sábado, 6 de octubre de 2012

085-M: Desapariciones de Alberto Jamilis, Nélida Tissone y Néstor Carzolio, Rodolfo Vera, Gladys Castro y Walter Domínguez

El terror inimaginable
05-10-2012 | “Sistematizaron el terror como procedimiento” reflexionó uno de los testigos -Julio Del Monte, víctima del terrorismo de Estado- acerca de la implementación del plan represivo contra la militancia a escala nacional y específicamente en relación al grupo de personas desaparecidas en diciembre de 1977 en Mendoza. En el mismo sentido aportaron su conocimiento María Inés Barbetti y Nicolás, compañera e hijo del desaparecido Alberto Jamilis. El testimonio de Rolando Domínguez permeó las consecuencias del discurso “antisubversivo”.

"Hacé de tu hijo un buen ciudadano", consigna de represores
María Inés Barbetti era compañera de Alberto Gustavo Jamilis cuando fue secuestrado en su casa el 6 de diciembre de 1977 alrededor de las 5 de la mañana. María Inés y el pequeño hijo de ambos, Nicolás -de dos meses-, estaban allí, pero ella logró que no se los llevaran.

Prestó testimonio mediante videoconferencia desde el Consejo de la Magistratura y relató que esa madrugada cuatro o cinco personas con armas largas y vestidas de civil ingresaron al departamento interno en el que vivían, en Godoy Cruz. Uno con cara descubierta de estatura mediana, robusto y de tez morena comandaba el operativo. El resto tenía medias de nylon en los rostros. Entraron al grito de “¡Gordo salí!”. Rompieron una sábana y con eso los maniataron. A ella le dijeron que preparara ropa del bebé. María Inés pidió “por dios” que la dejaran con el niño, lo hicieron, pero se llevaron a Alberto y le dijeron: “Bueno piba, hacé de tu hijo un buen ciudadano”. Los agentes robaron objetos y cuando María Inés preguntó qué harían con el marido, uno contestó que sólo le harían preguntas y en media hora volvería. Nunca más se supo de él.

Tras un llamado de los vecinos a la policía, llegaron tres efectivos. Le pidieron que fuera a declarar y ella les explicó que no estaba en condiciones de hacerlo en ese momento, con lo cual se retiraron sin más. Barbetti se fue a la casa de Paulina, hermana de Alberto, quien le advirtió el peligro de que se quede allí y la llevó a la casa de una amiga.

La pareja era oriunda de La Plata. Alberto era sociólogo y trabajaba en la Facultad de Humanidades hasta que lo dejaron cesante. Luego se desempeñó en el Registro de la Propiedad del Ministerio de Economía del gobierno de la provincia de Buenos Aires, donde también lo cesantearon, “por su ideología”. En ese organismo también trabajaba María Inés. En noviembre de 1976 fuerzas represivas lo buscaron en casa de sus padres, motivo por el cual decicieron venir a Mendoza, donde Alberto vendía hierbas medicinales de manera ambulante, según relató su compañera.

Tiempo después, María Inés supo de la militancia de Alberto, en el Partido Comunista Marxista Leninista. A los compañeros de militancia los conocía por sobrenombres, después se enteró de que entre ellos estaban los hijos de Hebe de Bonafini, “Cuqui” -Néstor Carzolio- y Nélida Tissone, a quienes frecuentaban en Mendoza -en particular recordó un último encuentro con el matrimonio en un parque en Mendoza; luego supo que desaparecieron-. También recordó a un joven que trabajaba en una cestería -Rodolfo Vera- en la cual se quedaron un breve tiempo; y a una mujer que fue novia de Jamilis, “Cristina Torti” y a su “hermana, también secuestrada en Mar del Plata”. A Carzolio, Tissone y Vera los reconoció en el álbum que le exhibieron.

Nicolás Joel Jamilis, hijo de María Inés y de Gustavo, prestó testimonio por videoconferencia. Con dos meses de edad cuando su padre fue secuestrado, presentó una reconstrucción sobre él en base a conclusiones derivadas de testimonios de amigos, compañeros de militancia e investigaciones propias. Mencionó a Ángel Laurenzano y a alguien conocido como “El tano” como parte de la conducción del PCML que delató a los partidarios de Mendoza. Una vez en la ESMA, “El Ratón” Laurenzano habría pasado a trabajar directamente con las fuerzas militares. Después, vueltas de la vida y de los años, Nicolás lo reencontró trabajando para el aparato de seguridad del empresario Alfredo Yabrán.

Un compañero de militancia de Jamilis, Jorge Moulinger -que logró escapar de la represión- es considerado por Nicolás una fuente importante para conocer cómo fue la embestida final contra los integrantes del PCML. Indicó que habría otro sobreviviente del grupo de Jamilis -quizás sea Oscar Vera- residente en Neuquén. Nicolás agregó que los dos hijos de Hebe de Bonafini fueron desaparecidos antes que su padre, que había alojado a uno de ellos. Según sus indagaciones, los militantes eran enviados a Mendoza y a Mar del Plata por la conducción del PCML con el objeto de asegurar sus existencias, con documentos falsos y casas alquiladas por la organización. Sobre los hechos dijo: “en el Partido" Jamilis "era 'El Gordo', la patota lo tenía totalmente identificado, sabían quién era, si hasta le dijeron 'Gordo', te venimos a buscar", concluyó Nicolás.

Estar en algo
Retirado de la Policía de seguridad aeroportuaria, Rolando Omar Domínguez reconoció entre los imputados a Alsides París Francisca -“vicecomodoro oficial de la Fuerza Aérea”- y repasó sus años en la función pública: ingresó a fines de 1975 a la Policía de Mendoza tras revestir en la Escuela de suboficiales, “para el Golpe” se incorporó a la comisaría 27 hasta mediados de 1977 cuando pasó a la Fuerza Aérea. Allí -hasta 1986- actuó como personal civil de la Jefatura 2 de Inteligencia. El 24 de marzo de 1976 fue la primera vez que lo mandaron a hacer servicio y patrullaje en la calle.

En relación a la desaparición de Walter Domínguez -primo hermano de Rolando- y su compañera embarazada de seis meses, Gladys Castro, el testigo se vio en apuros a la hora de puntualizar comentarios y supuestas informaciones que habría recabado para sus tíos, Osiris Domínguez y María Assof, sobre sus destinos. También, en aquel momento, sobre Osiris (hijo), el otro primo, acosado por la represión. Recordó haber estado presente en la nochebuena de 1977 en la casa de sus parientes, pero no el “fundamento” de la reunión. Según otros testimonios él habría promovido ese encuentro para recibir a Walter que -según Rolando avisó a Assof- pondrían en  libertad para esa fecha e incluso habría efectuado una llamada telefónica a tal fin. Medroso en sus respuestas al Tribunal y las partes, Rolando sólo dijo que hizo averiguaciones con su superior en la Unidad Regional Inteligencia Oeste de la Fuerza Áerea -Horacio Navarro- que le aseguró que el detenido estaba bien. El testigo adujo que “con el tiempo entendí que era falsa la pista de Navarro”, sin embargo no evaluó su gravedad ante la desesperación de la familia Domínguez.

Rolando -que dijo haber intentado algunos sondeos en vano con excompañeros policías- reveló la endeblez de sus sustentos al afirmar que supo de la existencia de los desaparecidos a través de los medios de comunicación. “Nunca tuve idea de que Walter estuviera en algo, que alguna actitud suya lo involucrara en algo como ser miembro de algo en contra del gobierno del momento”, traslució en su discurrir el pensamiento “antisubversivo” del testigo.

Sobre las funciones de su competencia en la Regional Oeste, Domínguez enumeró: “verificar las medidas de seguridad de las unidades militares, el control de sabotajes y edificios estatales ya que el Gobierno (Provincial) había sido asumido por un Brigadier; la Inteligencia en el conflicto con Chile, es decir, la recolección y análisis de información remitida a las oficinas del edificio Cóndor en Buenos Aires, sobre objetivos estratégicos, militares, poblacionales".

“Amar a mi patria y amar a mi familia”, enfatizó Domínguez entre sus valores, antes de ser “refrescado” por el juez Antonio Burad sobre el escalafón correcto de su construcción aprehendida: “Dios, patria y hogar”. El testigo se conmovió.
Puñetazos al corazón
Julio César Del Monte es licenciado en Ciencias de la Educación y docente. Declaró ante el Tribunal en el marco de la causa 085-M. Conoció a muchos de estos militantes desaparecidos y fue amigo y compañero de huidas de la represión de Osiris Domínguez, hermano de Walter.

