguez Jurado en julio de 1.976. Conocedora de la familia por trabajar en la guardería del Gimnasio Municipal nº 3, a la que acudían las tres hijas mayores, observó que los padres eran reservados y las nenas “eran calladitas, introvertidas, se iban juntas a un rinconcito. Después del secuestro cambiaron”.
La guardería entonces ubicada en inmediaciones de las ruinas de San Francisco dependía de la dirección de Cultura de la Municipalidad de Capital. Su directora era Mirta Pericit Alsina y además de Sícoli y María Cándida Crayón (maestras que cuidaron a las nenas durante unas semanas) conocieron la situación el casero Agüero y su suegra, el abogado de la Comuna y el Intendente Teniente Coronel Molina y su esposa: “Todo debería estar asentado en la Comuna porque el actuante fue el abogado municipal”, remarcó Sícoli.
El día que van a la guardería sólo Soledad y Rosario y nadie las va a buscar, la celadora las lleva a otro domicilio registrado pero inexistente. Se radica la denuncia en la comisaría 4ª y se informa del caso a las autoridades municipales, por lo cual las chicas pasan la noche en casa de la maestra Crayón. Al día siguiente la ausencia de los padres se repite y se agrava porque al mediodía la suegra del casero aparece con las otras dos nenas, “un señor me pidió que las tuviera mientras estacionaba pero se fue”. Desde el municipio se apersonan el abogado y la esposa del Intendente que resuelven que Jimena se quede con Marta; Soledad y Rosario con María Cándida; y Guadalupe, la beba, con los Molina.
“Lo peor fue escuchar a Jimena esa tarde en el micro, prendida a mí, sin soltar sus fibras, había que mostrarle confianza, era una criatura abandonada”. Dijo Sícoli que la nena le contó que “no había ido al jardín porque estaba resfriada y salió con su mamá al supermercado, aparecieron hombres que la taparon con una bufanda, ella grita y pide por la beba, las meten en un auto y las llevan a un edificio con muchos hombres trabajando”. Allí su mamá desaparece y le dicen a Jimena que “se fue con el papá a Buenos Aires”, le dieron unas fibras y la llevaron a la casa familiar hasta el otro día. Con cinco años “enfrenta a los hombres por lo que dan de comer a Guadalupe y porque revuelven toda la casa”. Ambas hermanas se reencuentran con las otras dos en la guardería y ante la pregunta de por qué no las iban a buscar, Jimena cortó: “cállate”. “Ella sufría mucho, tenía miedo y eligió quedarse conmigo, como llegaron con lo puesto quería ir a buscar su ropa pero cuando se fueran esos señores”.
Días después llegan a Mendoza los abuelos paternos y la abuela materna. Ésta habría recibido un llamado desde Francia que le comunicó que las nietas habían sido abandonadas en un taxi, y en el avión el General Olivera se encuentra con otro militar que lo conecta con el Intendente. Por unos 20 días las nenas quedan con las maestras mientras los abuelos, hospedados en el Casino de suboficiales, hacen trámites: “En un principio creyeron que Nora estaba en Boulogne Sur Mer, le compran víveres, pero nunca los vieron”. En tanto, las mujeres a cargo de las nenas fueron citadas al 1º Juzgado de Menores y Jimena entrevistada a solas con la jueza: “aquí no me traen nunca más”, dijo tajante la pequeña. Por otra parte la señora del Intendente bautizó a Guadalupe, apadrinada por el mismo Molina y su hija, con las maestras y los abuelos presentes.
Un domingo, con la ayuda de un hermano de Rafael, se marchó todo el grupo a Buenos Aires. Según “Mema”, la abuela paterna, “decidieron ni preguntar ni buscar más a la pareja desaparecida porque era peligroso para sus nietas”. “No insistan”, les habrían dicho.
Las hermanas fueron adoptadas por la tía paterna, Rosa Olivera de Puente.

