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viernes, 8 de febrero de 2013

077-M. Desapariciones de Margarita Dolz, Raúl Gómez, Gustavo Camín, Mario Camín, Daniel Romero, Juan Carlos Romero, Víctor Hugo Herrera, Juan José Galamba y Ramón Sosa. Alegato I: La Fiscalía.

 “No sólo hacemos justicia, sino también verdad y memoria”
07-02-13 | La frase corresponde al Fiscal Dante Vega. Es de uno de los párrafos finales de su exposición en la primera ronda de alegatos del tercer juicio por delitos de lesa humanidad en Mendoza. Se harán rondas de alegatos de las querellas y la defensa por cada una de las seis causas del actual proceso oral y público.

El Fiscal Vega, en acuerdo con la querella, inauguró la segunda y última etapa del juicio, tras el receso. Se comenzó con la causa 077M, “la más voluminosa, con mayor cantidad de víctimas” y de importancia clave porque “da cuenta de la vigencia del terror estatal y la resistencia al mismo”. Irán causa por causa alegando cada una de las partes: Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos -MEDH-, Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, Subsecretaría de Justicia de Mendoza; la Fiscalía; la Defensa. Según el orden propuesto, seguirán las causas 085M, 053M, 075M, 076M y 055M. Los alegatos serán expuestos en dos partes: hechos y argumentos; calificación y solicitud de penas.

Calificación: “Un crimen capital”
Dante Vega confirmó que, según entiende la fiscalía, Aldo Patrocinio Bruno, el único imputado, es “responsable como autor mediato de los delitos de privación abusiva de la libertad agravada por mediar violencia y amenazas, con homicidio doblemente agravado por alevosía y por mediar el concurso de dos o más personas; todos en concurso con el delito de asociación ilícita” por los nueve hechos de la causa.

Foto: represoresmendoza.blogspot.com
Bruno fue segundo jefe del D2 cuando Ricardo Miranda Genaro estuvo al mando, entre agosto y diciembre de 1977. Luego asumió él la jefatura hasta el 4 de julio de 1978.

Vega repasó una breve declaración de Bruno en la etapa de instrucción: para esa época “me desempeñaba en tareas netamente administrativas, no existían detenidos, y el desempeño en sí era realizar informes que solicitaban otras dependencias”.

“No se responsabiliza a nadie sólo por el grado o por el uniforme” aclaró Vega, “no se basa sólo en la responsabilidad jerárquica. Hay elementos de prueba sobrados que señalan la responsabilidad de Aldo Patrocinio Bruno. Me hubiese gustado que estuviera presente”. Por los derechos que le otorga la justicia de la democracia, tuvo permiso para retirarse antes de la sala. Durante el desarrollo de los testimonios, el D2 fue el más señalado como lugar de detención, también se apuntó en las pruebas documentales. El Fiscal puntualizó las responsabilidades de Bruno y de la estructura misma en los secuestros: 

El D2 hacía inteligencia política, aún después del Golpe cuando el Ejército asumió ese monopolio. El D2 se integró para “aportar a la Comunidad Informativa” donde las distintas armas “confraternizan datos para seleccionar los futuros blancos”. “Sabían las existencias, las militancias previas al Golpe y la solidaridad desplegada por los militantes. Ser socialista era crimen de pensamiento, ser solidario delito de comportamiento y ser solidario con un militante perseguido un crimen capital para la dictadura”. Y así, explicó “seleccionaban los blancos. En mayo de 1978 estaba la tarea hecha, sabían todo”. Esto consta en registros que el D2 recolectó para la Comunidad Informativa asentadas en las devoluciones al Archivo policial -D5- de los prontuarios de las víctimas en junio, durante el desarrollo del Mundial. Incluso los prontuarios de Raúl Gómez y de Aldo Patroni son devueltos el mismo día de sus secuestros, el 17 de mayo.