A mediados de la década de 1970, Julio terminaba la secundaria y militaba en el Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico (FRAP), orgánica juvenil-estudiantil que, aunque él no lo supiera a ciencia cierta entonces, estaba asociada al Partido Comunista Marxista Leninista. “Éramos chicos de 17 y 18 años con ideas de la época, de resistencia a lo que estaba ocurriendo en la patria que era la eliminación de todas las libertades, nuestro propósito era sostener y propagar con panfletos y dichos nuestra ideas. Así de simple, pero así de contundente”.

Entre las personas que supo secuestradas en diciembre de 1977, recordó a Walter Domínguez y su compañera Gladys Castro, y a Rodolfo Vera. Con ellos estuvo en un encuentro “de camaradería” en el camping de Luz y Fuerza a comienzos de 1977. “Para nosotros, que éramos chicos, ellos eran todos adultos”.

Entre los que debieron huir de la represión mencionó a Carlos y Oscar Vera -hermanos de Rodolfo-. “No sabíamos qué hacer, cómo protegernos, no teníamos más que a la familia”. También comentó de su amigo Osiris Domínguez, quien le contó lo sucedido con su hermano y su cuñada. Con Osiris huyeron a Buenos Aires (a Capital Federal y a la Costa), luego estuvieron unos días en El Chocón hasta que volvieron a Mendoza en donde decidieron no mantener contacto como modo de supervivencia. Aún corría 1978. También supo de las desapariciones de Cristina D’Amico y María Elena Ferrando y recordó a parte del grupo de militantes que estuvieron detenidos con él: Oscar y Carlos Vera, Mabel D’Amico, Verónica Roatta, Alfredo Irusta.

El 5 de octubre de 1979 a las 11 de la mañana, un agente policial interceptó a Julio Del Monte en calle Alem de la Ciudad de Mendoza -frente al Hospital Central-, le mostró una credencial de la Policía de Mendoza y le dijo que tenía que “acompañarlo”. Con otro agente lo metieron a un Fiat 1100 azul, rural, viejo y ruinoso. Ya adentro comenzaron a golpearlo y le taparon los ojos con un pulover. Cuando les preguntó adónde lo llevaban la respuesta fue “A tu muerte”. Cuando llegó a destino, en un forcejeo pudo destaparse los ojos por unos segundos, entonces vio que estaba en el patio del Palacio Policial, el D2. “Sabía, por lo menos, dónde iba a morir”.

Lo llevaron entre cuatro personas en “andas” mientras le iban pegando en el corazón. Lo “tiraron” en un sótano, lo golpearon. Luego llegó alguien que era jefe y le explicó que estaba allí “por estúpido, por insolente”. Le dijo que su padre “era ferroviario” al igual que el padre de Del Monte, con lo cual demostró tener conocimiento sobre el detenido. En la tarde lo subieron a un calabozo y allí se presentaron quienes lo detuvieron, apuntaron a su cabeza y le dijeron que se merecía morir porque a uno le rompió la campera en el forcejeo. “Fue un largo sufrimiento desde ahí”.

Sus padres fueron a averiguar si Julio estaba en el D2, cosa que les negaron. Varios días después les admitieron que efectivamente estaba allí, pero que “si se les ocurría decir algo, no iba a estar más”. La casa familiar fue allanada dos veces luego de que Julio fuera detenido.

Horas después se encontró con Carlos y Oscar Vera en el D2. Corrieron la misma suerte y compartieron la prisión, Mabel D’Amico, Verónica Roatta y Alfredo Irusta. Estuvo en el D2 hasta mediados de diciembre. Luego lo trasladaron al Penal provincial, en el pabellón 14, “derruido” en “condiciones infrahumanas” donde las torturas fueron otras: “Teníamos un régimen de castigo extremo, sólo podíamos comer algo, dormir cuando nos dejaban; no podíamos leer, salir al patio, trabajar ni jugar”. A veces iban militares -algunos ebrios- y los sacaban al patio desnudos y los denigraban. Había solo un baño sin puerta”. Incluso allí “seguimos siendo desaparecidos”. Compartió ese horror con Ciro Jorge Becerra, quien llegó “muy golpeado en la entrada” luego de haber estado detenido-desaparecido en La Plata.

El 26 de abril de 1980 Del Monte fue liberado luego de un Consejo de Guerra en el cual consideraron que “yo no era tan peligroso y me derivaron a la Justicia Federal”. Del Monte relató cómo se vivió en aquellos años del terror: “Había que ser muy prudentes en manifestarse, había restricción total de la libertad, mostrar simpatía por el Che Guevara era sinónimo de perder la vida. El terror es inimaginable, es mucho más que perder la vida. No eran personas malas, sistematizaron el terror como procedimiento”.

viernes, 5 de octubre de 2012

085-M: Desapariciones de Gustavo Jamilis, Rodolfo Vera, Gladys Castro y Walter Domínguez, Nélida Tissone y Néstor Carzolio

PCML: objetivo brutal
04-10-2012 | Por videoconferencia desde la Cámara Federal de Apelaciones de La Plata, Mabel Jamilis y Violeta Becerra dieron cuenta del cerco represivo que signó el destino de estudiantes y militantes del Partido Marxista Comunista Leninista en esa ciudad y en Mendoza, con su agudización hacia fines de 1977. La violencia sobre toda la familia Becerra y la implicancia de la Fuerza Aérea en la operatividad de la represión. 

Como su familia, Mabel Ester Jamilis es originaria de La Plata. Su hermano Alberto Gustavo y su compañera María Inés Barbetti, embarazada, trabajaban en el Registro de la Propiedad del Ministerio de Economía en 1977 cuando “Alberto fue dejado sin actividad por el artículo 1 -abandono de sus funciones. Había recibido informaciones tales como que habían apresado a una compañera suya que él había estado adoctrinando”.

La pareja viajó a Mendoza. En el hospital Civit nació Nicolás Joel, en presencia de su tía. Aquí conoció a la pareja de Nélida Tissone y Néstor Carzolio, en cuya mimbrería Gustavo trabajaba con el “Negro” Vera, a quien Jamilis había dado resguardo en su casa. Mabel desconocía entonces la pertenencia militante de su hermano pero sí que “era de formar políticamente grupos de gente”, y cree que en Mendoza continuó su actividad. La militancia de su hermano en el Partido Comunista Marxista Leninista -PCML- la corroboró tras los hechos.

Quien enteró a Mabel del secuestro fue Paulina, la otra hermana Jamilis, que le narró lo vivido por Barbetti: “entraron -a la casa de la pareja-encapuchados, de civil y armados, se llevaron a Alberto la madrugada del 6 de diciembre de 1977, Mary pidió que no la llevasen, le dieron los pesos de la billetera de él y le dijeron ´esto es para vos, para que críes bien a tu hijo´; ella tomó al bebé y se lo llevó a casa de Paulina, si no estaríamos buscando otro chico”, dijo Mabel. “A mi hermano no sabíamos en qué lugar buscarlo, como no sabemos hasta el día de hoy adónde se lo llevaron”, remarcó.

Ningún lugar en el mundo
“La situación en La Plata era muy complicada” enfatizó varias veces Violeta Anahí Becerra Issa, que estudiaba en esa ciudad al momento del golpe de Estado y conocería a partir de entonces allanamientos, persecuciones y secuestros en carne propia y en torno a toda su familia. Su hermano Ciro Jorge -estudiante de geología- y su compañera Susana De Miguel -estudiante de biología-, ambos militantes del PCML, buscaron refugio en Mendoza, primero en casa de los padres de Becerra y después en un alquiler cerca de Luján.

El 22 de diciembre de 1976, Jorge Becerra -enyesado por una fractura en su pierna- fue rodeado en la camioneta de su amigo Rodolfo Vera por policías de la Provincia. Jorge -que estuvo detenido hasta fines de 1980 en diversos Centros clandestinos y prisiones- contó a Violeta en las visitas que ella le hizo, que la tremenda tortura a la que fue sometido durante los interrogatorios tenía relación con que en la camioneta encontraron panfletos de Montoneros, organización a la que no pertenecía.

