Mostrando entradas con la etiqueta Compañía de Comunicaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Compañía de Comunicaciones. Mostrar todas las entradas

sábado, 16 de marzo de 2013

Causa 055-M: privación ilegítima de la libertad de Ángel Bartolo Bustelo. Alegatos: I Fiscalía y II SDHN

Las cosas que pasaron en mi Patria
14-03-13 | La Fiscalía y la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación expusieron sus alegatos en relación a la detención ilegal y torturas al reconocido dirigente comunista y abogado Ángel Bartolo Bustelo. La eliminación de quienes defendían a los presos políticos, escollo tremendo para el plan sistemático de desaparición forzada de personas.

El Fiscal Daniel Rodríguez Infante recordó que por este caso Dardo Migno ya tiene una condena, y en este nuevo proceso se juzgó solo a Ramón Ángel Puebla, entonces jefe de la Compañía de Comunicaciones de Montaña VIII (CCM VIII). Ese destacamento militar fue la primera parada en el periplo de detenciones y torturas que sufrió el Doctor Ángel Bartolo Bustelo, alto dirigente del Partido Comunista y defensor -desde antes del golpe de Estado de 1976- de presos políticos, motivos ambos para soportar innumerables persecuciones y detenciones.
Dr. Ángel Bartolo Bustelo
Tenía un estudio jurídico con Carlos Bula, quien aseguró que ellos junto a otros abogados del Partido Comunista, como Benito Marianetti y Jacinto de la Vega, eran buscados por familiares de detenidos -“para evitar que los torturaran”- porque eran los únicos dispuestos a atender esos casos. “No hacíamos diferencia según cual fuera la actividad que tenían (los detenidos), queríamos que se los juzgara como se debía, éramos como un servicio de urgencia. Lo primero era salvarles la vida, la salud y la integridad física”, agregó. Así fue ganando su condición de “enemigo peligroso para el aparato criminal estatal”.

El Fiscal y el representante de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación -SDHN-, Fernando Peñaloza-, recordaron las defensas que ejerció Bustelo en favor de Fátima Llorens -sobrina del cura tercermundista José María Llorens- y de Amadeo Sánchez Andía -estudiante de periodismo asesinado por la Policía de Mendoza en 1975-.

Peñaloza comenzó su alegato en esta causa recordando que según el informe de 1984 de la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas -CONADEP- fueron secuestrados y desaparecidos no menos de 109 abogados, el 90 por ciento de ellos entre marzo y diciembre de 1976. Representaban el bastión de legalidad que había que someter. Los abogados, que resistieron desde el primer momento del golpe de Estado, debían ser eliminados lo más rápido posible porque serían la cabecera de playa de una resistencia silenciosa”. Esto, consideró Peñaloza, avala la hipótesis del Ministerio Público y de la SDHN respecto de uno de los motivos fundamentales para perseguir y herir de tal manera a Bustelo. El representante nombró, junto a Bustelo, a Héctor Rosendo Chávez y a Alfredo Guevara (padre) como abogados militantes y perseguidos.

Fernando Peñaloza - SDHN
El estudio jurídico fue allanado ilegalmente el 11 de agosto de 1976. En esa irrupción, disfrazada de operativo zonal, la patota represiva buscaba un motivo para detener al abogado. De allí se llevaron, según el acta de procedimiento labrada por el Ejército Argentino, cuadernillos “COMACHI Denuncia” -de la Coordinadora del Movimiento de Ayuda a Chile, país sometido por el pinochetismo, declarada ilegal en junio de 1976- una nómina de periodistas chilenos víctimas de la Junta Militar fascista, cuadernillos de la Liga  Argentina por los Derechos del Hombre; entre otros materiales. Encontraron sus motivos...

Clausuraron el estudio, y lo “ocuparon”, militares se quedaron allí y hasta atendían el teléfono diciendo que eran secretarios. Por este motivo, el 2 de setiembre de 1976, Bustelo envió un telegrama al general Jorge Alberto Maradona, segundo comandante del III Cuerpo de Ejército -cuyo superior era Luciano Benjamín Menéndez-, máxima autoridad militar en Mendoza. En ese escrito, el abogado pidió que se levante la clausura del estudio que “provoca grandes daños al suscripto y a terceros”. Los terceros, por supuesto, eran las víctimas de la represión que los letrados supieron defender.

Pasó sólo un día y la ira del poder de facto recayó sobre Bustelo. El 3 de setiembre fue secuestrado de su domicilio. La patota golpeó la puerta al grito de “¡Telegrama!”. Rodríguez rescató palabras del dirigente: “lo que entró fue una horda de delincuentes militares, porque iban vestidos con el uniforme del Ejército de mi Patria”. En la casa estaba con su esposa -Petrona-, su hijo -Fidel- de 13 años, su hija -Elba- de 6 años y una mujer que los ayudaba. Entre tres o cuatro agentes “me arrojaron como una bolsa de papas en el camión del Ejército”, relató Bustelo en una de sus tantas declaraciones. Los vecinos luego contaron que la “cuadra estaba copada por soldados”, recordó el Fiscal. La patota permaneció en el domicilio hasta el día siguiente con la familia secuestrada.

Lo trasladaron bajo insultos, amenazas y salvajes golpes hasta el Comando de Infantería de Montaña donde lo interrogaron bajo tormentos; luego lo llevaron a la CCM VIII, donde estuvo hasta el 6 de setiembre. Luego lo pasaron a la Penitenciaría Provincial junto a Roberto Vélez. Los dejaron en el Pabellón 13, donde tenía lo que las fuerzas denominaban “jefes de la guerrilla”. Su siguiente lugar de detención fue la Unidad 9 de La Plata. Lo llevaron en el traslado masivo del 27 de ese setiembre, donde fue particularmente maltratado, al igual que Guidone. Bustelo terminó con su espalda negra de los golpes. Cuando testimonió en el Juicio a la Juntas sólo pudo agregar: “Increíble... increíble que estas cosas hayan pasado en mi Patria”.

Sobre esto Peñaloza agregó: “El caso de Bustelo se ventiló en otras jurisdicciones. Al momento de dictarse sentencia en el Juicio a las Juntas se lo mencionó”, fue el caso 166 de la Causa 13. Se trata de un fallo judicial en el cual se define a la estructura que actuó en Mendoza y que es responsable de la detención de Bustelo.
Fernando Peñaloza: Cacería a los abogados de la resistencia


De los expedientes surge que la privación de la libertad de Bustelo no puede considerarse fragmentada en tres -por cada lugar por los que pasó- sino que es una sola. Una apreciación contraria beneficia la atomización y, por ende, la impunidad, explicó el abogado de la SDHN. Además, hay pruebas documentales sobre “lo grotesco de la privación de libertad” dijo Peñaloza. Por ejemplo, “el 24 de noviembre el juez Gabriel Guzzo dictó -en una posición intermedia- una orden de sobreseimiento temporario y hacer lugar al recurso de habeas corpus a favor de Ángel Bustelo. No obstante no lo liberaron y la orden de libertad fue elevada por la U9 al superior militar, el Comando del Cuerpo I de Ejército, a fin de que éste disponga si se debe o no dar cumplimiento”, como ya lo habían hecho en ocasiones anteriores, buscaban que algo o alguien impidiera la libertad; y/o que legitimara la detención. Recién en enero se da a conocer un decreto de disponibilidad al Poder Ejecutivo Nacional, fechado en diciembre de 1976 y que disponía la detención de Bustelo, efectuada tres meses antes... Pasado esto, lograron que el juez diera marcha atrás con el sobreseimiento, recordó Peñaloza.