Carlos Benedicto Grafigna
Compañero de militancia política y religiosa y del ambiente catedrático de Rafael y Nora durante los años sanjuaninos del matrimonio, el ingeniero Grafigna brindó al Tribunal un relato de contexto sobre parte de la historia argentina del último medio siglo a fin de enmarcar la actividad política, social y cristiana del matrimonio, así como sus modos y objetivos para dar cuenta de la exhaustiva revisión católica que se produjo con esa generación comprometida y solidaria. Repasó así el surgimiento del peronismo y su representatividad en el movimiento obrero, su proscripción, la resistencia, el entusiasmo generado entre los jóvenes militantes y el golpe final de 1.976, siempre en torno a la antítesis del compromiso evangélico frente a la jerarquía eclesiástica como factor de poder y opresión: “Para mostrar cómo actuábamos cristianos y pueblo, sin armas, con solidaridad y conciencia de servicio por los derechos populares”.
Grafigna, que conoció al matrimonio a fines de 1.972, destacó que ambos eran sociólogos, cristianos y fueron designados en la Universidad de San Juan por él. También participaban de los movimientos sociales en villas con tareas de educación, promoción comunitaria y organización popular vinculados al peronismo.
Rescató que en la carrera de Ingeniería surgió una promoción de excelentes alumnos comprometidos y dio el ejemplo de Víctor Hugo García que fue medalla de Oro en la Universidad y posteriormente secuestrado y desaparecido.
Agregó que en la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe habían conformado un grupo de reflexión que solía analizar lo que sucedía en la realidad a la luz del evangelio; de ahí  partían sus prácticas. Preguntado si en ese grupo estaba Domingo Britos, contestó que no, que ellos se relacionaban a través de la JUP. Y según versiones recogidas por el ingeniero, Britos, ex alumno de Olivera “fue eliminado junto al matrimonio”.
Grafigna cree que cuando Rafael Olivera, expulsado de la universidad sanjuanina por razones políticas luego de la intervención a nivel nacional con Ivanissevich al frente, se trasladó a Mendoza para optar por algún cargo en el Universidad de Cuyo, porque tenía sólidos antecedentes y "era un tipo brillante". A partir de 1.976 pierden el contacto mutuo.

miércoles, 8 de junio de 2011

Audiencia del 7 de junio

CAUSA OLIVERA-RODRÍGUEZ JURADO (III): Una compañera, Rosalía Garro
Rosalía Garro, ex presa política y actual diputada provincial de San Juan se trasladó para testimoniar en la causa que entiende en el secuestro y Desaparición de Rafael Olivera y Nora Rodríguez Jurado. Hizo precisiones sobre la actividad política de ambos, en particular la de Nora con quien convergió en Agrupación Evita. Abundó en datos y relatos sobre lo acontecido en los años de militancia y represión.
La testigo conoció al matrimonio, presumiblemente en 1972,  cuando ambos se desempeñaban en la Universidad de San Juan, en dependencia de Ciencias Sociales. Agregó Garro, que ella era la responsable de Nora y destacó que tenía una actitud muy comprometida con la tarea social, como miembro de la Agrupación Evita, en la zona de Desamparados. Situó a Nora como una militante del frente de masas, mientras que de Rafael dijo era un “cuadro la organización político-militar Montoneros” sin abundar en las tareas que cumplía pero valorándolo como alguien muy estudioso. Recordó que ambos eran católicos practicantes y feligreses de la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, punto de encuentro de la grey tercermundista sanjuanina, donde también se casó Domingo Britos, Desaparecido vinculado a la presente causa.
Con insistencia destacó las características del matrimonio que calificó como queribles, solidarios, fieles a sus principios y muy generosos. Recordó que Rafael y Nora le regalaron a ella el auto que utilizaban cuando se compraron un Citroën nuevo. Relacionado con este episodio, estimó que el traslado del matrimonio con sus hijitas desde San Juan a Mendoza se sitúa a fines de 1974 o principios del ’75, motivado por la persecución. No pudo aportar mayores datos sobre esta causa porque dijo haberse enterado de los secuestros cuando la actual diputada se encontraba presa en el penal de Devoto.
Rosalía Garro, en respuesta a una pregunta del fiscal Vega, aclaró que Montoneros era una organización político-militar que desplegó su actividad en el frente de masas a través de varias agrupaciones: la Juventud Peronista -JP-, la Juventud Universitaria Peronista -JUP-, la Juventud Trabajadora Peronista -JTP- , la Agrupación Evita y las Juventudes Políticas. Resaltó que no todas las personas que estaban en estas agrupaciones pertenecían a Montoneros.
A través de un recorrido por su propia militancia ofreció anécdotas ilustrativas del comportamiento de los militantes y la represión. Garro dejó San Juan en marzo de 1975 al ser amenazada por el Jefe de la Policía Federal, se radicó en la ciudad de Buenos Aires pero fue posteriormente detenida durante cinco años.
El Tribunal le preguntó por los nombres de compañeros que integraban su círculo y le exhibió el álbum de fotografías. La testigo reconoció a Jorge Vargas, al matrimonio Olivera- Rodríguez Jurado, Domingo Britos, quién presidía al JUP, y a Ana María del Moral, todos desaparecidos; además  señaló a algunos otros no vinculados a estas causas.