El día siguiente al secuestro de Jorge, los padres de Violeta “sacaron a Susana y Federico -de cuatro meses- de la casa que ocupaban, a la noche el inmueble fue ametrallado, los muebles un colador”. Para el año nuevo de 1977 Susana y su hijo habían escapado a Neuquén, junto a “Elsi” -Elsa del Carmen Becerra, también hermana de Violeta, también desaparecida, también del PCML-. Después estuvieron a mediados de ese año por unos meses cobijados por Gladys Castro y Walter Domínguez y en septiembre retornaron a Buenos Aires, por la costa -Mar del Tuyú-. De Miguel consiguió salir del país en mayo de 1979.

Violeta, en conocimiento de la persecución que en La Plata y en Mendoza sufrieron los miembros del PCML, añadió los nombres de Néstor Carzolio, Nélida Tissone y de María Cristina D´amico, entre las víctimas de la cacería. Como ya había señalado en su testimonio del juicio anterior en relación a la Causa por la desaparición de Jorge del Carmen Fonseca, Becerra destacó que era él “quien acompañaba los movimientos de la gente”. En diciembre de 1977, Violeta -por intermedio de una compañera de su hermano Jorge- tenía estipulada una cita con su hermana Elsa y otro compañero, pero el encuentro se frustró, presumiblemente a raíz de las caídas en Mendoza. Violeta une esta serie de secuestros con la que se produjo un mes después -entre el 21 y el 26 de enero del 78- en el barrio de Colegiales en Buenos Aires, donde “chicos del PCML de La Plata fueron secuestrados en Capital, entre ellas Elsa, secuestrada por un operativo de fuerzas conjuntas, en un departamento en Colegiales, en medio de una crisis de nervios, con dos compañeros que lograron escapar”. La testigo aportó que Gabriel Miner -mendocino en relación con la militancia y secuestrado en alguno de ambos operativos grupales- supo que Elsa estaba en el Centro clandestino “El Banco”, de Capital Federal.

“Toda mi familia, mis otros hermanos también, tuvimos que movernos, incluso mis padres sin estar en ninguna organización”, dijo Violeta, que recordó su propio secuestro, cuando estuvo refugiada en Tupungato: “la finca fue allanada por un operativo en el que estuvo involucrado el Ejército, pero empezó por la policía departamental”.

Acerca de las secuelas de la violencia ejercida sobre su hermano Jorge, exiliado durante ocho años, fallecido en 2006, denunció: “el secuestro enyesado, la tortura, la picana, agravaron su salud, en Sierra Chica contrajo el mal de Chagas que agravó un problema por el cual estaba en tratamiento desde los doce años, le generó una lesión cerebral, convulsiones y descomposturas, su corazón no aguantó”.

María Ragusa también testimonió en relación a la desaparición de Rodolfo Vera. La mujer, en diciembre de 1977, vivía contigua a la mimbrería de donde fue secuestrado Vera, al 1164 de Dorrego. La casa natal de Ragusa hace esquina en calles Dorrego 1136 y Luzuriaga 911.El salón tenía entrada por Dorrego, Ragusa nunca ingresó. No recuerda quién vivía al lado cuando ingresaron los militares.

Precisó con detalles el vecindario y el clima de la época pero no recordó los hechos que se investigan. Del secuestro, dijo, se enteró por el almacenero del barrio, Oscar Cortez. El único procedimiento que recordaba por aquellos años fue el allanamiento nocturno del Ejército a su domicilio, “nos agarraron dormidos, revisaron la casa sin encontrar nada, tampoco nos dijeron qué buscaban. Estaban armados y tenían ropa de militar”, dijo Ragusa.

Por otro lado contó que su hijo trabajaba en el corralón de Canela, ubicado en  Remedios Escalada y Tucumán de Dorrego, y que supo del procedimiento en el que fue asesinado Francisco Urondo, secuestrada  Alicia Raboy y sustraída la hija de la pareja,  Ángela Urondo.

Fe de erratas: Violeta Anahí Becerra aclaró un  dato erróneo publicado en relación al testimonio brindado por Agustina Corvalán de Vera sobre el secuestro de su hermano, Ciro Jorge Becerra. Constatado el equívoco en la edición de la crónica, en efecto realizada por este Blog -y con las disculpas correspondientes-, aclaramos que ni la señora Corvalán ni la lectura de sus declaraciones anteriores ante la justicia dan cuenta de lo que se publicó. Que haya sido involuntario no quita la responsabilidad de rectificar y hacerlo público.

Rutinas de la Fuerza Aérea
Daniel Ulises Domínguez, primo hermano de Walter Domínguez -secuestrado con Gladys Castro, embarazada de seis meses, el 9 de diciembre de 1977- y de Osiris Domínguez, hizo el Servicio militar entre enero de 1977 y marzo de 1978 en la IV Brigada Aérea, donde estuvo asignado a la jefatura de Brigada de la sección “Órdenes”, bajo la Compañía “Servicios”.

Ulises supo de los secuestros por sus familiares: “Walter había desaparecido, mis tíos estaban buscándolo, hablábamos del tema sin saber qué le podía haber pasado”, comentó y aseveró reticente no haber realizado averiguaciones sobre sus destinos. Luego, ante las inquisitorias del Tribunal y de las querellas, dijo que quizás haya hecho alguna consulta ante un superior; y agregó que en una rutina otro soldado le comentó “vi a tu primo -por Osiris, en fuga tras constatar el operativo en la casa de Walter- con mi viejo allá en su finca, al Este de Barrancas, Maipú”. Ulises reconoció que en la época y en ese ámbito, oyó hablar de “la lucha antisubversiva” pero que no la relacionó con la desaparición de su primo hasta tiempo después.

Acerca de Rolando -su hermano- quien según María Assof -su tía-, la conminó a disponer los preparativos para recibir a Walter y Gladys para la Nochebuena del 77 porque “los iban a largar”, dijo “teníamos una formación cerrada, había cosas que no hablábamos”. Rolando ingresó a la Policía de Mendoza en noviembre de 1975, donde estuvo un tiempo en la comisaría 27 de Villa Hipódromo. Luego continuó su carrera en la Fuerza Aérea -mientras Ulises cumplía la conscripción- y revistió en la Regional Oeste.

Patricia Santoni por Fiscalía, Romina Ronda y Diego Lavado por las querellas, y González Macías por el Tribunal, condujeron el testimonio para que Domínguez aporte su conocimiento sobre el funcionamiento de la Fuerza Aérea. Estaban las Compañías de Servicios, que ocupaba el ala sur del predio; Policía Militar y COIN -"Compañia contra insurgencia"-, que se repartían el ala norte del predio. Sobre la última explicó: “eran las comisiones de soldados primeras en salir ante los conflictos, conscriptos que salían en camionetas Ford azules y cúpulas de tela -´guerrilleras´- donde entraba media docena de personas".

De la “Regional Oeste”, el testigo comentó: “era la sección vinculada a actividades de inteligencia con sede dentro de la Brigada, integrada por divisiones de Inteligencia de cada una de las Fuerzas Armadas.
Ulises afirmó la existencia de llegadas y salidas de aviones Hércules y aeronaves más pequeñas. Luego lo relacionaría con el traslado de prisioneros. Recordó la situación por la cual un piloto de un Hércules arribado a Mendoza hizo que se apresara por 24 horas a todos los conscriptos porque le habían robado su arma. Luego se enteraron de que eso lo hacía en todas las Bases.

Acerca de Campo Las Lajas como punto de enterramiento, Ulises aseguró que la IV Brigada tenía allí un puesto de guardia con personal militar, campo de tiro y combate. Las guardias, el relevo de turnos, en Las Lajas, eran función de la sección “Órdenes”.

viernes, 28 de septiembre de 2012

085-M: Desapariciones de Gladys Castro y Walter Domínguez; y de Rodolfo Vera. 053-M: Desapariciones de Adriana Campos y José Alcaráz; sustracción de Martín Alcaráz

El círculo militar
28-09-2012 | Se escucharon los testimonios de María Pérez, que aportó que las secuestradas embarazadas eran llevadas a un asilo de la Sociedad de Damas de la Caridad; y de Sigifredo Mitre -vecino de la mimbrería de donde fue secuestrado Rodolfo Vera. María Domínguez volvió a presentarse en el Tribunal por el destino de su nieta o nieto.

Vigilia en espera de los Juicios. Gentileza: Colectivo "Chacras para todos".