Por serios problemas de salud, de La Plata lo enviaron nuevamente a la Penitenciaría de Mendoza, el 18 de julio de 1977, donde estuvo hasta el 11 de agosto, cuando fue liberado. Peñaloza recordó que fue el 29 de julio de 1977 cuando se dispuso la liberación inmediata por decreto, pero se tomaron unos días más. Lo fue a buscar su familia, no obstante antes, lo obligaron a firmar un “papelucho” en el que constaba que “lo habían tratado muy bien”. Cuando puso su firma lo hizo, dijo Bustelo, “porque confiaba en que la historia le iba a permitir demostrar que eso no había sido así”. “Tarde, pero lo pudo demostrar”, agregó Daniel Rodríguez.

Bustelo debió abandonar su profesión porque, luego de la clausura y ocupación de su estudio -en donde las fuerzas pusieron un cartel que decía “Ejército Argentino”- nadie iba, por miedo a relacionarse con él. Se dedicó a la literatura.

Durante su detención, le iniciaron una causa judicial para intentar legitimar los actos represivos. Pero apenas 20 días después de ser secuestrado lo llevaron ante el juez. En la causa actuaron los jueces Gabriel Guzzo, Luis Francisco Miret -imputados en el próximo juicio a funcionarios de la justicia cómplices de la dictadura- y el entonces fiscal Otilio Roque Romano -hoy prófugo de la justicia-.
Daniel Rodríguez: El ejercicio de la profesión y el cuero duro de Bustelo


Bustelo en la Compañía
En la CCM VIII lo recibieron con simulacro de fusilamiento, luego lo llevaron a los barracones con los otros detenidos, quienes le contaron de los tormentos. Con gran valentía, Bustelo le dijo a Dardo Migno -responsable del “Lugar de Reunión de Detenidos" (LRD), centro clandestino de detención (CCD)-  mientras le hacía la ficha: “¿Cómo puede ser que estén torturando?" Eso le valió que Migno lo mandara a un calabozo de aislamiento. Las condiciones allí, como ya lo especificó el Ministerio Público en el juicio, eran en sí mismas tortuosas, y así lo consideró entonces el Tribunal. Se reconocieron como tormentos agravados por la condición de perseguido político, explicó Rodríguez.

Durante ese encierro, Bustelo pidió papel y lápiz. Le estaba escribiendo un telegrama al dictador Jorge Rafael Videla sobre la situación. El soldado que se lo recibió le dijo: “Pero doctor, piénselo un poco”. Cuando las autoridades vieron el nuevo telegrama dijeron: “Lo enviaremos a la cárcel y ahí va a saber lo que es bueno”. Los militares sabían a qué exponían al detenido cuando lo trasladaron.

Hay tres elementos que comprueban la clandestinidad del accionar represivo: la no sujeción a autoridad judicial, la información a familiares sobre el lugar de detención y, aún dando a conocerlo, el aislamiento al que sometían a las víctimas. “Los tres se comprueban en este caso” afirmó el fiscal.

El imputado por esta causa, Ramón Ángel Puebla, era el jefe de la Compañía, superior de Migno, condenado por este caso en el juicio anterior. Por ese CCD pasaron entre cien y doscientas personas.
Daniel Rodríguez: El jefe Puebla, sin dudas


Calificar al represor: Color verdeoliva
El Ministerio Público y la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación acusó a Ramón Ángel Puebla como autor mediato en cadena de mando intermedia en aparato organizado de poder, del delito de privación ilegítima de la libertad agravada por mediar violencia y amenazas, por el concurso premeditado de dos o más personas y por la duración de más de un mes; también por la imposición de tormentos agravada por la condición de perseguido político de la víctima; todo esto en concurso real entre sí y con el delito de asociación ilícita. Todos delitos calificados como de lesa humanidad cometidos en el contexto del delito internacional del genocidio.

076-M: Privaciones de la libertad de Martín Lecea, Roberto Vélez y Oscar Guidone. Alegatos I y II: Fiscalía y MEDH

El ensañamiento y los sobrevivientes
14-03-13 | Daniel Rodríguez tuvo a su cargo los alegatos de la Fiscalía en la Causa 076M que trata las detenciones forzadas de Martín Lecea, Roberto Vélez y Oscar Guidone. Pablo Salinas expuso en nombre del MEDH. Martín Vergara alegó como representante particular de Vélez. Además de otros sitios de detención, los tres pasaron por el centro clandestino montado en la Compañía de Comunicaciones de Montaña VIII, órgano dirigido por Ángel Puebla y regenteado en la instancia siguiente inferior por Dardo Migno, ambos imputados.

Lecea y Vélez “compartían idéntica pertenencia política al Partido Comunista y fueron detenidos en el marco del mismo operativo”, comenzó la reconstrucción Daniel Rodríguez Infante. Guidone estudiaba medicina y era militante de izquierda, ligado a Vanguardia Comunista.

Roberto Vélez, tenía 25 años y un hijo cuando fue detenido. Estudiaba Ciencias Políticas. Señaló en su testimonio actual que “antes de los hechos que conforman el objeto de este juicio sufrió atentados y robos en el mismo domicilio en cuyas proximidades sería luego detenido”, repasó el fiscal.


Las explosiones fueron el “24 de octubre del ‘75 y el 30 de junio del ‘76, siendo en este último privado de su libertad en la Comisaría 7ma. por aproximadamente dos días, tras haber ingresado a su casa contra las indicaciones de la policía, que se encontraba actuando en el lugar, tras el atentado. Reiteró también el saqueo de diversos bienes de su hogar en estos episodios y agregó que durante ese operativo se robaron incluso los pañales de su hijo.

El abogado Martín Vergara alegó en la causa de su defendido particular, Roberto Vélez. Reconstruyó su historia, plagada de escenas relacionadas al “aparato represivo del Estado”. El letrado repasó los tipos de terrorismo de Estado -con apoyo y abierto- que distinguió Eduardo Luis Duhalde y cómo ese accionar se comprueba desde antes de 1976 -Ley de Residencia, Plan Conintes, entre otros-. La persecución a Vélez, dijo su representante, “responde a un solo motivo: su condición de comunista”.

Un primer antecedente data de cuando Roberto tenía nueve años: fue a visitar a su padre, que estaba detenido, un policía maltrató a su madre, él reaccionó y escapó. Durante el gobierno de facto de Onganía se le impidió ingresar a la Facultad de Ciencias Económicas, lo mismo le ocurrió en 1971 en la de Ciencias Políticas. Para el servicio militar lo enviaron a otra provincia, con régimen de sol a sol y sin visitas a su tierra.
Martín Vergara: Contexto histórico de persecuciones y sus responsables:
 

En 1972 finalmente comenzó la carrera de Políticas. En 1976 cursaba 5to año, era presidente del centro de estudiantes y fue expulsado el 15 de junio por “constituir un factor real o potencial de perturbación”. En marzo de ese año ya habían asesinado a Susana Bermejillo, reconocida dirigente comunista, compañera de Roberto.

Martín Lecea tenía 40 años, era corrector en la imprenta oficial y tenía actividad gremial. 



El fiscal Rodríguez presenta a las víctimas:
En esta Causa también puede comprobarse la articulación entre comisarías en el accionar represivo: el libro de novedades de la 34° expresa que, tras la bomba en casa de Vélez el 30 de junio, "las agentes María Olaves y Figueroa, en móvil número 53 de Seccional 34” llevaron a Vélez y a Juan De la Cruz Sosa “detenidos, quedando en depósito a disposición de la seccional anteriormente mencionada”, -la 7ma.

La madrugada del 9 de agosto de 1976 detuvieron a Vélez y Lecea en la intersección de Patricias Mendocinas y Echeverría, cerca de la casa de Vélez. Estaban en un Jeep de Martín que fue robado por las fuerzas. Venían de una reunión del Partido celebrada en Villa Hipódromo.