Al cierre de la audiencia, el abogado de la querella  Pablo Salinas, mencionó la reciente Resolución de la Cámara de Casación –Sala 4- por la que se les concede prisión domiciliario a Celustiano Lucero y Eduardo Smaha, ambos imputados en estas causas. Al respecto anticipó un  escrito, en el que solicitará se revoque la medida para que vuelvan a la cárcel.

viernes, 3 de junio de 2011

Audiencia del 2 de junio

CAUSA OLIVERA-RODRÍGUEZ JURADO (II): Reconocimiento clave
para una sospecha muy familiar

Con la declaración de una vecina de Guaymallén, testigo ocular del ataque a Rafael Olivera y el complemento de María de Monserrat, hermana del desaparecido, que denunció la complicidad de su padre y un primo militar, se abrieron posibilidades insospechadas para la investigación sobre el destino del matrimonio.

Nélida Blanca Maranzana
Cerca de las tres de la tarde del 11 de julio de 1.976, Rafael Olivera salía en bicicleta de su domicilio de calle España de Villanueva cuando un individuo que merodeaba el barrio días antes se precipitó corriendo tras él. Olivera dobla en la esquina de calle Laciar y su perseguidor dispara tres o cuatro veces hasta que logra hacerlo trastabillar y arremete contra él a culatazos en el piso. Los vecinos alertados salieron a insultar al agresor al que reconocían como “policía de civil”. “Lo estaban esperando, le tiraban a él, no al aire”; la certeza la aportó Nélida Maranzana, vecina de los Olivera que, salvo el abatimiento, es la única testigo ocular viva del secuestro de Rafael, que derivaría en el de su esposa al día siguiente.
Con gran precisión y los hechos perfectamente retenidos, Nélida estuvo pendiente de los movimientos posteriores en casa de los Olivera: Al otro día, antes del mediodía, en  dos vehículos nuevos y oscuros llegó un grupo que por un lado se llevó a Nora vendada (“y no la vi más”), y por el otro a las hijas de la pareja, de la mano de una policía de civil. Una de ellas lloraba “y a mí se me partía el corazón”. Por la tarde en un camión y en uno de los autos de la mañana, la casa fue vaciada “como si fuera una mudanza, se llevaron hasta las camitas de las nenas”. En el operativo actuaban personas vestidas de militar (“con uniformes oscuros”) y otros de traje y corbata y “ayudantes” que cargaban el camión.
Nélida indicó que el matrimonio vivía allí desde hacía pocos meses, no conversaban con nadie y Rafael andaba siempre en su bicicleta. El día anterior Nora había invitado a las criaturas del barrio al cumpleaños de una de sus hijas. Sobre el perseguidor de Rafael aseguró que, según su marido, era un “policía de civil” de Villanueva y lo describió alto, delgado, bien moreno, de unos 45 años. “Ese rostro no lo olvido más”, aseguró la anciana que en el posterior reconocimiento fotográfico por los álbumes del D2, Policía y Ejército conmocionaría al Tribunal, las partes y el público ante la revelación del captor: “sin poder especificar” porque en el álbum del Ejército salía “con bigotes, uniforme y el rostro más alargado”. Se trata del entonces Coronel y Jefe de operativos e inteligencia Alberto Ricardo Olivera, primo de Rafael y señalado segundos antes por María de Monserrat Olivera, hermana del desaparecido, como “un reverendo hijo de puta”.
Valiente y fundamental terminó siendo el testimonio de la vecina, además corroborado por la lectura que se hizo de los hechos presenciados por los vecinos Jorge Mañanez Cantú y Yolanda Ontiveros. “Yo lloraba, sufría porque se llevaban esas nenas tan hermosas, hace poco me alivié al saber que habían crecido juntas”, cerró Nélida.