“Mujer de militar”
María del Carmen Pérez, ex esposa de Juan Antonio Fernández -militar que en el año 77 integraba el cuerpo del VIII Comando de Infantería de Montaña-, fue citada a raíz de una confesión que le hizo a María Assof de Domínguez. Había pasado poco tiempo de los secuestros de Walter Domínguez y de Gladys Castro, cuando Pérez le contó a María que su marido conocía que “a las delincuentes subversivas embarazadas se las llevaban al asilo Monseñor Orzali y que sus hijos eran dados en adopción”. También le contó que Gladys había dado a luz a un varón.

Ambos datos fueron soslayados por la testigo que habló de sí como “mujer de militar”, no obstante la lectura de las declaraciones que hizo en 1985 ante el juez de instrucción militar y en 2006 ante el juez federal. Luego de escuchar los expedientes, Pérez recordó también que su ex pareja le relató que a ese asilo “llegaban mujeres de todos lados”.

Debido al rumbo de la declaración, por pedido del MEDH -Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos- y de la Fiscalía, la mujer fue enfrentada a un careo con María Assof de Domínguez. En esta instancia de esclarecimiento se conoció que aquella conversación entre ambas había sucedido en la vía pública y por iniciativa de Pérez -inicialmente la testigo dijo que María Assof la había interrogado en su domicilio. Acerca del hijo o la hija de Gladys y de Walter, Pérez negó los dichos y agregó que no tenía ningún conocimiento de los operativos que hacía el Ejército aunque contó que había una relación cercana y encuentros familiares con Mario Ramón Lépori -fallecido ex general, imputado en el anterior Juicio-, Ramón Ángel Puebla -imputado en el actual proceso- y "Pintos".

María del Carmen Pérez también fue consultada por la desaparición de Adriana Campos y José Alcaráz. Dijo que tuvo conocimiento por la abuela de Adriana, cuando ésta la consultó creyendo que podía aportarle alguna información. Ni por aquel entonces ni en la actualidad María del Carmen se supo en condiciones de brindar datos que quiebren el pacto de silencio. Las respuestas pueden encontrarse en esa compleja categoría de “mujer de militar”.

La fundamentación por las partes acerca del careo de Domínguez y Pérez se efectuará en la etapa de alegatos. La resolución sobre la incidencia del mismo queda a cargo del Tribunal.

María del Carmen Pérez

“Se llevaron al gordo”
Sigifredo Horacio Mitre tenía un café bar en la calle Dorrego, cerca de la mimbrería de la que fue secuestrado Rodolfo Vera. Lo conocía sólo de vista. “Se lo llevaron al gordo” fue el comentario que le llegó en la despensa del barrio, que estaba ubicada exactamente enfrente de la mimbrería, la mañana siguiente al secuestro. Dijo que la noticia no se extendía más allá de esas pocas palabras, “en esa época nadie arriesgaba una palabra, todos nos imaginamos que se lo llevaron y lo desaparecieron como era común en ese tiempo”. Relató que en su intento de conocer algún otro dato recurrió al destacamento policial que está sobre calle Dorrego a pocos metros de la mimbrería, pero todo terminó en las palabras del oficial de turno: “no se nada, no te metás”.

Mitre agregó que a Rodolfo se lo veía en el domicilio con una mujer y que delante de la mimbrería -en la casa que daba a la vereda- vivía una familia de apellido Getani. También dejó en claro a quiénes se referían los vecinos y él cuando hablaban de los secuestradores, “los mismos que desaparecían a los demás: Policía, Gendarmería, el Ejército”.

085-M: Desapariciones de Gladys Castro y Walter Domínguez

Búsqueda y relato
27-09-2012 | Los testimonios de María Assof de Domínguez -referente incansable de la lucha de las Madres- y de su hijo Osiris, dieron cuenta de las desapariciones forzadas de Walter Domínguez y de Gladys Castro -embarazada al momento del secuestro- en diciembre de 1977. Aportes sobre el operativo a escala nacional contra los partidarios del PCML, con Mendoza, Mar del Plata y el Sur del país como focos de la represión. Beatriz Ortiz, testigo clave para entender cómo investigaban y actuaban los grupos de tareas.
Elisa Moyano, hermana del desaparecido Salvador Moyano, en el acto del 27 de septiembre a 36 años de su secuestro. Colocación de una cerámica en su memoria en su domicilio de Guaymallén.

Las novelas del terror
“Cada expediente era una novela de terror y yo leía cinco expedientes por día. Es muy difícil trabajar en esto si no hay respuesta”: tal la carta de presentación de María Beatriz Ortiz de Guillén, testigo de contexto aportada por la querella del MEDH -Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos. Oriunda de San Juan, Beatriz recaló en Mendoza en agosto de 1986 para desempeñarse hasta abril del año siguiente como subsecretaria administrativa de la Justicia Federal en la Sala B de la Cámara de Apelaciones presidida entonces por el hoy ex juez destituido Luis Francisco Miret. Como vocales fungían otros actores vinculados a la impunidad como Eduardo Mestre Brizuela (San Juan) y Antonio Endeiza (San Luis). “Íbamos al D2 -Departamento de Investigaciones de la Policía Provincial- con Mestre Brizuela y Endeiza para que nos abrieran los archivos”, contó Ortiz designada como relatora para investigar los crímenes de lesa humanidad cometidos en San Luis y en Mendoza. El objetivo era “determinar dónde había terminado la cosa, hacer análisis sobre los destinos de los desaparecidos, hice un diagrama grande e iba pidiendo los libros de las comisarías y del D2. En el primer piso encontramos que había un archivo paralelo en otro armario, que provenía de los legajos apuntados con las iniciales O/P -orden político-, que indicaba dónde había estado la persona, cómo había sido el camino, con quiénes se relacionaba. Los expedientes instruidos por la justicia militar eran chiquitos, no se había investigado nada, llegaban sin los habeas corpus presentados. En los libros de novedades de las seccionales policiales advertí que los operativos (horarios de salida y regreso de personal y móviles sin consignar destinos) coincidían con las fechas de los secuestros, sobre todo entre 1976 y 1978”. La relatora hacía sus anotaciones en base al libro de sumarios del D2 o a los libros de las comisarías, “luz verde o luz roja, según intervinieran el Ejército o la Policía”.

Con prestancia y metodología, Beatriz recordó entre los archivos políticos del D2 a algunos de los desaparecidos por los que se busca justicia en el actual proceso: Ángeles Gutiérrez de Moyano, “la señora que tenía una florería en calle España, hacía obras de beneficencia, aparecía como que lo que había hecho mal fue estar en una reunión con una persona luego desaparecida y haber trabajado en la Casa Cuna”; Miguel Poinsteau, su nombre subrayado en el libro; Roberto Blanco Fernández, al que reconoció tras acceder al archivo fotográfico: “Blanco fue por un trámite al Palacio Policial, no salió más, alguien que lo había acompañado se quedó afuera esperando”.

Otros nombres de desaparecidos anotados por Ortiz en su planilla son los de Koncurat, Bonoso Pérez, Rafael Olivera, Sedrán de Carullo, Aníbal Torres y Jorge Vargas Álvarez. Sobre Vargas dijo: “era sanjuanino, llevaban a su hija mayor a ver las torturas que le infligían al padre. Su pareja era hija del defensor público de San Juan. A los dos años -del secuestro- leí que esa niña tomó el revólver de su abuelo y se disparó frente a un espejo”. Sobre las detenidas embarazadas recordó su mención en los archivos pero no se investigó respecto a los nacimientos en cautiverio. Entre las fotografías que vio hace más de veinte años se le grabó la de “una mujer -en situación de prostitución, detenida- en la escalera del D2 que conducía a las celdas”.

Ortiz agregó conocer otros expedientes impactantes entre el archivo. Uno de ellos referido a la ´justicia militar´: “Las causas 20840, eran una cosa increíble, traían a varios detenidos con los ojos vendados y ponían libros atrás, rodeados de gente apuntándoles, les sacaban la venda y les preguntaban ¿esto es suyo? y decían sí, entonces esto está probado y condenaban a todos”. Otro caratulaba el hallazgo de más de treinta cadáveres -nunca identificados- en el dique El Carrizal tras un drenaje hacia 1986 -presumiblemente arrojados desde aviones- con tachos de cemento en los pies”.