Los llevaron a la Seccional 34 donde fueron interrogados. Lecea fue conducido hasta su propia casa para realizar un “allanamiento”. Luego los trasladaron a la Comisaría 7ma. donde pasaron la noche”, reconstruyó Rodríguez. 

Martín Lecea (h) prestó testimonio en este juicio e hizo referencia a la detención del padre en la 7ma. y corroboró que “personal policial con uniforme azul realizó un allanamiento en su domicilio en la madrugada y que gracias a ello pudieron conocer la detención de su padre”. 

Lecea, ya fallecido, pudo dar testimonio en una ocasión ante el Juzgado de Instrucción Militar. Indicó que “al llegar a la citada Seccional" fueron “interrogados por un ‘oficial de la policía vestido de civil’, y que dicho interrogatorio "fue de tipo compulsivo, es decir que a la pregunta formulada se le insinuaba la respuesta a dar". Al regresar del allanamiento fue sometido a un segundo interrogatorio en la 34 y fue además amenazado”.

Vélez señaló sobre esa noche que “fueron interrogados por el oficial a cargo, quien procuraba obtener información sobre el Partido Comunista bajo amenazas”. El Fiscal recordó que “tras la negativa de las víctimas a declarar, se les dijo: ‘lo lamento, pero esto que yo le he preguntado y que usted no ha contestado se lo van a sacar de otra forma’. Esto demuestra el conocimiento que el personal de la 34 tenía sobre los métodos de tortura desplegados por el aparato terrorista estatal del cual formaron parte”. 

Martín Lecea hijo comentó que el allanamiento lo realizaron “policías armados y que su padre intentaba sujetarlos para que no se excedieran, ya que se encontraba su segunda esposa, embarazada, y también el propio hijo, y además, sus hermanas de 4 y de 16 años. Fueron arrinconados en un sector de la casa, en estado de shock, viendo como a mi padre lo detenían cuando era un simple trabajador”. La rapiña, como la supo denominar Dante Vega: durante el operativo se robaron bienes de valor. 

“Se incautó bibliografía del tipo comunista marxista y un mimeógrafo”, según el acta del Juzgado de Instrucción Militar. El mismo documento expresa que en el operativo “el comportamiento del personal que allanó su casa fue correcto y amigable, ya que en un momento determinado tomaron café y conversaron junto con sus familiares”. Roberto Vélez sindicó al Coronel Hugo Alfredo Soliveres, que es precisamente el juez instructor que recibió a Lecea en declaración testimonial de la que resulta el acto citada, como miembro de un Consejo de Guerra de la época. El fiscal aclaró que la palabra “allanamiento no pasa de ser un eufemismo, en tanto se trató de una verdadera irrupción ilegal e ilegítima en su domicilio. Luego de pasar la noche en la 7ma., los secuestrados fueron conducidos a la Compañía de Comunicaciones de Montaña VIII (CCM VIII).

Fotos del Libro de Novedades de la Seccional 34
En el libro de novedades de la Seccional 34 consta la detención a las 2.45 de la madrugada por “averiguación antecedentes y medios de vida”; el traslado a la Comisaría 7ma; y que a las 10.45 un móvil de la Seccional 34 los buscó y los regresó; y a las 12 se “conduce a los detenidos ‘al Comando VIII Brigada de Infantería quedando a disposición de ese comando”, cosa que no fue así, aclaró Rodríguez. “Las víctimas han declarado que desde la 7ma. pasaron a Comunicaciones. Lo más importante es que claramente la policía puso a los detenidos a disposición del Ejército”. Los llevaron en el Jeep que le rapiñaron a Lecea.

Lecea permaneció en la CCM VIII hasta el 27 de septiembre de 1976 y Vélez hasta el 6 de septiembre -cuando fue llevado a la Penitenciaría Provincial junto a Bustelo-. Los tres formaron parte el 27 de setiembre del traslado masivo de secuestrados a la Unidad N° 9 de La Plata. Lecea recuperó su libertad el 7 de marzo de 1977, Vélez fue liberado el 24 de diciembre de ese año.

Oscar Martín Guidone tenía 26 años cuando fue detenido; estudiaba medicina en la Universidad Nacional de Cuyo. Vivía en Luján de Cuyo. Fue definido como un “joven con una sensibilidad social profunda, comenzó a movilizarse políticamente en la Facultad a raíz de observar las necesidades que padecían los barrios carenciados” aledaños. “Concurría a estos barrios en búsqueda de vinchucas con la intención de avanzar en soluciones contra el Mal de Chagas. En su declaración Guidone indicó que probablemente la percepción del sufrimiento de los más humildes fue lo que lo llevó a especializarse en parasitología, a la que consideró la ciencia médica de los pobres… porque son ellos quienes padecen principalmente estas dolencias”. 

Militó en el Frente Estudiantil Medicina (FEM), organización que luego se convirtió en la Tendencia Universitaria Popular Antiimperialista Combatiente (TUPAC), expresión universitaria del partido político “Vanguardia Comunista”, de tendencia maoísta. Durante su cautiverio nació su hijo y murió su padre. “Su carrera se vio truncada por la detención ilegal a la que fue sometido, aunque siguió militando políticamente luego de recuperar su libertad”, el 20 de agosto de 1978, repasó el fiscal.

Fue detenido en la madrugada del 2 de junio de 1976. Un grupo de militares con fusiles arribaron a su domicilio, redujeron a sus padres, rompieron cosas y alegaron buscar un mimeógrafo, “un arma poderosísima, como dijo Guidone”, al igual que en la casa de Lecea. Se lo llevaron violentamente, maniatado y vendado “en un camión Mercedes Benz perteneciente al Ejército, uno de los tres camiones que, junto a dos jeeps, aguardaban en la vía pública”.

Daniel Rodríguez Infante, Ministerio Público
Guidone contó ante el Tribunal: “Todavía estaba medio dormido cuando, detrás de mi mamá, que trataba de despertarme, fusiles en mano y camuflados con ropa de combate, más de diez militares -empujando y golpeando a mi madre- me sacaron de la cama con violencia e insultos. Al salir de mi habitación, en el comedor de mi asaltada casa, veo a mi padre, que sufría una crónica enfermedad, en paños menores, sentado en un sillón del comedor rodeado y encañonado por los fusiles de otros tantos cobardes milicos”.

Fue trasladado a la CCM VIII, donde estuvo hasta el 27 de septiembre de 1976, cuando fue trasladado a la Unidad N° 9 de La Plata. En ese traslado se movilizaron detenidos de la Compañía y de la Penitenciaría. “Todos fueron obligados a sentarse con la cabeza entre las piernas, con esposas en una de sus muñecas que lo unían a sus compañeros y en la otra a uno de los caños que recorrían las filas de asientos, con cadenas en los tobillos, a su vez tomadas a los caños y continuamente golpeados” repasó de los testimonios, Daniel Rodríguez.

Guidone fue golpeado y raspado con una suerte de bastón o palo en una cicatriz que tiene desde niño en su cabeza producto de una quemadura. El sobreviviente contó: “uno de los militares se puso delante mío y me puso el palo y empezó a moverlo de tal manera que la piel se me cayó.

Fue liberado el 20 de agosto de 1978, más de seis meses después de que en el marco del proceso 20.840 que se le siguió, su libertad había sido ordenada el 3 de febrero del '78, al dictársele el sobreseimiento provisorio.
Daniel Rodríguez: Semblanzas de Lecea, Vélez y Guidone


Procesos formados
A Guidone le iniciaron una causa por relacionarse con organizaciones comunistas y por contener material subversivo. Con esas acciones se pretendía dar un marco de legitimidad a las privaciones ilegítimas de la libertad. Por ese proceso se tuvo que presentar frente al juez Gabriel Guzzo -hoy investigado como cómplice del terrorismo de Estado- quien le preguntó si tenía abogado defensor... “No me dieron la oportunidad”, respondió el secuestrado.