A los constantes ingresos de Juan Agustín Oyarzábal y de Eduardo Smaha con personas detenidas, se añade una “salida” consignada para hacer vigilancia a una cuadra del hogar de Ramón Sosa. Su cuñada, Olinda Narváez, comentó la presencia de linyeras camuflados en las inmediaciones durante más de una semana que luego del secuestro no se vieron más. Fue Aldo Patrocinio Bruno quien, el 26 de mayo -dos días antes del secuestro de Sosa-, ordenó levantar el puesto de vigilancia. La participación de comisarías en articulación con el D2 también está acreditada: La 7° tras Gómez; la 27° tras Herrera, la dependencia de El Algarrobal y la Fuerza Aérea tras los hermanos Romero.
Fiscal Vega: Rol del D2


Hechos y argumentos: Las personas, los compañeros
Entre el 17 y el 28 mayo de 1978 se produjo la desaparición de once personas emparentadas por antiguas militancias y estrechísimos lazos de solidaridad que los vincularon en el compromiso social antes del golpe de Estado de 1976 y luego en el cuidado mutuo, en el intento por sobrevivir: Margarita Dolz, Raúl Gómez, Gustavo Camín, Mario Camín, Víctor Hugo Herrera, Daniel Romero, Juan Carlos Romero, Juan José Galamba, Ramón Alberto Sosa, Aldo Enrique Patroni e Isabel Membrive. Por cuestiones procesales las causas de Membrive y Patroni no están incorporadas.

Uno de ellos, Juan José Galamba, fue receptor de profundos actos emanados de esa solidaridad. Logró sobrevivir a diversos operativos entre 1976 y 1978. Lo acogieron en sus hogares y otros lugares quienes también figuran en la causa. En mayo de 1978, uno a uno fueron secuestrados y desaparecidos.

Hilos conductores: sucedieron en las semanas previas a la realización del Mundial de fútbol de 1978 y bajo un diseño preventivo de seguridad de las fuerzas represivas para acabar con “resabios” de la “subversión”. Desde allí, Vega historizó, resignificó y valoró las investigaciones: “Esta causa comenzó en la década del ´80 por el impulso dado por Elba Morales y Carlos Venier (h) -del MEDH- e Isabel Guinchul de Pérez. La presentación ante la justicia de un escrito en diciembre de 1986 consiste en un esfuerzo para esclarecer la suerte de las víctimas”.

“Ante el desafío del país de mostrar orden para el Mundial, la orientación política de la dictadura fue boicotear el boicot, intensificar el terror”, continuó el Fiscal. En mayo de 1978, en todo el país se multiplicó el número de desapariciones -de 60 a 113 en un mes- y en Mendoza también -11 en mayo, 3 hasta abril-. “Un mensaje directo a la población: el aparato criminal seguía activo y no iban a permitir ningún riesgo. Esto llevó a la búsqueda de nuevos blancos no alcanzados, ya fichados por los distintos servicios de Inteligencia, para asestarles el golpe final”.
Fiscal Vega: El Mundial 78 y los nuevos blancos


En 1978 Raúl Oscar Gómez estaba casado con Norma Liliana Millet y tenían un hijo de 2 años -Facundo-. Según lo que declaró Liliana Millet, Gómez militó hasta 1976 en la Organización Comunista Poder Obrero, muchos de sus antiguas compañeros apelaron al exilio interno para resguardarse tras el golpe. La familia Gómez se quedó en Mendoza. Compartían una amistad con el matrimonio Margarita Dolz-Carlos Castorino.

El 17 de mayo, entre la una y las dos de la mañana, ingresaron al domicilio de Gómez individuos vestidos de civil, con armas cortas y los rostros cubiertos. Le vendaron los ojos a Liliana y se llevaron a Raúl, mientras le preguntaban por su anterior trabajo y si formaba parte de una agrupación política. Registraron la casa, robaron elementos de valor y encontraron y maniataron en otra habitación a Silvia Millet y su novio, Roberto Jofré (h). Dijeron que se llevaban a Raúl para hacerle algunas preguntas. Nunca más se supo de él.