Antes que la investigación de la Cámara fuera suspendida en 1987 “por las presiones carapintadas”, se alcanzó a indagar a algunos responsables del D2, del Comando de Infantería y del Liceo militar, todos centros clandestinos de detención “dónde dirigían a las personas a las cuales no desaparecían inmediatamente”. En particular, Beatriz recordó la declaración del ex jefe policial Sánchez Camargo, “era terrible, como si estuviera muy enojado por estar ahí”; y la decisión de detener al capitán Plá. Aquellos escasos meses de investigación permitieron que la testigo pueda hoy afirmar la activa participación del D2 en la desaparición de personas y la coordinación represiva entre las fuerzas de seguridad y la complicidad de la Justicia federal.

“Nunca supe qué fue de la documentación que logré colegir antes de mi renuncia. Puedo decir que todas esas cosas quedaron en un armario en el primer piso de Tribunales Federales, en una oficina grande. Dos años después leí en Los Andes que se habían quemado muchos archivos, me quedó la sensación de que había sido parte de esa documentación. Pasaron algunos años cuando me di cuenta del valor de esas investigaciones, las busqué y no encontré nada”; dijo Beatriz, que añadió “mi psiquis, mi carga personal, no admitían más cosas”. La claridad y validez de su exposición ante un Tribunal de la democracia demuestran que nada de lo que puso en juego fue en vano.

Los pañuelos son la vida

A las tres de la mañana del 9 de diciembre de 1977, cuatro hombres encapuchados y armados -uno de ellos al frente del grupo, con barba y bigotes postizos- irrumpieron agazapados en el hogar del matrimonio conformado por María Assof y Osiris Domínguez. Encañonado en la sien interrogaron a Domínguez acerca de Osiris y Walter -hijos de la pareja. “Mi marido quedó petrificado hasta la madrugada, tras la inspección total que hicieron de la casa, incluso quitando la pastilla del teléfono para incomunicarnos”, dijo María en su testimonio. Al levantarse y salir tras sus paraderos, fue anoticiada por el dueño de la casa que Walter alquilaba en Luzuriaga 84 de Godoy Cruz con su compañera Gladys Castro -embarazada de seis meses- que el domicilio había sido violado, revuelto y saqueado. María  entendió que “habían secuestrado a mis dos hijos varones, no tengo nada más, dónde iba a buscarlos, qué iba a hacer, pensé que era la única a la que le había pasado algo así”. Por los vecinos supo de la participación de la policía en los secuestros de la pareja. La lectura de la constancia de denuncia radicada por su marido ante la comisaria 31 y los comentarios de vecinos de Walter dan la pauta de que el modus operandi y los grupos de tareas actuantes en ambos operativos hayan sido los mismos e incluso que su hijo secuestrado haya sido conducido esa noche hasta el domicilio de sus padres.

Osiris Rodolfo Domínguez -el hijo mayor de María-, trabajaba para esa época en la empresa Pescarmona -dirigida por agentes de la Marina- y era "simpatizante" del Partido Comunista Marxista Leninista, por lo cual no tenía tanto involucramiento como su hermano, según relató. Entre las personas que conoció esos años mencionó a Rodolfo Vera, Néstor Carzolio, María Elena Ferrando, los hermanos Elsa y Jorge Becerra; y a Jorge Fonseca. Casi todos permanecen desaparecidos. "En un mes, mes y medio, levantaron a todos los del partido", recordó, "los de acá, los de Buenos Aires, los de La Plata, fue una cosa bien diagramadita". Osiris ratificó y completó datos aportados por su madre. Así, comentó que Walter y Gladys albergaron en un domicilio anterior al del secuestro -en Dorrego- a Susana de Miguel, compañera de Jorge Becerra -que ya había sido secuestrado-; y a Mirta Hernández, ex-esposa de Rodolfo Vera. Ambas estaban con sus hijos pequeños.

El 8 de diciembre a la tarde, Osiris visitó a Walter. Él le comentó de varios compañeros que eran detenidos o que desaparecían y que no sabían más de ellos. Esto prendió una luz de alarma entre los hermanos y Osiris le sugirió mudarse. A las seis de la mañana, Osiris salió de su turno nocturno de trabajo y pasó a ver a Walter. Cuando llegaba al domicilio, por la vereda de enfrente, vio la puerta de la casa rota y abierta e imaginó lo que había sucedido. Siguió caminando hasta el centro. Allí se encontró con un compañero: Fredy Irusta, -que se presentó este año en el Juzgado y prestó testimonio sumado a la causa-. Irusta lo contactó con Oscar Vera -hermano del desaparecido Rodolfo- y comenzó el peregrinar para sobrevivir. Estuvo cerca de dos meses en una finca en Barrancas, luego se trasladó a Buenos Aires. Primero se radicó en San Clemente del Tuyú, junto a militantes que también huían de Mendoza -entre ellos Cristina y Mabel D'Amico, Mirta Hernández y su hijo; Carlos Vera y Julio Del Monte. Semanas después, esa casa se tornó peligrosa y se trasladaron a Mar del Plata. A fines de febrero "cayó" uno de los departamentos en manos del terrorismo de Estado. Se dispersó el grupo y Osiris tomó camino hacia Neuquén, con Del Monte. La fuerte presencia militar en esa provincia los llevó a cambiar de destino y regresaron a Mendoza. No volvieron a verse más. De vuelta en la provincia, Osiris pudo juntarse a hablar con sus padres. Luego partió hacia Córdoba y se radicó, finalmente, en Oncativo.

Osiris recordó lo sucedido con su primo Rolando Omar Domínguez, quien trabajaba para la IV Brigada Aérea y -según presume con certeza- para el departamento de Inteligencia que funcionaba en Alberdi y carril Godoy Cruz de Guaymallén. Para la navidad de 1977, el sobrino militar le dijo a María Assof que "prepare comida" porque iban a soltar a la pareja, cosa que no sucedió. Tiempo antes había referido solaz a María el operativo en el que “paseaban” a un chico detenido. Rolando no volvió a referirse a eso y se desligó de la situación. Por la pertenencia militar de Rolando, Osiris sospecha que el grupo de tareas que se llevó a su hermano y su cuñada debía pertenecer a la Fuerza Aérea.

“Desgraciadamente cada vez éramos más madres buscando a nuestros hijos”, recordó María e hizo presente la lucha incesante de Madres de Plaza de Mayo por la aparición con vida que impregna sus pañuelos blancos y sus voluntades. Antes había vivido la incertidumbre, la presentación de habeas corpus -sistemáticamente rechazados por el juez Gabriel Guzzo- junto a los padres de Castro por Gladys, Walter y Osiris; los anónimos con pistas falsas; las burlas de los funcionarios del Ministerio del Interior, de Videla para la navidad del 78 (“los van a poder ver”) y de monseñor Graselli, capellán de la Marina (“hay un fichero con todas las cartitas de las chicas embarazadas, están muy bien”). Sobre su nieta o nieto señaló, “tiene que haber nacido acá, en Mendoza”.

“No tuvo tiempo”, dijo María al evocar la vida que arrebataron a su hijo: “de chico le gustaba el bailecito, la ropa limpia, después cambió cuando entró a la facultad de arquitectura, se preocupó por lo social, se interesaba por el otro, lo que hacía no era nada peligroso pero sí para el sistema”. 22 años tenía Walter, 24 Gladys, su compañera.

María Assof






Osiris Domínguez: Operativo "Escoba"


Osiris Domínguez: Probable complicidad de su primo militar

sábado, 22 de septiembre de 2012

085-M: Desapariciones de Alberto Jamilis, Rodolfo Vera, Nélida Tissone y Néstor Carzolio. Lectura Causa 053-M

Los desmadres, las madres
21-09-2012 | Los testimonios en relación a las desapariciones de seis personas -una embarazada- del Partido Comunista Marxista Leninista (PCML) entre el 6 y 9 de diciembre de 1977, que dan cuenta de las persecuciones inter-provincias, plantean que pueda tratarse de un feroz operativo a nivel nacional contra los militantes. La fuerza de las madres en contrapartida.