Pero, “el carácter totalmente ilegal, ilegítimo y abusivo de la privación de libertad” no se ve cuestionado por “el hecho de que los detenidos hayan sido puestos a disposición del PEN mediante el decreto respectivo o, en el caso de Guidone sometidos además a un proceso en el marco de la ley 20.840” explicó Rodríguez. “Estos decretos no tenían otra finalidad que la de pretender maquillar de legalidad las detenciones ilegítimas y el encarcelamiento indeterminado de los opositores políticos”. Para más datos: “En los casos de Lecea y Vélez, el decreto que puso a los detenidos a disposición del PEN data del 15 de noviembre de 1976, más de tres meses después de la efectiva privación de la libertad”.

Guidone fue detenido unilateralmente por el Ejército, “quien lo puso en conocimiento de la Justicia Federal casi cinco meses después de haberlo llevado a cabo”.

El poder concentrado en la picana
El jefe de la CCM VIII era Ramón Ángel Puebla. Dardo Migno actuaba como segundo de él, regenteaba el centro clandestino de detención y torturas (CCD) que en esa dependencia funcionó y que llamaban Lugar de Reunión de Detenidos (LRD). El personal interviniente en ese CCD le respondía.
Portón Compañía de Comunicaciones de Montaña VIII -Libro Nunca Más
“Puebla fue un militar que no se expuso en el trato con los detenidos, lo cual no obsta su participación criminal en el aparato organizado de poder, el jefe de la Compañía de Comunicaciones no pudo ser ajeno a los sucesos padecidos en el propio establecimiento” señaló el Fiscal.

El doctor Pablo Salinas expuso en representación del MEDH en la causa 076M. “La CCM VIII fue un centro clandestino de detención que pudimos recorrer en el anterior juicio con el Tribunal. Allí vimos dónde fueron trasladados los detenidos y dónde se los llevaba para la tortura”, recordó. “La clandestinidad de ese centro de torturas la comprobamos al ver que con topadoras destruyeron el lugar en el que se practicaban los tormentos, un intento de hacer desaparecer todo rastro. Se notaba en los cimientos, por lo que declararon en la inspección testigos como Rafael Morán, que destruyeron el lugar porque allí se practicaba la tortura”. 

Allí, los detenidos -como Bustelo, Guidone o Martínez Bacca- “padecieron gravísimos sufrimientos ‘especiales´. Guidone recordó que a modo de burla, a Martínez Bacca lo hacían caminar gateando y le decían ‘¿sos Bacca? Entonces decí muuu’, mientras lo golpeaban. También que otro de los detenidos, al manifestar que tenía sed, fue obligado a beber en un vaso la orina de uno de los custodios. Además, eran expuestos a presenciar los tormentos a los compañeros. “Éramos como 120 allí...”, dijo Vélez ante el Tribunal.

Croquis de la CCM VIII esbozado por Vélez
Quedó acreditado que hubo un “plan criminal, y que a la CCM VIII -instalaciones del Ejército- llevaron a los dirigentes políticos de Mendoza. Al país lo dividieron en cinco zonas y en cada una había un señor feudal asesino de horca y cuchillo; como Luciano Benjamín Menéndez, un ser perverso y ejemplo de lo que fue el terrorismo de Estado”, explicó Salinas. “Las detenciones, los traslados y las retenciones en los centros de torturas, el aislamiento, todo, se hizo de manera clandestina e ilegal” agregó Rodríguez.

El Fiscal recordó sólo algunos episodios que prueban los tormentos sufridos en ese CCD: Roberto Vélez y Martín Lecea fueron alojados en celdas de aislamiento, sin alimentación, y alternadamente retirados para ser sometidos a incesantes golpizas y sesiones de picana eléctrica.

Rodrìguez repasó palabras de Vélez: “cuando me torturaron, me llevaron al mismo lugar donde lo torturaban a Martín, me colgaban hasta que los pies ya no daban en el suelo y ahí golpeaban y picaneaban...”. También el sobreviviente contó que “lo hacían correr con los ojos vendados y de esa manera chocaba con el canto de las puertas” y otras cosas. Además, el fiscal recordó lo padecido en ese antro de tormentos por Horacio Martínez Bacca; y que personas que no estaban detenidas en la CCM VIII fueron también torturadas allí, como es el caso de Pablo Seydell.

Guidone recibió golpes de tal magnitud que le dañaron el bazo; fue regresado a las barracas y sus compañeros de cautiverio lograron que fuera conducido al Hospital Militar donde el médico Dino Pradella le practicó una cirugía para quitarle dicho órgano. Permaneció hospitalizado por aproximadamente 20 días, tras lo cual fue nuevamente conducido a las barracas. Días después sufrió una nueva golpiza, en represalia por el llamado de atención que recibieron los agentes -“culpa tuya han tenido que echar a dos compañeros nuestros”, le dijeron-; luego una nueva sesión de torturas. 

El mismo exdetenido “narró que cuando llegaba el momento de los interrogatorios, aparecía gente joven, si se estaba dentro de los intervalos en que se les permitía salir a una especie de patio, los hacían ingresar a todos a las barracas, y allí venían con listas para llamar a quienes serían interrogados. Quien era seleccionado era conducido al baño, y ahí se le vendaban los ojos y se le ataban las manos a la espalda”, relató Rodríguez.

En este CCD, el 21 de septiembre de 1976 se permitió el casamiento de Guidone con Carmen Edith Prado. El acto religioso tuvo lugar en la capilla del Hospital Militar, oficiado por el capellán Rafael Rey; y el acto civil se llevó a cabo en la oficina del entonces Teniente Dardo Migno. “Máxima expresión de perversidad” valoró el fiscal, “celebrar un matrimonio oficiado por el propio capellán que diariamente conocía las torturas”.

Viviana Beigel y Pablo Salinas, MEDH
Salinas retomó palabras de Hannah Arendt: “El primer paso esencial en el camino hacia la dominación es matar en el hombre a la persona jurídica”. “Sus ideales y sus principios” agregó el abogado. “Estos espacios físicos especialmente preparados para el cautiverio, la tortura y la muerte son la verdadera institución central del poder organizador en el marco del terrorismo de Estado”. El centro clandestino tuvo el fin de “infundir el terror, está ligada a la tortura -reconocida hace un siglo como delito- y ésta siempre estuvo ligada al poder del Estado. La tortura se lleva adelante en los CCD y era seguida por la desaparición forzada de personas”.

“La tortura no ocurre porque los torturadores sean sádicos”, explicó el querellante, “es parte del aparato del Estado para reprimir a los disidentes. Concentrados en el electrodo están el poder y la responsabilidad del Estado, para imponerse”.

Rodríguez, a su vez, explicó otro aspecto sobre la configuración del CCD: “estábamos frente a un verdadero campo de concentración. Me refiero ya no, al trato que las autoridades dispensaban sobre los detenidos -aunque indirectamente se vincula a él-, sino a la disposición espacial y mecánica de funcionamiento del mismo, las cuales terminaban de diseñar una macabra arquitectura, que nada tuvo que envidiarle a los campos de concentración nazis”. “Puertas y ventanas tapiadas, cuchetas, guardias permanentes con ametralladoras apostadas en los extremos, alambres de púa” son algunos de los componentes del lugar cuya función era la de amedrentar.

Responsables
El abogado del MEDH se refirió a Primo Levi: “el poder del que disponían los funcionarios, aún los de baja graduación, era sobre todo, ilimitado. Tenían libertad para cometer las peores atrocidades”. Migno disponía de un poder sobre los compañeros detenidos en ese CCD y sobre otros subordinados. Le seguía en el mando al jefe del destacamento, Ángel Puebla.