Liliana Millet hizo varias denuncias y presentaciones. Por su parte, Roberto Jofré (p) fue al D2 para averiguar pero le dijeron que no investigara más, sino “le sucedería lo mismo”. En 1979, la “burla” de quienes se sabían represores pero se creían impunes se hizo presente: citaron a Liliana desde un destacamento policial y cuando se presentó resueltamente le informaron que habían hecho un relevamiento en la zona y todos los vecinos coincidieron en que era “una buena persona”. Un “acto abyecto más”, agregó el Fiscal.

Margarita Dolz estaba casada con Carlos Castorino. Tenían dos hijas, presentes al momento del secuestro, en su domicilio en Godoy Cruz. Era profesora de arte decorativo. Su hermana Carmen y su primo hermano Alejandro resaltaron que Margarita era “sensible, capaz de desarrollar importantes vínculos afectivos, una artista comprometida con su medio pero totalmente alejada de la violencia armada”. La familia Dolz estaba muy ligada a la política.

“Fue militante socialista”, antes de 1976 compartió varias jornadas sociales con compañeros que forman parte de la lista de víctimas de esta causa en el “caserón de Godoy Cruz”, que era del matrimonio. Ese lugar “solidario, también fue refugio, aún luego de 1976, cuando se retiró de la militancia: allí albergaron a Juan José Galamba, “el golpe de Estado no logró terminar con esa solidaridad” relevó Vega. Margarita y Carlos rechazaron el exilio interno: “no hicimos nada malo, no nos va a pasar nada malo”, decían.

El 17 de mayo de 1978, alrededor de las 22 horas, un operativo entró a la casa de Margarita. Estaba con sus dos hijas y una amiga -Miriam Esteve-. Encerraron a las tres en el baño y se la llevaron a “la Policía Federal”, según dijeron. Nunca volvió. Cuando Carlos Castorino regresó del trabajo se encontró con todo revuelto y sin su esposa. La familia hizo innumerables presentaciones ante organismos locales, nacionales e internacionales, todas sin resultados.

Gustavo Neloy Camín era ingeniero químico, tenía un hijo -Mario- con Dora Gordon -de quien estaba separado-. Era dueño de una cantera de sal en San Juan llamada “El Refugio”. Allí recibió por un tiempo a Juan José Galamba. Eran una familia muy politizada. Militó muchos años en el Partido Comunista. Mario Camín estudiaba en la Universidad Tecnológica Nacional, Regional Mendoza. Militaba en la juventud peronista y trabajaba en la Compañía Argentina de Teléfonos. Quienes atestiguaron por ellos dijeron tener una altísima imagen de ambos, “inteligentes, sensibles, abiertos a militantes de otras fuerzas políticas... Brillante, humilde” adjetivos que resonaron en la sala.

La noche del 22 de mayo de 1978 Mario fue a la universidad a cursar. Allí lo vieron salir pasadas las 22 y  en el estacionamiento -adonde llegó en el auto de su madre-, aparecieron dos sujetos que lo subieron con ellos a ese coche mientras otros los siguieron en otro. El coche de Dora nunca apareció, tampoco Mario. Poco después, un operativo secuestró a Gustavo de su departamento en el centro de Mendoza. Tampoco se supo más de él. La novia de Mario -Ana María del Olio-, alarmada le pidió a su padre que la lleve al D2, ella ya tenía conocimiento de que eso era “un chupadero”. Cuando llegaron vio ingresar “claramente” al D2 a Mario.

Daniel Romero vivía en Las Heras y allí tenía un almacén con su esposa Dulce María Quintana. Tenían dos hijos. Trabajaba en la empresa Cimalco. Tuvo militancia gremial y perteneció a la Juventud Socialista. Intervino, “de forma determinante” según recordó Vega, para ayudar a Isabel Membrive y a Juan José Galamba, a quien remitió al horno de ladrillos que tenía Juan Carlos Romero, su hermano.