El secuestro de Alberto Jamilis
La familia Jamilis provenía de La Plata. A mediados de 1977, Alberto Gustavo Jamilis -sociólogo- dejó su ciudad junto a “Mary” -su compañera, embarazada- a raíz de la alerta que le dio un compañero de trabajo acerca de que “habían tomado su departamento”.
Alberto visitaba semanalmente a su hermana Paulina Delia Jamilis, que aportó su mirada. Ella desconocía su actividad política, aunque “por su manera de interpretar la historia y las cosas” considera que era “de pensamiento socialista”. Alberto sobrevivió como pintor y artesano del mimbre en la canastería de Néstor Carzolio, donde realizó el moisés para su hijo, nacido en septiembre de aquel año. Paulina supo que su hermano tuvo cierto tiempo a “un tal Vera como refugiado”.
A las cinco de la mañana del 6 de diciembre de 1977, Paulina fue sorprendida por Mary que desesperada le narró lo vivido horas antes: un grupo de ocho soldados encapuchados y munidos de linternas ingresó pasada la medianoche al domicilio de la pareja, en calle Bernardo Ortiz de Godoy Cruz. Sacaron a Alberto al patio, entre amenazas y gritos acerca de una llave. Mary quedó en la habitación con un conscripto que a cambio de que le indicara dónde había dinero, la ató sin demasiada fuerza a la cama para que pudiera irse con la criatura. Por los vecinos supo que la patota se movilizó en "un falcon y en un camión”.
Mary partió con su hijo a los pocos días. Paulina se ocupó de embalar y remitirles sus pertenencias a Bragado. María Ester, la otra hermana Jamilis, presentó el habeas corpus. Paulina conoció en 1978 a María Domínguez y otras madres de desaparecidos cercanos a su hermano. En 1978 fue citada por la Policía federal tras presentar un escrito al ministro del Interior, Albano Harguindeguy. La respuesta había sido: (Jamilis) “no tiene problemas, cumplió con el Servicio militar obligatorio”. “Antes les tenía terror, ahora los desprecio profundamente”, remarcó Paulina sobre los militares.

Viejo vecino de la calle Bernardo Ortiz, Hugo Dionisio Scaramella relató el episodio que presenció en su barrio en diciembre de 1977, presumiblemente relacionado con la desaparición de Alberto Jamilis. Una noche, cerca de la una, Scaramella oyó gritos de un hombre -“por qué me llevan, no he hecho nada”- y de una mujer. Se asomó y vio que a tres casas de la suya, dos personas arrastraban a un tercero. Los agresores vestían de civil, a cara descubierta y armados, metieron a la persona secuestrada en un vehículo color claro parado en medio de la calle. El testigo notó que había una voz de mando y que se manejaron con proceder castrense. En las esquinas permanecieron otros dos hombres apostados.


Retrato de grupo con señora
Rodolfo Osvaldo Vera, uno de los hijos de Agustina Elcira Corvalán de Vera, fue secuestrado a la una de la mañana del 6 de diciembre de 1977 en la mimbrería de calle Dorrego donde trabajaba y compartía con otros compañeros. La madre contextualizó cómo eran los días de Rodolfo: “El militaba, iba a los barrios, ayudaba a la gente, un tiempo cuidé al hijo de un compañero suyo”, hizo la facultad de arquitectura, trabajó en un estudio, pertenecía al Partido Comunista Marxista Leninista. “Sus hermanos no militaban pero eran todos muy compañeros”, dijo Agustina en relación a sus hijos.

Uno de ellos, Carlos Hugo Vera, y Mirta Irma Hernández -esposa de Rodolfo- también testimoniaron. Plasmaron entre los datos que dibujan al desaparecido y a su historia, vivencias personales ligadas a los hechos. Carlos y Mirta sufrieron la persecución en carne propia, ninguno tenía relación con el PCML. Por intermedio de Rodolfo conocieron a algunos de sus integrantes: Nélida Tissone y Néstor Carzolio, Jorge Becerra y Susana de Miguel, Alberto Jamilis y Elsa Becerra -todos provenientes de La Plata-, y también Gladys Castro, Adriana Campos, Walter y Osiris Domínguez y “Pele” (Jorge Fonseca).
Para ambos el tormento se inició con la detención de Jorge Becerra, el 23 de diciembre de 1976. La fecha marca el “paso a la clandestinidad” del matrimonio, el comienzo de una persecución incesante para la familia que desembocó en el secuestro de Rodolfo y en la huida de Mirta y un grupo de jóvenes a Buenos Aires.
Dos días después de la detención de Becerra, Rodolfo y Mirta se guarecieron en Rivadavia, en casa de una hermana de Agustina, donde permanecieron hasta mediados del 77. Luego, por motivos de seguridad, Rodolfo se ubicó en una mimbrería que el Partido tenía en Dorrego, y Mirta -con un embarazo avanzado- paró en la casa de Walter Domínguez y Gladys Castro.

Fue la madre, Agustina Corvalán, la que precisó ante el Tribunal tres episodios represivos sobre su familia, previos a la desaparición de Rodolfo:
“Un día mi hijo salió con un amigo, el chico (Jorge Ciro) Becerra, en su camioneta. Rodolfo bajó un rato, al volver notó la camioneta rodeada y se escondió, mientras se llevaban a Jorge y el vehículo”. La Jeep amarilla fue hallada en junio de 1985 en un playón entre el Palacio policial y la antigua Aduana. Según el acta de la escribana actuante, el vehículo estaba deteriorado totalmente y durante cierto lapso estuvo en circulación.
Después fueron a buscar a Rodolfo a la casa familiar -en el Barrio Argumedo, Rodeo de la Cruz-, donde estaban Agustina y su hija de quince años. Más de diez personas en cuatro camiones del Ejército invadieron el vecindario por techos y frentes, “subían por las paredes, cortaron la cuadra. El operativo fue de mañana, revolvieron todo, hasta pocearon el patio, eran militares, de una revista Labores dijeron que era el plano de no se qué”. Después se fueron.
Días más tarde volvieron en dos autos, de noche, agazapados. Esperaron el regreso de Dionisio, esposo de Agustina. Se lo llevaron y maltrataron hasta las cinco de la mañana en el D2. Según Dionisio, el operativo fue efectuado por policías.

El día del secuestro, Rodolfo estaba en la mimbrería. Carlos llegó a las pocas horas, “entraron aparentemente con llave, se habían robado hasta la mercadería”. Semanas más tarde, Mirta, sus cuñados Hugo y Carlos, Osiris Domínguez, María Cristina Damico y otros jóvenes huyeron a Buenos Aires. Deambularon por hoteles alojamiento, lugares que les ofrecían militantes del PCML, hasta que se resguardaron en Bariloche, “la gente con quien nos contactábamos iba desapareciendo” relató Carlos. En el sur el grupo fue interceptado por las fuerzas de seguridad y Carlos trasladado a Mendoza. Pasó por el D2 y luego por la Penitenciaría provincial, corrían los últimos meses de 1979 cuando recuperó la libertad.

“Se llevaban a algunos chicos, por eso teníamos miedo”, dijo Agustina. La madre presentaba los habeas corpus acompañada de sus nietas y nietos, “temblaba por las preguntas que me hacían, a partir de una solicitada por muchos desaparecidos me encontré con toda la gente que buscaba a sus hijos”. Corvalán es integrante de Madres Mendoza casi desde que comenzó la búsqueda por su hijo. Estuvo presente con Madres y otros defensores de los Derechos Humanos en 1978, durante la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos: “estábamos en la calle, la cola era inmensa, los hinchas del Mundial nos insultaban”. Tiempo antes, en pos de averiguaciones sobre su hijo, un representante de la Iglesia Católica le dijo: “se debe haber ido con alguna mujer, no gaste pólvora en chimangos”. Agustina sigue su lucha. A los diez minutos de haber brindado su testimonio y su voz alta por la sordera del mundo, se sentó con el público -entre abrazos y alegrías- a presenciar la declaración que sucedió a la suya.

Agustina Corvalán: Secuestro y búsqueda de su hijo, Rodolfo Vera  


En La Plata y en Mendoza también
Liliana Tissone vivía en Berisso cuando se enteró del secuestro de su hermana Nélida y de su cuñado Néstor Carzolio. El escueto relato de los vecinos del matrimonio, el silencio, aquello de sus sobrinos maniatados y compartimentados, el secuestro de la camioneta, lo supo por su padre que viajó a Mendoza en los últimos días de 1977 para buscar a los chicos. La mujer pudo dar precisiones sobre la vida que el joven matrimonio tuvo en la localidad platense. Dijo que Néstor trabajaba en Swift y que era delegado gremial, que su hermana se había recibido de maestra con excelentes calificaciones y que sabía que ambos estaban involucrados políticamente. También aportó que Néstor tenía vinculación directa con un dirigente gremial llamado Daniel Egea y que se enteró de que Hugo Carzolio, hermano de Néstor, había llegado muy malherido al hospital de La Plata. Todos estos datos salieron a cuentagotas en medio de un relato descarnado del sufrimiento que la familia Tissone vivió en todos estos años, entre la clausura del silencio y el compromiso con la crianza de los hijos de Nélida y Néstor.