La persecución política es el agravante a la aplicación de tormentos que se le imputan a Migno y Puebla en los tres casos. Se trata de “la acción del Estado conducente a someter a un individuo a hostigamiento, tormento, opresión, o medidas discriminatorias diseñadas para producir sufrimiento (...) por motivo de las creencias, opiniones o pertenencia de la víctima a un determinado grupo”.

Para algunos detalles en la cadena de mandos del aparato organizado de poder, Salinas trajo a colación la declaración de Roberto Vélez: “El Jefe de Comunicaciones era un mayor Ramón Ángel Puebla, después estaba Largacha (que será investigado a raíz de estas declaraciones); Pagella integraba el grupo que manejaban Dopazo (fallecido) y Gómez Sáa (con una investigación en marcha). Peralta colaboraba con Migno. Ellos eran quienes los entregaban a los torturadores y no le extraña que también ellos participaran de las torturas. Peralta era quien los ataba y vendaba. A las torturas eran trasladados por gente que tenía borceguíes y uniforme de combate, pero no los podía ver. El jefe de los torturadores era García, de la Fuerza Aérea”. Este testimonio es una prueba central, acompañado de otras declaraciones que expresan lo mismo; igual ratifican esto los cargos corroborados en los legajos de los imputados. “La atomización y la impunidad de leyes y del tiempo han colaborado para impedir la justicia, por eso sólo están aquí imputados Puebla y Migno”.

También funcionaron los Consejos de Guerra como un modo de extraer información y darle una cobertura de legalidad a las detenciones, pero sus miembros son los mismos de los organismos de la represión. En este sentido, Salinas dio como ejemplo el “Consejo de Guerra Especial Estable Nº 16” cuyo presidente era el Tte.Cnel Juan Antonio Garibotte y sus vocales los Capitanes Luis Stuhldreher (hoy prófugo), Rodolfo Largacha, Jorge Roberto García (Aeronáutica), Alfonso Menéndez”.

Calificar a los represores: Los primarios
A Migno y Puebla, se les imputó como autores mediatos a través de un aparato organizado de poder, en un rango intermedio; por privación abusiva de la libertad agravada por mediar violencias y amenazas y por haber durado más de un mes; imposición de tormentos agravada por la condición de perseguidos políticos de las víctimas por tres hechos; también por lesiones gravísimas calificadas por haber sido cometidas con alevosía -por el caso Guidone-. Todo esto en concurso real con el delito de asociación ilícita, en calidad de jefes u organizadores; delitos calificados como de lesa humanidad. El MEDH pide que se los condene por su participación primaria en el delito de genocidio. La Fiscalía expuso que los delitos deben ser considerados cometidos en el contexto del delito internacional de genocidio.

“Puebla y Migno no sólo deben ser condenados por las torturas que allí sufrieron las víctimas de esta causa, sino también por la privación de libertad que, como ya ha dicho el Fiscal Dante Vega en este juicio, no debe serles atribuida sólo por el tramo de dicha privación correspondiente a la detención de las víctimas en el CCD que ellos comandaban, sino en su duración total”, explicó el fiscal Daniel Rodríguez.

viernes, 7 de diciembre de 2012

075-M: Desapariciones de Oscar Ramos, Daniel Iturgay y Ángeles Gutiérrez. 076-M: Privaciones de la libertad de Martín Lecea, Oscar Guidone y Roberto Vélez. 077-M: Desaparición de Ramón Sosa. 085-M: Desapariciones de Nélida Tissone, Néstor Carzolio, Alberto Jamilis, Rodolfo Vera, Gladys Castro y Walter Domínguez

Prácticas habituales
06-12-2012 | La jornada estuvo cargada de revelaciones y corroboraciones respecto a todas las causas indagadas. Roberto Vélez -detenido en la VIII Compañía de Comunicaciones de montaña en 1976, una de las víctimas- abrió la etapa testimonial por la causa 076-M. Elba Morales aportó documentación al Tribunal, piedra basal de las investigaciones del MEDH; Rodrigo Sepúlveda dio un detalle técnico de la entrevista de 2004 al hoy imputado Morellato; y un testigo de identidad reservada relacionó hechos de espionaje. Olinda Narváez dio entidad a Ramón Alberto Sosa.

El papel de las anotaciones
Elba Lilia Morales, representante del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos -MEDH-, se presentó a testimoniar por segunda vez en este juicio. Tras ponerse en contacto con el Tribunal por la cesión de material documental relativo a las primeras investigaciones realizadas respecto a la represión ilegal en Mendoza, fue invitada a explicar a las partes cómo lo obtuvo y en qué consiste. El recorrido de los documentos y sus diferentes valoraciones transita paralelo a las épocas de impunidad o de avances en las investigaciones de la justicia:

“Son borradores -ni documentos firmados o sellados por autoridad legal-, fichas, anotaciones, planillas, bosquejos manuscritos que realizó la instrucción de la Cámara Federal en 1986 y 1987. Después de concluidas las Causas por las leyes de punto final y obediencia debida, nosotros continuamos las investigaciones. Desde la Cámara se nos llamó para retirar documentación que era nuestra, copias, algún libro. Con ello nos fueron ofrecidos los borradores: ´si ustedes lo consideran útiles se los pueden llevar´ -nos dijeron-, y nos los llevamos”.

La investigadora no recuerda quién le entregó el material pero sí que la funcionaria judicial Beatriz Ortiz de Guillén -entonces relatora de la Cámara- está en conocimiento de que puede tratarse de los archivos apuntados por ella. Denunció Elba: “Ya no estaban las Causas, ya se las habían llevado a Córdoba, ya no había nada que hacer. No sólo por el tiempo transcurrido sino por la situación traumática: el golpe más grande fueron las leyes de punto final y obediencia debida. Cuando se cerraron las Causas en el 87 muchos archivos se perdieron”.

“Al tiempo comenzamos a analizar y clasificar en carpetas. Con las leyes de la reparación a las víctimas de la dictadura, la información se tornó más útil para las personas. Con la reapertura de las Causas se volvió un material fundamental por los bosquejos en que se relacionaban víctimas. Por ejemplo, en la causa conocida por nosotros como la de la cestería -contra un grupo de militantes del Partido Comunista Marxista Leninista-, la Cámara trabajó un bosquejo, la unidad de esos hechos. Nosotros seguimos esa línea de trabajo, de pensamiento: ´Esto es una sola cosa´, advertimos con Carlos Venier al repasar lo unido en diagramas y flechas con los nombres de personas del PCML desaparecidas -Vera, Carzolio-. Por otro lado están las fichas, que son anotaciones escritas respecto a víctimas reseñadas en libros del D2. Las fichas adjuntadas son constancias sumamente útiles, de puño y letra de esas indagaciones, números de legajos, fecha de los secuestros, nombres, registros de los detenidos. Tal el caso de Bonoso Pérez por ejemplo, de quien se sabe poco y figura en los registros del D2 entre octubre del 76 y enero del 77”.

Elba explicó la metodología del MEDH: “En todos los casos de las querellas trabajadas hemos revisado esta papelería que a nosotros nos la dieron como papelería de descarte y consideramos de trascendencia, útil a las investigaciones. Siempre hemos compulsado las fichas con las planillas y adjuntado las copias de constancias de trámites, fichas, legajos. Este material es de la Cámara, no es del MEDH. Lo hemos custodiado todos estos años. Por eso lo remitimos al Tribunal. Preguntamos, nos dijeron tráiganlo inmediatamente y ahí está”, dijo señalando a los cuatro biblioratos de los cuales solicitó fotocopias legalizadas para continuar con las investigaciones.