A comienzos de 1977, un grupo de tareas entró a su casa y lo indagó violentamente acerca de “El Rubio” -Galamba- a quien tenía refugiado en su casa. Detuvieron unas horas a Daniel y cuando regresó decidieron con Dulce que Juan José ya no podía seguir allí. José Ricardo Romero, hijo de Daniel, contó que casi un año después iba con su padre en la moto y los detuvieron. Los subieron a una camioneta y los llevaron a una comisaría. Allí torturaron a Daniel frente a su hijo y horas después los dejaron ir.

El 24 mayo de 1978, aproximadamente a las 22.45, un grupo de hombres irrumpió en el almacén y se llevaron violentamente a Daniel. Nunca regresó. Esa noche, Dulce con José Ricardo le pidieron a un vecino seguir a los autos que se llevaron a su esposo. Fueron por el Acceso Norte y en un momento creyeron que se desviarían hacia la casa de Juan Carlos, que vivía en el costado Oeste de ese Acceso, pero finalmente los captores se desviaron hacia el aeropuerto -asiento de la 4° Base Aérea-.

El 25 de mayo a las 3 de la mañana, un grupo de tares entró en la casa de Juan Carlos Romero, hermano de Daniel. Violentaron el hogar y le preguntaron por el “obrero del horno de ladrillos” a quien conocían como “Pepe” o “El Rubio” -Galamba-, revolvieron y robaron cosas de la casa -“la consabida rapiña”- y se fueron.

Juan Carlos, estaba casado con Sofía Irene Ceballos y tenían 5 hijos. Fue militante peronista, concejal por el PJ y Secretario de Obras Públicas en Las Heras. En la noche del 28 de mayo, entraron a su casa hombres de civil y armados, revisaron y volvieron a robar. Se llevaron a Juan Carlos. Cuando su esposa llegó a la casa, encontró la puerta abierta y su hijo de 11 años le dijo: “se llevaron al papi”. Juan Carlos nunca volvió.

Víctor Hugo Herrera, conocido como “Tonio”, vivía con sus padres. Frecuentaba “el caserón de Godoy Cruz” de los Castorino-Dolz. “Era un hombre humilde y con escaso acceso a la cultura”, recordó Vega, y los encuentros en el caserón le permitieron crecer”. El 25 de mayo, alrededor de las 5.30, un grupo entró con violencia a la casa de la familia, golpearon a Víctor Hugo y se lo llevaron desnudo. “¿Dónde está el arma?” gritaban para despistar. En los días previos, los vecinos habían percibido vigilancia en la zona.

Su madre, María Isabel Salatino, hizo varias gestiones por él. En una ocasión se acercó al VIII Comando de Brigada de Montaña y preguntó si acaso su hijo estaba allí. Le dijeron que sí, pero que no podría verlo sin autorización del juez. Cuando intentó conseguirla, el general de brigada Juan Pablo Saa negó rotundamente que Tonio estuviese allí. Otra burla más...

“¡Abyecciones!”, exclamó Dante Vega, “se divertían desorientando a los familiares”. En otra ocasión, el padre de Víctor Hugo se presentó en el D2 para averiguar algo de su hijo, pero lo único que logró fue que le sacaran -robaran- su documento de identidad. Un soldado le dijo que “no diga nada porque la iba a sacar peor”. Al hermano de Tonio, Jorge, la policía lo reconoció y -por eso mismo- lo detuvo al menos 9 veces en los meses siguientes. El 28 de mayo, además de Juan Carlos Romero, fue secuestrado Ramón Sosa y Juan José Galamba.

A Ramón Sosa le decían “Felipe”. Estaba casado con Elvira Cayetana Narváez, tenían una hija y vivían en Dorrego. Trabajaba en enristrar ajo. Era objeto de vigilancia. Tenía contacto y participaba con el grupo que se reunió en el horno de ladrillos el 1° de mayo de 1978. Se encontraba regularmente con Galamba en las inmediaciones de los Molina, que lo estaban cobijando. El 28 de mayo salió por la mañana de su casa y dijo que volvería al mediodía. En la parada del trolebus de San Juan de Dios y Adolfo Calle fue “levantado” cerca de las 10 horas. “Desde entonces se perdió todo contacto con él”.