Jorge Rodríguez efectuó la denuncia por la desaparición del matrimonio Carzolio-Tissone. Vivía con su esposa Hilda Abraham y Lucía Tomás -abuela de Hilda-, en la casa colindante a la de la pareja secuestrada. Se enteró del hecho por su esposa y fue ese relato el que expuso en la dependencia policial. Sobre el acto puntual aportó de relevante que en aquella casa sólo vivía el matrimonio con sus hijos y que era común ver a un muchacho que se movilizaba en una moto Zanella. Se supone que éste haya sido Jorge Fonseca.
Las querellas investigan, el Tribunal avanza, un imputado desafía
Una vez hecha pública por Secretaría la incorporación de prueba documental referida a la Causa 077-M, la audiencia había iniciado con la lectura de los autos de la Causa 053-M. Dicha causa indaga las privaciones ilegítimas de la libertad y desapariciones forzadas de la pareja integrada por Antonia Adriana Campos y José Antonio Alcaráz; y la sustracción de Martín Antonio, de diez meses de edad, hijo de ambos. Antonia y José fueron secuestrados la madrugada del 6 de diciembre de 1977 de su domicilio de calle Gualberto Godoy, en Godoy Cruz. La vivienda fue saqueada. A las 24 horas de producidos los hechos, el niño fue dejado en la puerta de la casa de sus abuelos maternos. Un año y medio antes, la familia había recibido la primera embestida: María Silvia -estudiante de 23 años, hermana de Antonia- fue desaparecida tras un operativo en el que miembros de seguridad irrumpieron en casa de sus padres.
Esta serie de secuestros se relaciona con la Causa 085-M que investiga las desapariciones en diciembre del 77 de otros partidarios del PCML. Está acreditado que en los casos de Alcaráz y Campos intervinieron miembros del D2 y que estuvieron detenidos en ese centro clandestino. Los imputados son Paulino Furió, Juan Garibotte, Alsides Paris, Ricardo Miranda y Aldo Bruno.

Las conexiones entre Causas y la responsabilidad de los “elencos estables” entre los represores se hace cada vez más evidente. En ese sentido, Viviana Beigel, Pablo Salinas y Diego Lavado, representantes por la querella del MEDH, suponen que la caída de los militantes del PCML está vinculada a un operativo nacional contra esa organización fechado entre el 6 y el 7 de diciembre de 1977 y que tuvo como saldo 70 desaparecidos.
En la misma dirección, la abogada Romina Ronda, representante por el Gobierno de la Provincia, pidió sumar como prueba el Legajo Conadep y las “Novedades de parte de guerra" de la Unidad Regional 4ta, donde se consigna como positivo el procedimiento a cargo del mayor Garibotte en el domicilio de Dionisio Vera, el 7 de abril de 1977 a las 22hs.

Finalmente, Antonio González Macías, presidente del Tribunal, solicitó al acusado Fernando Morellato “no tener contacto con el público”. En este sentido enfatizó: “Es la segunda advertencia, no queremos que haya hechos que provoquen decisiones más fuertes”. Incidentes en las escalinatas fueron los que originaron la amonestación.

viernes, 21 de septiembre de 2012

077-M: Desapariciones de Juan José Galamba, Gustavo y Mario Camín, Margarita Dolz y Raúl Gómez. Causa 085-M: Desapariciones de Néstor Carzolio y Nélida Tissone

Compromisos por la verdad
20-09-2012 | Cuatro testimonios claves se conocieron en relación a las desapariciones forzadas de grupos de personas en diciembre de 1977 y mayo de 1978. Sobre Juan José Galamba, Sonnia De Monte trazó el recorrido del cuaderno escrito para sus hijos y resignificó los pueblos y compañeros del sur. Emilio Vernet reconoció pertinencias de los desaparecidos y otros perseguidos antes del Mundial. Dora Gordon aclaró puntos sobre los secuestros de Mario y Gustavo Camín. Hilda Abraham -que cobijó a los hijos de Néstor Carzolio y Nélida Tissone- dio detalles del secuestro de la pareja, en lo que fue el inicio de la ronda testimonial de la Causa 085-M.

Vilma Sonnia De Monte: La inmensidad de los afectos 
Escritora, actriz, docente, Sonnia nació y creció en el “monte virgen” de General Alvear, en la zona rural de Bowen. Eran pueblos donde había la posibilidad de acceder a la Biblioteca, al Centro Cultural de la zona, en espacios donde se aprendía a “compartir, a crear lazos de solidaridad, lugares especiales de gran formación intelectual y política, de acercamiento profundo entre todos”. Para anclar su historia, la de Juan José Galamba y la de “tantos compañeros del sur”, Sonnia cree “inevitable la referencia al origen y a las circunstancias del entorno”, de lo que “ya no sucede, la separación entre la gente y los afectos es inmensa, vivimos lo sufrido, la bibliotecaria sufre una tremenda soledad”.

Sonnia conoció a Juan José -oriundo de “La Marzolina”- por ser amigo de Daniel, su hermano mayor y porque se convirtió en su padrino en la escuela secundaria: ellos fueron “mis referentes, mis maestros, cuando estoy confusa son mi guía aún”, dijo.

Los hermanos De Monte sobrevivían al golpe de 1976 en Mendoza. Por pedido de un compañero de su hermano, Sonnia accedió a establecer una cita con Juan José en clandestinidad, porque portaba algo importante que tenía que proteger. El encuentro se produjo hacia marzo de 1977, en Godoy Cruz, a la vera del zanjón Maure, en las inmediaciones de calles Paso de los Andes, Lorenzini y Antártida Argentina. Lo esperó sentada en el cordón hasta que reconoció su silueta y se acercó a ella. Lo encontró mucho más flaco y con una mirada de tristeza que “no me la olvido nunca, era tan diferente a mi padrino de la secundaria”. Lo primero que él le preguntó era si estaba nerviosa. “Era una mezcla de emociones, de cariño, preocupación”. Finalmente Juan José sacó un cuaderno Gloria y le preguntó si se atrevía a llevárselo, porque era “para sus hijos, me dijo sus nombres, que Alicia estaba detenida”. Sonnia aceptó.

De la actividad de Galamba sólo supo que estaba complicadísimo, hablaron de la desaparición de José Valeriano Quiroga, otro amigo del pueblo -quien se sospecha fue desaparecido en el centro clandestino “El Vesubio”- y de Carlos Oscar Martín. Por trabajos de reconstrucción en los que Sonnia colaboró con el MEDH (Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos) y como correctora del libro “Hacerse cargo”, concluyó que para la época Galamba vivía con las compañeras Ana María del Moral -asesinada- y Gisela Tenenbaum -desaparecida-, en calle Italia de Godoy Cruz. Respecto a su lucha y su destino dijo: “Mucho tiempo trató de sobrevivir. Con él hicieron una cruel cacería”.

En 2006, por causa de una marcha en repudio al treinta aniversario del terrorismo de Estado, Sonnia conoció a Alicia Morales y sus hijos. “Respiré más tranquila porque supe que el cuaderno llegó, recién ahí lo pude leer, ellos me lo permitieron. Relaciono con el principio, con afectos inconmesurables, nada de cuestiones heroicas entre tanto horror, simplemente responder a un afecto, como a alguien de mi familia, su familia”.

De Monte, su hermano Daniel y un amigo suyo, Eduardo Caranza, fueron detenidos ilegalmente una madrugada de noviembre de 1977, en su departamento de calle México de Godoy Cruz. Fueron llevados a la comisaría 27, en un camión del Ejército, por personal de la VIII Brigada de Infantería de montaña. La casa “fue dada vuelta”. Una vez separados por celdas, llevaron a Sonnia a una oficina en donde estaba el que comandaba al personal policial, un teniente que le hizo preguntas despreciables, agresiones verbales de índole sexual y la tironeó de los brazos para ver si tenía pinchazos. Le dijo que probablemente ella y Caranza saldrían, pero no Daniel: si no tenían nada, lo iban a acusar por prostituirla. De nuevo en la celda, un policía ingresó y la amenazó con provocaciones agraviantes. A la noche fueron liberados. Tres citaciones de la 27 recibió luego Sonnia: en la primera se le presentó el oficial que la había agredido, a la segunda no fue y en la tercera -en pleno curso de inglés de los policías en vísperas del Mundial 1978- el comisario minimizó las denuncias de la joven.