Los sospechosos y la entrevista
En relación al secuestro y desaparición de Ángeles Josefina Gutiérrez de Moyano, se presentó un testigo que solicitó sea reservada su identidad. El testigo conocía a la víctima por referencias de amistades. Sabía de la labor docente de Angelita y que era propietaria de la florería céntrica. Su aporte consistió en haber visto en los días próximos al 20 de abril de 1977 a dos personas sospechosas en plaza España. El testigo había sido víctima días antes de un intento fallido de secuestro en el que pudo ver a algunos de los apresores. Dos de ellos son los que habrían acechado a Gutiérrez. Uno -“el colorado”-, por corroboraciones posteriores con Francisco González -ex detenido en el D2- habría intervenido en los secuestros.


“La entrevista la hice yo, la revista Veintitrés me pidió la nota, la envié y la publicaron. Fernando Morellato había hecho declaraciones a canal 9, donde hablaba de las diferencias entre la policía de antes y la de ahora. Eso motivó la entrevista y la investigación en base a su legajo, que da cuenta de que había detenido a dos personas. En la transcripción del reportaje, el mismo Morellato hace referencia a sus títulos y reconocimientos. La persona que tomó las fotos es Eva Rodríguez. En ellas se observan el grabador sobre el escritorio de la oficina de Morellato y sus ´títulos´, el 8 de mayo de 2004, en la organización Mikael”. El periodista Rodrigo Fernando Sepúlveda volvió a concurrir al Tribunal para ampliar detalles sobre la entrevista que le hizo al hoy imputado y ex policía del cuerpo de Motorizada de la Provincia por los secuestros de Oscar Ramos y Daniel Iturgay. El audio grabado “lamentablemente se perdió, conservo la transcripción en word y las fotos”.  Explicó: “la desgrabación es una práctica habitual que permite reunir los elementos datados”. Cuestionado por Ariel Civit - abogado defensor de Morellato- el periodista agregó: “Si yo hago una entrevista on the record, a la persona se le avisa. Si yo saco un grabador y queda visible, es porque el entrevistado ha dado su consentimiento”.


El mar de lágrimas
De las personas secuestradas por el Grupo Especial G78, hacia mayo de 1978, sobre el desaparecido Ramón Alberto Sosa es de quien menos fuentes testimoniales se disponen. Olinda Mercedes Narváez -su cuñada y hermana de Elvira Cayetana, su esposa-, dio un panorama sobre los hechos.

Elvira y Alberto se casaron en 1964. Adoptan una nena, Noemí Beatriz. Sosa era encargado de enristradas de ajo en la zona de Luján. Vivían en Dorrego, en un departamentito de calle Laprida, parte de la casa del padre de las Narváez donde también vivía Olinda, que los días previos al secuestro de su cuñado notó en varias oportunidades la presencia de “linyeras” en las inmediaciones del domicilio. A las 10.15 del domingo 28 de mayo de 1978, “Alberto salió por una enristrada. ´Vuelvo a las doce para hacer el asado, preparen el fuego´ nos dijo. Pasó el tiempo y no llegaba. A la noche acompañé a mi hermana a hacer la denuncia en la Comisaría 25, ´vaya a buscarlo al hospital´ le dijeron. Meses después fuimos al VIII Comando, donde un soldado le hizo muchas preguntas, si sabía que el marido andaba en política, si sabía que era montonero, que en mi casa se hacían reuniones, que andaba llevando cosas, que le decían ´Felipe´ y que lo habían matado y encontrado en los hornos de ladrillos de Las Heras. Mi hermana salió descompuesta, llegamos a la casa en un mar de lágrimas”.

Todo lo que las hermanas Narváez lograron reconstruir sobre el destino de Alberto Sosa fue en base al único aporte de un testigo presencial de los hechos, vecino de calle Adolfo Calle: “en la parada del trole -usado con frecuencia por Sosa para ir a trabajar- a la vuelta de Laprida, entre San Juan de Dios y Espejo, fue levantado por un automóvil particular. Entendimos que lo habían matado”.


Comunicaciones de Puebla y Migno
Solamente tres de las veintiocho personas por las cuales se busca justicia en el presente proceso están vivas. Uno de ellos es el militante y dirigente político Roberto Edmundo Vélez, detenido en 1976, y quien abrió la ronda testimonial en relación a la Causa 076-M. Por ella están imputados Ramón Ángel Puebla -jefe de la VIII Compañía de Comunicaciones de montaña durante la represión- y Dardo Migno Pipaon -encargado del “Lugar de reunión de detenidos”, es decir, efectivamente el Centro clandestino de detención y torturas de esa dependencia militar-, ya condenado por otras causas. Los procesamientos de Puebla y Migno -que presenciaron la audiencia vía teleconferencia desde Comodoro Py y Rosario respectivamente- están relacionados a las privaciones ilegítimas de la libertad de Martín Ignacio Lecea -fallecido-, de Oscar Martín Guidone, y del mismo Vélez, como surge de la lectura de los hechos:

El 2 de junio de 1976, Oscar Guidone, estudiante de cuarto año de Medicina fue privado de su libertad por un grupo de diez militares armados, a bordo de tres camiones del Ejército, de la casa familiar en la que vivía con sus padres en Luján. Interrogado por un mimeógrafo, Guidone fue maniatado, vendado y trasladado en uno de los camiones a la VIII Compañía de Comunicaciones de montaña, donde recibió una sesión de ablande con puñetazos de boxeo en el “Lugar de Reunión de detenidos”. A los tres días fue colgado con los brazos abiertos contra una pared y golpeado durante horas en el abdomen. Al ser regresado a la cuadra se desmayó y por insistencia de sus compañeros lo remitieron al Hospital Militar donde el doctor Linio Pradella le produce la extirpación del bazo y permanece veinte días internado. En rehabilitación fue encerrado en una celda donde se le hizo un simulacro de fusilamiento bajo amenazas de eliminar a su familia y fue atado a una mesa y picaneado durante dos horas bajo tal intensidad eléctrica que su cuerpo se contrajo y cortó las cadenas que lo mantenían ligado. En dependencias de la Compañía se le autorizó a casarse con su compañera Carmen Edith Prado, en presencia de Dardo Migno y en su oficina. También estuvieron presentes el capellán Monseñor Rafael Rey -que ofició una misa- y personal del Registro Civil. Antes de la “ceremonia” Guidone había sido vez golpeado una vez más. En septiembre de 1976 fue trasladado a la U9 de La Plata y el 20 de agosto de 1978 puesto en libertad. Su padre había fallecido en abril del año anterior.

Martín Lecea y Roberto Vélez -ambos militantes del Partido Comunista- fueron detenidos ilegalmente el 9 de agosto de 1976 en la esquina de calles Patricias Mendocinas y Echeverría de Godoy Cruz por un grupo de policías que los llevaron a la comisaría 34 de Almirante Brown -bajo órbita de la 7ma- donde fueron interrogados en relación a su militancia política. Una vez en la comisaría 7ma permanecieron tres días, en tanto se realizó un allanamiento ilegal al domicilio de Lecea. Fueron trasladados a Comunicaciones donde los golpearon y torturaron con saña. Lecea fue liberado el 7 de marzo de 1977 y Vélez el 24 de diciembre del 76, ambos previo paso por el pabellón para presos políticos del Penal Provincial y el pabellón 11 -de máxima seguridad- de la U9 de La Plata.