El escrito  presentado en 1986 por Elba Morales, Carlos Venier (h) e Isabel Guinchul de Pérez, a la justicia dio “una base” del armado represivo y la conexión entre las causas de mayo de 1978. Allí se señaló “la vinculación de las personas secuestradas con Juan José Galamba”, desde 1976 buscado por las fuerzas de seguridad hasta que el cerco represivo se cernió sobre él. “No existía un refugio, un lugar preestablecido para los militantes perseguidos”.

“Hago mía la interpretación y la resignifico”, dijo Dante Vega: “la conexión existió pero no es la única explicación. Se trata de invertir los términos en cuanto a la responsabilidad de la suerte última de las víctimas: el aparato represivo estatal, no Juan José Galamba. No se les ´perdonó´ haber pertenecido a partidos políticos de izquierda ni la protección que le brindaron a Galamba. Alrededor suyo se puso en marcha el dispositivo de la solidaridad".

El ideario socialista había sido compartido por casi todos y después algunos migraron a Montoneros, como Alfredo Escamez y Gisela Tenenbaum, también desaparecidos. “En el 76 el grupo ya no existía como tal”, explicó en su alegato, “las organizaciones armadas habían sido devastadas, las comisiones gremiales y estudiantiles desarticuladas. Los nuevos blancos eran personas molestas al régimen”.

El 12 de junio de 1976 allanaron la casa de Galamba y secuestraron a su compañera, Alicia Morales, los dos hijos de la pareja y María Luisa Sánchez Sarmiento. Existen fuertes indicios de que José Vargas Álvarez, compañero de María Luisa, fue detenido en ese operativo mientras que Galamba logró escapar. “El aparato represivo no dejó de perseguirlo. Los militantes se escondían donde podían, en un país convertido en una trampa mortal. Galamba se encontró con su familia presa en el D2 y sus amigos muertos o detenidos”. Pero “a su alrededor se activó una verdadera red solidaria”.

Permaneció en la casa de Margarita Dolz; y en la de Raúl Gómez y Liliana Millet. Luego se fue a San Juan, en Jáchal estuvo en la cantera propiedad de Gustavo Camín, a través de su hijo Mario. A principios de 1977 regresó a Mendoza, posiblemente a pie, donde se resguardó primero en casa de la madre y el padre de una compañera, Gisela Tenenbaum. Luego en la de Daniel Romero. Junto con Gisela y Ana María Moral alquilaron un departamento en calle Italia de Godoy Cruz. En marzo de 1977 se encontró cerca de allí con Sonnia De Monte y le entregó un cuaderno que Juan José escribió para sus hijos.

El 8 de abril de ese año sobrevivió a otra cita envenenada en la Iglesia de Fátima. Asesinaron a Ana María y días después secuestraron a Gisela. En la casa de los Tenenbaum encontró de nuevo refugio. El itinerario es impreciso hasta su estadía en el horno de ladrillos de Juan Carlos Romero, donde también pudo trabajar. Allí, en una reunión por el día del Trabajador -el 1° de mayo de 1978- y ante un nuevo avistaje policial, se decidió que Galamba fuera escondido en otro lugar. Ramón Alberto Sosa lo resguardó en la casa de Sebastián Molina -con quien además trabajaba en la construcción-. Finalmente, allí fue secuestrado el 28 de mayo de 1978. Continúa desaparecido.
Fiscal Vega: Valoraciones

sábado, 1 de septiembre de 2012

077-M: Desapariciones de Mario Camín, Víctor Hugo Herrera, Juan José Galamba y Ramón Alberto Sosa

Los hechos, los trechos, los cercos
31-08-2012 | El desarrollo de la Causa que indaga sobre las desapariciones de nueve personas a fines de mayo de 1978 continúa reconstruyendo la historia. El caso Camín y la represión en la UTN. El caso Herrera y la amenaza contra los familiares. El caso Galamba y el ataque contra todo nexo.