María de Monserrat Olivera
Psicóloga, hermana de Rafael, reside en Buenos Aires y se presentó ante el Tribunal con una foto del matrimonio desaparecido. El 16 de julio de 1.976 se les hace saber a sus padres en Buenos Aires, por sendas comunicaciones telefónicas (una desde Mendoza y otra desde Estados Unidos) que la pareja había sido secuestrada y sus hijas alojadas en una guardería a cargo de la esposa de Santuccione. Tres meses antes de los secuestros, debido a que la situación en Mendoza se ponía pesada, María alertó a su cuñada sobre el peligro inminente: “¿por qué si lo único que hago es enseñar a leer y a escribir a las mujeres de la villa?”, dijo Nora.
Con determinación y temple, María remarcó las responsabilidades de su propia familia respecto al destino de su hermano, reflejo de lo que sucedía en el resto de la sociedad argentina: “Quiero denunciar a mi padre”, médico y General del Ejército, “porque viajó hasta el Comando a pedir por sus nietas y nada más. Ni siquiera pidió las pertenencias de las nenas o inspeccionar la casa y menos averiguar por su hijo y su nuera”. Así enfatizó “la complicidad de él como la de tantos militares porque el sólo hecho de pertenecer a las FFAA explica el pacto, la lealtad con el régimen. Parte de esa complicidad era no informar nada a nadie”. Además, “el poder de la Iglesia y de los organismos económicos no es distinto de lo que se vivió en mi familia: mi padre militar y con formación religiosa estaba en contra del compromiso político y cristiano asumido por Rafael y Nora”. En cambio contrapuso los ejemplos de la pareja: “Desde los 14 años, Rafael se comprometió por los más necesitados. Como militantes políticos y religiosos, misionaban juntos por el país”. Ambos, muy formados y con sentido crítico, recibieron una beca para estudiar y trabajar en Alemania. Vuelven ocho meses a Buenos Aires, luego a San Juan “con la intención de vivir el evangelio con mayor compromiso” y por último llegan a Mendoza, donde trabajan al servicio del padre Macuca Llorens.
Según versiones recogidas por la testimoniante, “Rafael fue interrogado en el D2 junto a “los fuertes”, trasladado a La Perla, interrogado por el mismo Menéndez, y casi ciego por la tortura, fue arrojado desde un vuelo con destino a Campo de Mayo.

Sobre la existencia de otro pariente militar en Mendoza, indignada María señaló a “Alberto `Meneco´ Olivera, primo nuestro fallecido hace mes y medio, Coronel y luego ascendido a jefe de Policía, él dijo a mis viejos que se olvidaran de ellos, que no lo busquen más, que Rafael estaba muerto”.
En el preciso momento en que María denunciaba a su primo ante el Tribunal, la testigo Nélida Maranzana terminó su reconocimiento fotográfico indicando a “Meneco” como el perseguidor de su hermano. El shock fue inmediato: “Si Alberto Olivera no fue el autor material del secuestro de mi hermano fue al menos encubridor”. Y dio por hecho que fue él quien hizo los llamados para que el General Olivera buscara a sus nietas.
“Necesitaban aniquilarlos y hacerlos desaparecer, por eso es preciso que se condene a los culpables y se haga justicia”. María, emocionada, cerró la reveladora audiencia con unos versos de Neruda: “Un día de justicia conquistada en la lucha/ y vosotros, hermanos caídos, en silencio/ estaréis con nosotros en ese vasto día/ de la lucha final, en ese día inmenso”.

jueves, 2 de junio de 2011

Audiencia del 1ero. de junio

CAUSA OLIVERA-RODRIGUEZ JURADO: Miradas desde las hijas
En una jornada cargada de emotividad declararon Olga Pizarro y Patricia Britos, esposa e hija del Desaparecido Domingo Britos; fueron citadas porque ambas convivieron tres meses con la pareja Olivera-Rodriguez poco tiempo antes de los secuestros. Además testimonió María del Rosario Puente Olivera, hija del matrimonio motivo de la investigación. Con dolor y entereza las jóvenes reconstruyeron ante el Tribunal la vida y desaparición de sus propios padres.
Se inició el tratamiento de la causa Nº 09-M que investiga  el secuestro y desaparición del matrimonio compuesto por Rafael Olivera y Nora Rodríguez Jurado que tiene como imputado a Juan Oyarzabal.
Rafael fue reducido en las inmediaciones de la vivienda sita en el centro de Villa Nueva, el 11 de julio de 1976; a la mañana siguiente su esposa, Nora Rodríguez Jurado, fue secuestrada junto a su hija mayor, después de dejar a otras dos niñas en el Jardín Municipal Nº 3 de ciudad. Varios elementos hacen presumir que fueron llevados al D2.