Denunciar el plan
“Conocí personalmente a Migno, fui prisionero en el campo de concentración que él dirigía”, señaló en la apertura de su testimonio Roberto Edmundo Vélez, sociólogo, víctima querellante, también testigo en el juicio anterior. A partir de allí hizo un exhaustivo y preciso recuento de los antecedentes de persecución política que precedieron a su secuestro; las responsabilidades de los represores de la estructura del Ejército respecto a los graves daños infligidos a él y sus compañeros; y las denuncias sobre violencia sistemática en Comunicaciones y en el Penal Provincial. “Estos hechos los denuncié hace treinta años. Lo del 9 de agosto de 1976 no es algo aislado, forma parte de una estructura que venía funcionando, una persecución política que no era nueva, un contexto de antecedentes en que se produce mi detención:

“En la etapa de terrorismo con apoyo estatal, al frente de Santuccione -jefe de Aeronáutica con control de la Policía Provincial-, el 24 de octubre de 1975 hubo un atentado con explosivos en mi casa, a las dos de la mañana. Yo trabajaba en la bodega Quirós, en Maipú. Los servicios de Inteligencia del Ejército que tenían el manejo de la zona detectaron mi presencia, lo que les era inconveniente. Me despidieron, confirmado por los dueños que eran hermanos: ´el Ejército nos exige tu salida´. El Sindicato Vitivinícola de la bodega Giol -SOEVA- resistía la privatización de la bodega. A fines del 76 asesinaron a los dirigentes Antonio García y Héctor Brizuela”.

“A mediados de 1976 -como a centenares de compañeros docentes y no docentes- me expulsan de la Universidad Nacional de Cuyo. El 30 de junio de ese año, en otro atentado terrorista con explosivos en mi casa, desmantelaron y saquearon todo, desde las cucharitas de café -que terminaron en el destacamento Almirante Brown de donde eran los policías actuantes en el procedimiento digitado desde la seccional 7ma.- hasta los pañales de mi hijo de un año. No me dejaron entrar y era mi casa. Naturalmente entré. Cuando salí me detuvieron junto con mi suegro. Ni ellos mismos tenían argumentos para mantenerme recluido, me liberaron”.

“El 9 de agosto nos detienen con mi compañero Martín Lecea, en la esquina de calles Echeverría y Patricias Mendocinas. Un jeep policial nos lleva a la Seccional 7ma. En forma separada nos negamos a los interrogatorios: ´Lo que nosotros preguntamos se los van a sacar de otra manera´, nos advirtieron. A media mañana nos trasladan a la Compañía de Comunicaciones. En ese lapso noté que conversaban con Martín, querían allanar su casa en búsqueda de un mimeógrafo. Él accede si le permiten ir con ellos. Efectivamente fue así y eso posibilitó que la familia supiese que estábamos detenidos. Hecho que luego en la tortura, algunos de los interrogadores, descalificaban como la impericia policial la noche del operativo porque la familia estaba en conocimiento. El chofer del jeep conocía a Lecea, nos trajo unas mantas y la familia se enteró inmediatamente de las detenciones. Si no, el desenlace hubiese sido otro”.

“Desde que pude hablar hasta el presente, la verdad puede cotejarse en todas mis declaraciones: Nos encerraron en los calabozos de la guardia. Dos, tres días, sin abrigo ni alimento ni agua. Aprendí a dormir parado por el frío, lo que me molestaba eran las piedritas de la pared que me dañaban la frente. Un día por un agujero vi a Martín sentado en una silla en la celda de al lado, suboficiales lo ataban, vendaban y se lo llevaban. Supuse que era la perspectiva que me esperaba. A la media hora me tocó vivir lo mismo que él. Me subieron a un camión Unimov, divisé los borceguíes y la ropa de combate, dieron varias vueltas para desorientar. Me colgaron en una pared con los pies colgando. Sin preguntarme nada -¿para qué? si sabían todo- cayeron golpes de todos lados, de muchas personas. Me tiraron dentro de un edificio, me sentía solo y muy mal. Oí una radio que aumentaba de volumen y los gritos de mi compañero. No había alternativas, me aflojé las vendas, descubrí la habitación con sangre en las paredes, intenté escapar. Logré treparme, la diagonal me daba el cerro de la Gloria. Me caí, volví a saltar, volví a caer, se dieron cuenta, otra pateadura”.

“Los tratamientos de tortura se repetían día tras día: La tercera vez, vendado y desorientado, me metí en el auto particular de uno de los torturadores. Hizo que se enojaba para justificar lo que hacían, dentro del auto me pegaban con las culatas de los revólveres, inventaban cosas y pegaban. Me llevaron al mismo lugar que a Martín. Tenemos un mecanismo en el cerebro que nos resguarda del terror, pero es necesario recordar los procedimientos más allá de lo sistemático de la aplicación de picana eléctrica: por ejemplo, dos tipos me tomaban por los brazos, ordenaban correr, lo hacían conmigo hasta que me estrellaba contra una pared o el canto de una puerta. El objetivo era trastornar la personalidad. Transformarnos en algo menos que un animal para anular la capacidad de resistencia, estos eran los procedimientos de esta gente”.

“Hubo otras sesiones de tortura, venían los malos. Pagella, que hacía el bueno, estaría mirando. Un día me trasladaron a pie hasta el barranco de Comunicaciones. Éramos 120 prisioneros en un campo de concentración perimetrado con alambre de púas y custodias armadas. Pensé que la tortura se terminaba. ´No´ -me advirtieron mis compañeros- ´acá no se acaba, nos sacan y llevan a torturar afuera´. Era la impunidad absoluta, parte del tratamiento consistía en que los otros compañeros supieran que nos llevaban. Yo seguía en el PC y funcionábamos como tal dentro del presidio. Una noche trajeron a Bustelo, lo tiraron como una bolsa de papas. Al otro día el Ángel se entrevista con Migno por la ficha de ingreso que medio nos blanqueaba. Ahí denuncia todo lo que le habíamos contado, Migno se enoja y lo castiga. Entonces yo abracé a Raúl Raconto -compañero de mi padre que estaba ingresando- e insulté al suboficial que me impedía hacerlo. Nos pasaron a la Penitenciaría con Bustelo, al pabellón 11, como jefes de la guerrilla. Vino un tratamiento diferente. Y un sufrimiento diferente también”, dijo Roberto Vélez anticipando las condiciones infrahumanas a las que fue sometido en las diversas prisiones.

Respecto a la estructura y responsables del Lugar de Reunión de Detenidos -LRD- en Comunicaciones, Vélez detalló: “Era un campo de concentración donde se torturaba gente. Para la tortura había lugares específicos y los militares tenían roles diferenciados. Migno era el jefe de todo, el que estaba a cargo nuestro, sabe que estuve en el calabozo de la guardia, sabe todo. Era un oficial joven, envalentonado, que quería atropellar el mundo. Ese oficial soberbio, prepotente, maleducado, sin consideración por la gente, nos confundió. El jefe político y militar de Comunicaciones era Ramón Puebla y su segundo era Largacha, con más mando de tropa. A Largacha lo conozco porque continuó la persecución y discriminación hasta hoy. A través de relaciones de su esposa Laura Ciancio, sigo imposibilitado de dictar clases en Ciencias Políticas”.

“Uno de los torturadores era el sargento ayudante Pagella. Pagella está en todos lados, figura en los expedientes haciendo relaciones con los familiares, manejando inteligencia en los diarios, torturando. Integra la estructura que dirigía Orlando Dopazo, otro militar que dio los nombres de su segundo, Gómez Sáa; del suboficial Viñes; y del soldado Minopio, como integrantes de su grupo de inteligencia. Pagella, que me torturó, tenía como superiores a Dopazo y Gómez Sáa; a Puebla, Largacha y Migno. El bueno del sistema era el suboficial Juan Alberto Peralta, un perverso como todos los que estaban ahí. Jugaba el rol que no podían jugar los otros porque no pegaba, nos entregaba a los torturadores que no veíamos”.