Raúl Anfuso, estudiante, profesor de la Universidad Tecnológica Nacional, lleva décadas ligado a la vida política, académica e institucional de la Facultad. Conoció a Mario Camín poco antes de ser presidente del Centro de estudiantes en 1970. Recordó entonces el atentado en su contra con “una bomba de trotyl en casa de mis padres, bajo la inscripción ´Despierta Mendoza´ de la GRN -Guardia Restauradora Nacional-“. Sobre Mario dijo: “Era un excelente ser humano, luchábamos por una Universidad pública y para los trabajadores”.

En 1974, Anfuso terminó sus estudios y su actividad como dirigente, pero siguió vinculado a la UTN. En conocimiento de la existencia de grupos de extrema derecha que perseguían y delataban a los jóvenes, nombró a “Taddei, Burlot, Seijóo -decano interventor-“. Para 1978 la represión recrudeció. En recuerdo de otras víctimas cercanas, Raúl dijo: “el profesor Mauricio López, que lo fueron a sacar de su casa el 1° de enero -1977- y Zulma Zingaretti, una cosa de locos, una actitud muy cobarde, iban a buscar a esos seres sin ninguna previsión, muy bajo, muy ruin”.

Jorge Antonio Herrera completó la versión de su madre acerca del secuestro de Víctor Hugo y la posterior búsqueda, las denuncias, los maltratos recibidos. Tras el secuestro de su hermano, cada vez que Jorge salía a la calle, era detenido por la policía. Aportó que “Lucía”, en 1978 enfermera del Hospital Militar, fue quien hizo la llamada telefónica avisando a la familia que Víctor Hugo se encontraba allí. Lucía, actual esposa de Herrera padre, será citada a testimoniar.

Pablo Salinas, abogado querellante, reiteró la solicitud de comparecencia de Gatica. Se trata del oficial del Comando que le dijo a María Isabel Salatino que su hijo estaba ahí, pero para verlo necesitaba autorización. En tal dirección, Salinas solicitó la disponibilidad de los libros de ingresos y guardias de la dependencia. Se comprobó también que el papel, con indicios de Víctor Hugo que la familia recibió años después de su desaparición, ha sido sustraído entre las pruebas adjuntas al segundo hábeas corpus, presentado por Isabel en 1984.

En relación a la desaparición de Víctor Hugo Herrera, también declaró Antolín Valentín Montenegro, en 1978 empleado judicial y vecino de la familia Herrera en Villa Hipódromo, Godoy Cruz. El 22 de mayo de ese año, dio una cena a sus compañeros de la Secretaría Electoral. Cuando despedía hacia medianoche a sus invitados vio una camioneta con un tripulante, estacionada sobre la vereda de la casa de los Herrera, a diez metros de su casa situada en una esquina. Un rato más tarde, “como si esperaran que terminara el ágape para proceder”, desde el dormitorio, la esposa de Montenegro oyó un estrépito y tras la celosía alcanzó a divisar cómo un grupo de hombres cargaba a Víctor Hugo Herrera en otro vehículo.

“No tenía dónde meterse”
Comenzaron los testimonios en relación a las privaciones ilegítimas de la libertad y desapariciones forzadas de Juan José Galamba y de Ramón Alberto Sosa -causas 026-F-, ocurridas el 28 de mayo de 1978. Galamba fue secuestrado de la casa de Sebastián Rubén Molina; Sosa en un procedimiento cuando esperaba un trolebus en Dorrego.

Los testimonios de dos de los cinco hijos de Sebastián, Miguel Ángel y Carlos Gabriel Molina, permitieron contextualizar la presión habida sobre los perseguidos políticos y sociales en 1978, precisar datos en relación a Galamba y desandar el propio drama familiar. Molina padre, histórico militante de las bases peronistas, con unidad básica en su casa, “fue obligado a renunciar a su trabajo en la Municipalidad de Guaymallén, con un arma arriba del escritorio, por cuestiones políticas”. Volvió a trabajar en la construcción.