María del Rosario Puente Olivera
Hija de la pareja desaparecida dijo que Rafael y Nora eran sociólogos egresados de la Universidad Católica, pertenecientes a la organización Montoneros. Oriundos de Capital Federal, en 1971 se trasladaron a San Juan presumiblemente por trabajo; él se desempeñó como profesor universitario y ella en la Secretaría de Economía.
Según la reconstrucción de la vida de sus progenitores, presume que cuando la organización Montoneros, ante las persecuciones, decidió que los militantes de San Juan se trasladen a Mendoza y los de esta ciudad se radiquen en tierras sanjuaninas, sus padres quedaron comprendidos en ese movimiento, así llegaron aquí. Según una compañera de Olivera-Rodríguez, de la célula a la que ellos pertenecieron no hay sobrevivientes, sin embargo Rosario pudo reconstruir que eran alfabetizadores involucrados en la tarea social que desarrollaba, en el barrio San Martín, el Padre “Macuca” Llorens del movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. "Mi padre era un hombre de fe y creía en la igualdad entre las personas”, afirmó la joven.
Olivera-Rodríguez Jurado aparecen en un Libro del D2 registrados, con fecha 15 de julio del ’76, como “exponentes”; este dato más el testimonio de Jimena, la mayor de las niñas, leído por secretaría, permite inferir que pasaron por el D2.
Al reconstruir el secuestro de Nora, la joven explicó que su madre fue levantada en la calle, junto con su hermana de seis años quien reconoció que fueron llevadas a un “edificio del centro con muchas ventanas"; horas después, la niña fue devuelta a su domicilio. Las tres mayores quedaron a cargo de las maestras de la guardería y la más pequeñita fue a parar a la casa del intendente de Mendoza, Coronel Molina.
Secuestrado primero el padre y luego su madre, por 15 días las cuatro pequeñas estuvieron sometidas a la incertidumbre, hasta que su abuelo paterno, un médico con grado de General, viajó desde Buenos Aires para ocuparse de ellas. Mediante su vínculo con militares, al Gral. Olivera le fue sugerido que no busque a su hijo porque ya lo habían matado. Finalmente, las cuatro niñas fueron adoptadas por Rosa Olivera de Puente, su tía paterna.
Rosario frente al Tribunal evocaba la conmovedora situación, agachando la cabeza cuando no podía contener las lágrimas. Preguntada por el Ministro Piña sobre cómo había seguido la vida para ella, sentida contestó “y… nunca iba a dejar de esperar que volvieran”.

Olga Esther Pizarro
Oriunda de San Juan, se casó con Domingo Britos, joven puntano que se trasladó a esa ciudad para estudiar Ingeniería. Según Olga, se conocieron cuando él daba clases para adultos;  en septiembre del ’74 se casaron, tuvieron una hija y ya en el 75, su domicilio fue allanado lo que motivó una mudanza a la casa de la familia Britos en San Luis. Ante el permanente acoso de la represión, Domingo se trasladó a Mendoza y la mandó a llamar alrededor de marzo del ‘76; en esas circunstancias estuvo alojada, junto a su hija y esposo,  en la vivienda del matrimonio desaparecido. Ambas familias convivieron por tres meses en el domicilio de Guaymallén.
Olga, que declaró con gran espontaneidad y simpatía, aportó que ella había conocido a “Norita” con anterioridad porque compartieron un ómnibus que salió de San Juan a Buenos Aires con motivo del acto del 1ero. de Mayo del ´74, cuando “se dividió la plaza”, aclaró. La mujer no tenía militancia ni participación política alguna; mientras que su esposo, dijo,  pertenecía a Montoneros.  Por ese motivo no contaba con información sobre las actividades  de los compañeros de su esposo, criterio adoptado por Domingo para preservarla. Sin embargo la mujer percibía la avanzada de la represión, se anotició del asesinato de una familia en las proximidades del domicilio y decidió volver a San Juan.
Regresó a su casa materna, explicó, para preservar a su niña y otro hijo que venía en camino. Nunca más supo nada de su esposo.

Patricia Britos
Hija de Domingo, nacida en  enero de 1975,  programadora universitaria, se presentó como perteneciente a la agrupación H.I.J.O.S. Ella fue quien reconstruyó el ideario y trayectoria de su padre y confirmó que pertenecía a Montoneros. Aportó que Britos fue el primer presidente del Centro de Estudiantes de Ingeniería; al tomar contacto con su historia, recogió la estima de que gozaba su padre entre sus compañeros de estudio y militancia, cuyos nombres proporcionó al Tribunal  por pedido de la fiscalía.
Sobre la pareja desaparecida, Patricia aportó que eran católicos practicantes de misa dominical. Sin abandonar la sonrisa, aún en momentos que la invadía el llanto, dijo que tuvo la fortuna de encontrar a Rosario con quien convivió, cuando eran muy pequeñas, en la casa de Guaymallén.
Puso en valor la cercanía entre los hijos e hijas de desaparecidos, a partir de las historias comunes y el ambiente de contención recíproca que pudo vivir en HIJOS.
Tanto Rosario como Patricia dejaban traslucir y dijeron estar orgullosas de sus padres.