El sobreviviente estableció también planteos y denuncias puntuales en cuanto a la propia historia y a la amplitud del plan represivo:
-Pedido expreso para que la justicia federal encuentre y reintegre los prontuarios policiales suyo y de su padre. Allí constan las décadas de persecución ejercidas por parte de las fuerzas de seguridad contra la víctima.
-La policía de Mendoza no ha suministrado los listados de los colaboradores civiles. Vélez reitera el reclamo.
-A consecuencias de los servicios de Inteligencia del Ejército, en 1971 81 conscriptos del Servicio Militar en Mendoza fueron confinados en condiciones infrahumanas en La Rioja. Vélez estuvo un año desterrado en Nonogasta.
-La presencia policial represiva antes del golpe, con Santuccione como cabeza de la Policía de Mendoza, con el aval del Partido Justicialista, a través de la designación avalada por el interventor Antonio Cafiero y su ratificación consecutiva, de parte de los gobernadores interventores posteriores.
-El rol desestabilizador de Carlos Mendoza -vicegobernador de Alberto Martínez Baca-, que destacaba la necesidad de mantener a Santuccione en el cargo: “Estas presencias no sólo continuaron en dictadura, también cuando se retorna a la democracia. Santuccione fue jefe del Servicio de Inteligencia de Aeronáutica durante el primer gobierno constitucional”.
- La conversación con el torturador: “Un día me sacan las ligaduras y la venda. Se presentó Pagella y me dijo que la Aeronáutica y la Federal tenían mis antecedentes. Aeronáutica tenía mi información porque yo era militante, presidente del centro de estudiantes de la Facultad, donde estaba el hostigamiento de la extrema derecha, la CNU -Concentración Nacional Universitaria-, la Triple A -Alianza Anticomunista Argentina-, las bandas de Santuccione, la Juventud Sindicalista Peronista de Cassia. Miré a la cara a Pagella, le espeté: ´¿Qué pasó con Luis Moriñas?´ Moriñas era un estudiante de Medicina que actuaba en la Tendencia Universitaria Popular Antiimperialista Combatiente -TUPAC- vertiente de Vanguardia Comunista. Sabíamos que lo habían desaparecido. Lo sorprendí. Dijo, ´se nos escapó´. Eso prueba que a Moriñas lo torturaron ellos. Lo hicieron aparecer en Córdoba, lo mató el Ejército".
-Tras la ampliación declaratoria que hizo en la justicia militar, después de la CONADEP, Vélez manifestó a los periodistas que declaraba sólo por responsabilidad ciudadana, que no creía en absoluto en ese proceso: “Luego leo los antecedentes reunidos y me encuentro con que eran los mismos los que instruían esas ampliaciones de los sumarios y los que constituían los juzgados que sentenciaban en secreto a las personas. No me equivoqué. El oficial Hugo Alfredo Soliveres, estuvo primero en el ámbito de la dictadura y luego en democracia. Había integrado en el 77 el Consejo Especial de Guerra. Después se desempeñó como juez instructor militar. Es decir, muchas perspectivas de justicia, con esa justicia, no había”.

Roberto Vélez valoró “acaso la última vez que relate frente a una instancia así”. “Después de todo aquello, todo lo que vivo es tiempo de descuento, quiero una sociedad más justa, que haya libertad, igualdad y fraternidad. Por eso estoy acá. Yo perdono pero no olvido. Las generaciones futuras no tienen que vivir lo que vivieron las nuestras. Estos han sido padecimientos de las familias, de los amigos, de los vecinos, de una sociedad. Tanta gente que hoy no puede contar lo que vivió”.

miércoles, 16 de marzo de 2011



Audiencia del 15 de marzo

VILMA RÚPOLO, Para la libertad

Bailarina, coreógrafa, artista íntegra, Vilma Rúpolo dio un testimonio humano, con una mirada sensible sobre la terrible experiencia a la que fue sometida junto con sus compañeros. Antes que la dictadura trastocara su vida fue la aficionada a la filosofía y el periodismo (con mimeógrafo en casa), la maravillada por el Chile de Allende, la conmocionada por el brutal asesinato de Amadeo Sánchez, la militante del PRT, la amiga y compañera de Virginia “Vivi” Suárez y Daniel Moyano. Sobre este último, de cuyo paso por las garras de los genocidas casi no existen pistas acerca de dónde ni cómo fue asesinado, aportó una pista: de acuerdo a un comentario lejano, Moyano muere de fiebre, totalmente ensangrentado, contra las paredes de los calabozos del D2.

Vida y muerte en el casino

Vilma Rúpolo fue secuestrada el 1º de junio de 1.976 de la casa de sus padres en el barrio Bombal, de la cual allanarían luego hasta las baldosas del patio. Fue golpeada en el camión de traslado y empujada a una especie de casa en calle Boulogne sur mer, atrás del hospital militar. Se trataba de una dependencia del casino de suboficiales en la Compañía de Comunicaciones y Servicios, bajo custodia de los “soldaditos” Ledesma, Brione, Ríos, Montiel y Varas. Allí se encontró con un grupo de mujeres detenidas a partir del 24 de marzo, entre ellas Dora Wofart de Lucero, Cora Cejas y Bety García. Sin maltratos a las prisioneras y en condiciones aceptables (con cubiertos cuyas inscripciones rezaban “Ejército Argentino”), Vilma, madre reciente, creyó oportuno y necesario sobrevivir al cautiverio junto a Mariano, su bebé de dos semanas de vida. Por intermediación de su madre logró que dos sacerdotes intercedieran por su reclamo ante las autoridades militares. Quince días después, su hijo estaba con ella.
Sin embargo, la pasividad represora en este Centro Clandestino no abarcaría a Rúpolo, quien soportó siete terribles sesiones de torturas y vejaciones durante los interrogatorios. El lugar, más allá de las maniobras distractivas de los represores, se encontraba en las inmediaciones de la casa y la víctima lo ubicó en reconocimientos posteriores en barracas de siete escalones –hoy demolidas- dentro del predio militar. La sala de torturas fue “inaugurada” con ella, y cómo aún no disponía de instalación eléctrica, no le fue aplicada la picana. Pero sí otros tormentos y golpizas mientras permanecía colgada con alambres al techo: patadas en el vientre, bolsa asfixiante, simulacros de fusilamiento. La aplicación de tormentos duraba más de dos horas y los torturadores eran tres: según investigaciones realizadas por una compañera de cautiverio y periodista, se trataba de “Willy” Armando Carelli (sin confirmación), el sargento Pagela y Juan Carlos García (de Aeronáutica, más tarde dudoso “héroe” de Malvinas), todos al servicio de Investigaciones. Vilma volvía deshecha y hasta inconsciente a la casa, pero siempre encontraba la fuerza para sobreponerse, gracias a la solidaridad de sus compañeras y a la existencia de su niño.
El ensañamiento sufrido por la artista tiene explicación desde la lógica asesina de los exterminadores: de acuerdo a una entrevista de su madre, probablemente con Tamer Yapur, Vilma tenía como destino el D2. Pero se salvó porque estaba lleno…

Volver a bailar

Entre fines de agosto y principios de diciembre continuó su pena en la cárcel provincial. En su ingreso divisó al trío de torturadores apostados en la entrada, desafiantes. Ella llegaba con 45 kilos. Ante el inminente traslado a la cárcel de Devoto, el director Naman García le comunicó que debía separarse de su hijo de cinco meses. La madre, desesperada, exigió un recibo, una constancia mínima para aferrarse a la esperanza. Con ese “papelito” voló en el Hércules, con los militares dejando entrar “aire del cielo”, poniendo a las prisioneras al borde del vacío.
En Devoto son regadas, desnudadas y fichadas frente a la inmensa cruz de la capilla. Tiempo después sufre un infarto silente por lo que es internada en el hospital Güemes.
Al tanto de su sobreseimiento definitivo, al compás de un coro de compañeras, Vilma bailó las dos horas de recreo, porque “el arte nos ayuda a sobrevivir”. Y como “nunca olvidó nada, ni nada fue en vano” rescató la valentía de las mujeres, su solidaridad y comunicación, su organización ejemplar frente al cautiverio, como el acto de silencio pactado a las 15 horas todas las tardes, cumplido a rajatabla por 930 prisioneras.