Carlos conoció a Juan José por medio de su padre, en circunstancias de un asado realizado en los hornos de ladrillos de Juan Carlos Romero, el 1° de mayo de 1978. Allí, Sebastián y “Felipe” -otro compañero de militancia- resolvieron que la casa de los Molina era el mejor resguardo para Galamba. El joven se mudó, fue integrado al hogar y trabajó en la construcción con Sebastián. La solidaridad de los compañeros le volvía a procurar seguridad y pan frente al asedio de las fuerzas represivas. Miguel Ángel describió a José: “alto, rubio, estudiado, leía mucho, tomaba apuntes, salía a trabajar”. En el momento del secuestro “estaba al lado de la estufa con un libro y una libreta, se los llevaron”.

El domingo 28 de mayo por la mañana, el cerco solidario de los Molina no pudo contener la violencia de los perseguidores. En una arremetida salvaje un grupo de más de seis hombres de civil que portaban armas de todo tipo invadieron la casa. Camuflados con ropa de Agua y Energía, algunos a cara descubierta, ordenaron a los hermanos arrojarse al piso, los encañonaron y llevaron a Galamba al patio. Luego de un brutal interrogatorio lo sacaron alzado casi sin vida de la vivienda. Los vecinos vieron cómo se marcharon en tres falcon verdes que partieron en direcciones opuestas.

Miguel Ángel contó la reacción de su padre cuando llegó: “se volvió loco -qué pasó que se llevaron a José, quiénes, cómo eran-, quedó asustado toda su vida”. Sebastián Molina pensó en poner al tanto a Felipe. Por seguridad se resguardó con su familia. Al día siguiente, Elvira Cayetana Narváez, compañera de Sosa, le contó que Felipe faltaba del hogar desde la mañana del domingo y que había advertido vehículos del Ejército merodeando el lugar. “Felipe” -Ramón Alberto Sosa-, coincide en la descripción de los dos hermanos: “gordito, morocho, canoso”.

“Era de San Rafael, tenía una mujer y dos niñas, pensaba que estaban desaparecidas, nosotros también podríamos haber sido víctimas”, dijo Miguel, reviviendo diálogos con José. Carlos, preguntado por el Tribunal acerca de la razón de su suerte y la de su familia en medio de la feroz persecución, aseguró que fue la pertenencia de su hermano mayor -Sebastián- a la ESMA lo que los ha mantenido con vida.

Helga Markstein de Tenenbaum, luchadora constante por la justicia, relató que conoció a Juan José Galamba antes de 1976, a través de su hija Gisela que tenía vinculación con el centro de estudiantes de la UTN. Helga y su marido Guillermo Tenenbaum albergaron a Galamba cuando volvió de San Juan a fines de 1976. Tiempo después Juan José se reubicó en el departamento que alquilaban Gisela y Ana María del Moral. El 4 abril de 1977 fue secuestrada Gisela. Días después, Ana María y Juan José fueron alcanzados en un operativo en el cual la joven fue acribillada por las fuerzas de seguridad y Galamba logró huir.

Helga narró que varios meses después del episodio, recibieron una misiva de Juan José pidiendo ayuda. Dieron con él y por segunda vez le ofrecieron desinteresadamente su casa como refugio. Meses después, el joven les informó que se trasladaba a los hornos de ladrillos del hermano de Daniel Romero. El día que lo dejaron en aquel lugar, fue la última vez que lo vieron, corrían los primeros meses del año del mundial.
En el cierre de la audiencia, la abogada defensora Andrea Duranti despejó una duda que sobrevolaba la Sala: “¿Por qué ayudaban a Galamba, por la amistad que tenía con su hija?”. “Y sí, lógico, el chico no tenía dónde meterse”, respondió espontánea Helga. La mujer, como los demás testigos, dio muestra fehaciente de un valor que quizá no lograron extirpar.

La semana próxima están estipulados los testimonios de Dora Gordon -madre de Mario Camín-, Nora Estela Pérez -que trabajaba en una oficina próxima al departamento allanado de Gustavo Neloy Camín-, Susana Astorga -esposa de Víctor Hugo Herrera- y Alicia Morales de Galamba.