Las amenazas sufridas por su familia no cejaron hasta hoy. Sonnia repasó el lejano llamado telefónico anónimo recibido por sus padres, que decía que ellos estaban detenidos. Su padre logró que el operador le diera el origen del llamado: la vecina Nelly Emilio, delegada municipal hasta no hace mucho tiempo en Bowen. “Con el terror espantoso crecimos todos, pero sobre todo mi hermano menor. La persecución ideológica en los pueblos chicos, por portación ideológica es muy fuerte”. Por último agregó que Fernando Enrique De Rosas –instructor del Centro de capacitación contrasubversivo en 1978- y su esposa, la increparon en su lugar de trabajo en 2011.

Último encuentro con Juan José Galamba

Persecuciones





Dora Gordon: Los cuentos
La doctora Gordon, madre de Mario Camín y ex esposa de Gustavo, asistió con 91 años a testimoniar por sus desapariciones. El Tribunal resolvió dar lectura de las sucesivas denuncias y declaraciones efectuadas por la testigo ante la Justicia Federal y la CONADEP. De ello Gordon ratificó:

Mario y Gustavo fueron secuestrados la noche del 22 de mayo de 1978. Primero su hijo -que había salido en auto rumbo al cursado nocturno en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN)- e inmediatamente después -hacia las 22:30 hs- Gustavo, en el departamento allanado y saqueado de calle Patricias Mendocinas. Dora supo lo sucedido por una empleada suya y por Ana María Del Olio. Días posteriores un llamado anónimo de un estudiante de la UTN le informó que cuatro personas abordaron a Mario en la playa de estacionamiento de la Facultad, dos se lo llevaron en un vehículo y los otros se fueron en el R6 hacia el departamento, presuntamente tras el padre. “Al auto se lo llevó la policía. Como a las cosas de valor, se repartían todo, se repartían los hijos”, señaló Dora, que también aseveró que un sobreviviente del D2 habría visto a Mario en ese centro clandestino. En 1985 Gordon declaró que el anónimo no había sido tal, sino que la llamada telefónica la hizo Alberto “Cholo” Monserrat, testigo junto a Horacio Liendro del secuestro en la UTN.

La búsqueda de la mujer estuvo desde entonces entorpecida por mentiras, pistas falsas, “cuentos” y abusos de agentes de la represión y de civiles tras su dinero. Mario “Gordo” “Calefón” Ferri -ligado a las esferas militares- traía “buenas noticias” a los familiares en 1979: los Camín estaban “en La Plata, próximos a disponibilidad del Poder Ejecutivo Nacional”. El funcionario del Ministerio del Interior, Eduardo Manolio, le confirmó el “dato” a través de un listado de sobrevivientes. El Comandante Julio Francisco Sosa dijo a Dora: “los tenemos, están en Córdoba, en La Ribera o en La Perla”. En la Compañía de Comunicaciones, el sargento Eduardo “Bomba” Romero le insinuó que ambos estaban muertos. “Jugaban con la desesperación”, resumió Dora.

Emilio Vernet: Desde adentro
Vernet prestó testimonio en el marco de las indagaciones por los secuestros y desapariciones de Gustavo y Mario Camín, Margarita Dolz y Raúl Oscar Gómez. Ex-estudiante de la UTN, fue compañero y amigo de Juan José Galamba -con el que confluyeron acercándose en la Juventud Universitaria Peronista (JUP)-, Margarita Dolz, Alfredo Escámez, Gisela Tenenbaum, Alejandro Dolz, Osvaldo Rosales, Daniel Romero, Ignacio Mamaní, Víctor Hugo Herrera: “pasamos hermosos momentos con asados, fiestas, teníamos participación política", relató. El grupo se conocía de la UTN y del Partido Socialista de Vanguardia (PSV). Fue vecino de Mario Camín y sabía de su amistad con Galamba.

Sobre los años en la UTN, Vernet recordó que formaron una agrupación en la facultad, en referencia a AUP. Ratificó la presencia de grupos de ultraderecha como la CNU -Concentración Nacional Universitaria- y recordó integrantes: “Roberto Lucas, Fredy Fernández, (un joven de apellido) Mendoza, Jean Paul Burlot y Oscar Vallardi". No le "consta" que hayan brindado información para operativos, sin embargo "no tiene dudas" que debió ser así: “Iban armados, metían miedo, ¿quién pudo matar a Mario Susso y Susana Bermejillo?, eso venía de adentro de la facultad”. A mediados de 1976 recibió las peores novedades: el secuestro de Alicia Morales y otras personas que estaban con ella, la detención de Eduardo Morales -su cuñado- en un operativo que lo tenía a él como objetivo, también "que mataron a Francisco Urondo".

Isabel Navarro -esposa de Vernet- y Susana -hermana de Isabel- también conocieron a Galamba. Sus padres le facilitaron pasar noches en el auto porque la casa ya había sido allanada ilegalmente. Para entonces -fines de junio de 1976- Emilio e Isabel huyeron de la persecución de las fuerzas represivas.

Sobre el secuestro de su amigo sabe lo que después consideró: "Tengo la sensación de que quienes militamos en el PSV prestamos el cuerpo" por todo lo sucedido en 1978. Dijo que "encontrar a Galamba" no podía ser la única conexión, por eso relacionó los operativos con la preparación del Mundial. Con marcada emoción, el testigo expresó: "Galamba era un hombre... un muchacho que sólo quería sobrevivir".

El destino de los compañeros, el Mundial y Galamba que quería sobrevivir


Hilda Abraham: Operativo “Escoba”
Comenzaron los testimonios por la causa 085, por la cual está imputado Paulino Enrique Furió, entonces Jefe de Inteligencia del Ejército con funciones en el Comando de la VIII Brigada de Infantería de Montaña. El represor presencia las audiencias mediante videoconferencia, desde el Consejo de la Magistratura. En la causa se investigan las desapariciones del matrimonio de Néstor Carzolio y Nélida Tissone; de Alberto Jamilis, Rodolfo Vera; y de Walter Domínguez y su esposa Gladys Castro, embarazada de 6 meses.

Romina Ronda, abogada querellante por el gobierno de Mendoza, sumó a las fotos de las víctimas que constan en la causa, una imagen del también desaparecido Jorge Fonseca. Se intentará probar que todo el grupo fue víctima de un único y mismo operativo nacional denominado "Operativo Escoba" que tuvo como objetivo a militantes del Partido Comunista Marxista Leninista (PCML).

El primer testimonio lo brindó Hilda Fanny Abraham Torres, que vivía con su abuela, en calle Boulogne Sur Mer de Godoy Cruz. En la parte posterior de su casa, en un departamento, vivían Néstor Carzolio y Nélida Tissone con sus dos hijos. Carzolio y Tissone eran oriundos de Berisso, provincia de Buenos Aires, llegaron en 1976 a Mendoza. Néstor montó una mimbrería en Guaymallén, lugar que hizo las veces de sede del PCML. Nélida era docente.

El 5 de diciembre de 1977 fueron secuestrados de su domicilio. Alrededor de las 21.30, un grupo de personas de civil, disfrazadas y armadas interceptaron a Nélida cuando volvía a su casa con su hija de 6 años. Las amordazaron y metieron en la casa. Néstor y el hijo de 2 años corrieron la misma suerte. El departamento fue saqueado. Al momento del secuestro, en la casa de adelante estaba Lucía Tomás, abuela de Hilda, muy asustada. Dijo a su nieta que los secuestradores se llevaron al matrimonio en la camioneta Peugeot blanca de ellos. Allí también subieron la moto de un visitante ocasional de la pareja. En un visado de las fotos de las víctimas, Hilda reconoció que el visitante "podría" tratarse de Jorge Fonseca. Hilda -embarazada en ese momento- corrió al departamento vecino y encontró a los hermanitos acurrucados y muy quietos, con la boca encintada. Los llevó a su casa. Más tarde hizo la denuncia en la Seccional 27 de la Policía de Mendoza, según consta en el libro de novedades.

El hijo y la hija de Néstor y Nélida quedaron a cargo de Hilda -a través de su madre porque ella era menor de edad- hasta que ubicaron a la familia de Nélida, en Berisso. Hasta hace una década atrás, Hilda conservó el contacto con la madre de Nélida. En reiteradas ocasiones, la familia Tissone agradeció a Hilda todo lo que hizo por la niña y el niño, cómo los cuidó y rescató.

El secuestro de Carzolio y Tissone y el destino de sus hijos